viernes, 26 de marzo de 2010

mientras las blogueras se inspiran en escribir su cuento erotico.


Ante la comprensible demora de las dos o tres blogueras que tengo apalabradas, para que no decaiga el espiritu del blog, le vamos a dar entrada a otro cordobes, en este caso Jose Playo, del blog peinate que viene gente.
(no es blogspot, algo como revista peinate, no recuerdo,buscalo en el google)
Parece que los cordobeses vienen bien en la cosa erotica.
A mi, el cuento me parecio muy bueno, espero que lo mismo pase con la gentil teleplatea. Y el que avisa no traiciona, el tipo fue debidamente informado de que las dos o tres personas que leen sirenas van a usufructuar de su escritura. Allá el si quiere tomar medidas legales.

Se llama El poeta que fumaba

Teodoro publicó un poemario en una editorial independiente y después le hicieron una nota en una radio fm antes de que se lo tragara el anonimato para siempre. “Una escritura sensual, vibrante. Y nos vamos a las efemérides”, dijo el locutor.

Ahora toco el timbre de su casa en Alta Córdoba. Soy el emisario de una tallerista que no quiere entre sus alumnos a gente que escriba “raro”. Me paga para ir a decirles que lo que hacen “no se ajusta a las políticas discursivas del taller”.

Es un trabajo cruel, pero me dan algo de dinero para viáticos y puedo acomodar las entrevistas a mi antojo.

Teodoro trabaja de mozo en un restorán de la calle Olmos y sólo puede juntarse conmigo después de las seis de la tarde. Dice que los patrones lo tienen harto y que aprovecha para tomar revancha con la sociedad “sirviendo porciones de venganza en bandeja”.

Esa declaración me causa escalofríos. Yo he comido varias veces en el restorán donde trabaja.

Toda situación de rechazo suele ser violenta. Una vez una señora gorda me pateó los huevos y estuve una semana orinando color magenta; otra vez un estudiante de letras me persiguió dos cuadras dándome en la nuca con un libro. Por la forma en que dolía cada golpe supongo que era un tratado lingüístico de Chomsky.

Teodoro me recibe en medias, calzoncillos bóxer y musculosa. El departamento parece una postal de postguerra y avanzo por el living pateando latas, botellas, libros y lapiceras. Ni un ciclón hubiera armado tanto despelote. Camino entre la basura sospechando que el desorden tiene algo de premeditado, como un escenario a medida de un personaje.

¿Por qué querría meterse en un taller un tipo como éste? Intento decirle que tengo malas noticias, pero me interrumpe para invitarme al balcón.

—Está más fresco —dice.

Me quedo un momento acodado en la barandilla mientras él va a buscar unas tazas de café. Después miramos a una chica que cruza la calle en un trote gracioso y elegante, rumbo a la panadería de la esquina.

—Mirá lo que es ese culo, dios mío —comenta él con nostalgia.

—Culazo —digo para seguirle la corriente. De hecho es un culo regular, nada como para perder la cabeza, pero no quiero confrontarlo al pedo, lo que tengo que decirle es delicado y le romperá el corazón, le hará sentirse estúpido en su departamento desordenado para la ocasión.

Soplo el café. La bebida sabe a mierda, una cosa agria y ferrosa. A Teodoro le gusta así. Dice que los que toman café instantáneo o descafeinado somos todos putos.

—Yo a tu edad me cogía cada mina, pibe…

Miro sus dedos atrofiados. Parecen las manos de un maniquí apoyado en una estufa.

—Tengo un mensaje de Catalina, Teodoro.

Él parece no escucharme. En lugar de responder, empieza a listarme la cantidad de minas que se cogía cuando tenía mi edad:

—Vos entrabas acá y encontrabas forros, corpiños, bombachas. Me buscaban, ¿viste? Yo era grandote, buen físico —dice ensanchando los hombros—. Y cuando se me paraba, te volteaba una pared. No como ahora que para hacerme una paja tengo que estar sentado porque si no se me baja la presión y se me duermen las piernas.

—Le cuento más o menos qué dice Cata, ¿le parece? —intento de nuevo. No funciona.

—Esto era un desfile de minas, loco. La mitad de las pendejas de Córdoba pasaron por este departamento —dice con la mirada puesta en la puerta de la panadería de la vereda del frente.

Sus ojos hacen guardia esperando que el culo vuelva a la calle. Me concentro en aspirar el vapor del café quemado, sopesando las posibilidades de irme a mi casa sin decir nada. Todo el tiempo tengo ganas de renunciar, no sé si es buen negocio que te caguen a patadas por trescientos mangos al mes, aunque venga con viáticos.

Los ojos crocantes de sueño ante un desfile interminable de malditos escritores.

—¿Qué te dijo esa vieja hija de puta? —me pregunta de repente.

Dejo la taza de café en una mesita junto a un geranio y saco el cuaderno. Estoy por empezar a contarle cuando me avisa:

—Ahí sale la pendeja.

Miro. Es una chica linda, de unos veinticinco. Levanta la cabeza y nos ve. Lleva una bolsa con criollitos.

—¡CÓMO FICHÓ, QUÉ PEDAZO DE PUTA! —grita Teodoro y los pocos transeúntes en la calle se dan vuelta para mirarnos.

La chica se detiene y nos observa. Ladea un poco la cabeza y entrecierra los ojos. Creo que está tratando de entender si nos conoce, si ha escuchado bien.

¿Qué dijiste, flaco? —me pregunta con una mano como improvisada visera.

Yo me señalo el pecho y levanto las cejas. Después niego con la cabeza y lo señalo a Teodoro. Él se ríe, junta las manos sobre el pecho y se muerde el labio de abajo:

—Cómo le gusta la pija, cómo le gusta pija —dice casi para sí, antes de gritar—: ¡QUE SOS HERMOSA, PENDEJA. QUE CUANDO QUIERAS PODÉS SUBIR QUE ACÁ TE VOY A DEJAR EL CULO COMO UNA BUDINERA!

Aprovecho que Teodoro acapara la atención y retrocedo un poco, consternado. La metáfora del culo es atroz y yo siento que me voy a morir asfixiado de la vergüenza. No quiero estar ahí, me importa una mierda el compromiso asumido con la tallerista.

¡VIEJO DE MIERDA! —grita algún vecino de la zona.

—Manga de forros… —masculla Teodoro antes de llevarse el café a la boca—. Estos pelotudos no entienden nada de nada. ¿Querés que te lea un poema?

Catalina siempre dice que un taller literario no es para cualquiera, y que a los tipos como Teodoro, que se la pasan puteando porque nadie los lee y echándole culpas al sistema y a los yankis, es mejor no tenerlos cerca.

Y sin embargo acá estoy, escondido entre los geranios en el balcón de un escritor, pensando en repartir currículums en las panaderías o en las zapaterías. Ocho horas, vacaciones, obra social.

—Vamos a un bar —propone.

Mientras se pone ropa y se mira en el espejo varias veces, miro su biblioteca. /http://www.facebook.com/group.php?v=wall&ref=ts&gid=187939886695');">Me interesan mucho las bibliotecas de la gente, creo que en ellas uno deposita sueños de libertad, me gusta ver qué se gesta en esos estantes.

—Leíste varios cordobeses —digo observando lomos de Mattoni, Llamosas, Bajo, Wielikosielek y Schmidt.

—Un buen jugador debe conocer el tablero donde juega —explica antes de abrazarme para salir.

El bar es un antro de cortinas deshilachadas y paredes con empapelado bordó. Es un lugar lúgubre y deprimente con ceniceros triangulares de lata. Yo saco otra vez el cuaderno y me paseo de ida y de vuelta varias veces por las dos páginas que tengo apuntadas mientras él tamborilea los dedos sobre la mesa.

Su ansiedad me da culpa. Me ofrece un cigarro todo arrugado que rechazo con un ademán discreto. Hace seis meses que no fumo, aunque en estas circunstancias bien podría practicarle una fellatio al caño de escape de un colectivo para mitigar la ansiedad.

El recuerdo de los parches, los caramelos y las caries me hace declinar la oferta.

—Bueno —le suelto sin mirarle la cara—… digamos que… no disfruté su trabajo.

—Ajá —dice él largando unos rulos de humo que parecen sólidos.

—O sea —intento precisar mientras reviso las hojas—… está bien la gramática y la ortografía, se nota que hay aplomo, sinceridad…

—Ajá.

—Hasta diría que el ritmo no están del todo mal… el problema… —digo mordiéndome la lengua.

—¿El problema?

—El problema es que, me parece, es un poco burdo lo que cuenta. Catalina dice que…

Teodoro da una pitada fugaz y me interpela levantando las cejas:

—¿Burdo qué, pibe? Es la historia de un chabón que tiene suerte con las minas, que las minas lo buscan y se lo cogen todo el tiempo. ¿Quéloquélo burdo, pibe? ¡ES MI AUTOBIOGRAFÍA! —dice con una sonrisa que da pena.

El mozo tiene la buena fortuna de interrumpirlo para dejar el café y el tostado. Una papa de copetín se desliza por el plato y encalla sobre el espiral de mi cuaderno. La saco, la miro, me la como y empiezo a buscar el edulcorante.

—Entiendo, entiendo —digo mientras me atraganto para ganar tiempo—. Sucede que las descripciones son demasiado realistas, los diálogos poco amigables. A ver… Por ejemplo éste —digo sacando el poema “Próstatas”.

—¿Qué tiene, Próstas? —dice con los dedos unidos en un racimo que sube y baja entre nosotros.

—Se lo leo, para que vea lo que me señaló Catalina.

Teodoro se reclina en su silla y me observa levantando una ceja:

El chorrito de meada me salió
bifurcado,
como una trenza
/ámbar/
/a veces bífida/
por un pendejo enrulado
que me cruzaba el ojo mago de la chota
como lo hacía la sevillana
sobre la luna
en una película de Buñuel.

—¡ES MUNDIAL! —se autofesteja con los ojos vidriosos por la emoción—. Además, fuera de joda, tiene una música increíble.

Meneo la cabeza. Catalina ha sido clara, no quiere tenerlo a este viejo cerca.

—Lo siento, yo… No puedo hacer nada —digo, temiendo lo peor.

Teodoro ahora me mira como un animal enjaulado tras los barrotes de la ira, lo veo estudiar mis partes blandas, analizar mis chacras. Empiezo a pensar con qué mano me pegará la piña y en dónde, imagino que me saltan chorros de chocolate por la nariz y por la boca, me veo a mí mismo gateando por el piso mugroso de bar, indefenso, tratando de esquivar los patadones en los riñones, buscando la salida.

Una vez me agarré a trompadas con un adolescente rugbier que escribía poemas de amor sobre el deporte. No sabía que mis ojos pudieran resistir semejantes sopapos. Llegué a casa gracias a la buena voluntad de un taxista. Anduve medio ciego por dos semanas.

—¿Sabés lo que pasa, pendejo? —dice Teodoro—. Pasa que los que no la ponen nunca, como vos y la Catalina, no tienen idea de lo que es el mundo de carne y hueso. Las mujeres me piden a gritos que me las garche, ¿vos creés que te lo digo en joda? Esto me pasa todos los días. ¡DE ESO SE TRATA LA POESÍA; LA POESÍA SE ESCRIBE PARA PONERLA! —dice antes de golpear con el puño la mesa.

Me reclino hacia atrás y amago levantarme, pero justo en ese momento entra por la puerta del bar la chica de la panadería. La del culo y los criollos, la de la metáfora del ojete con la budinera.

Entra. Está ahí, cruzando la puerta.

Vista de cerca es todavía mucho más impactante y al miedo que tenía de perder los dientes de un tortazo, se le suma la sorpresa. Viene hacia nosotros con paso firme. E Teodoro, de espaldas a ella, ni se ha dado cuenta.

—Hola —dice cuando está junto a la mesa.

Los dos nos quedamos mirándola con incredulidad, la pausa en la trifulca es confusa y estimulante. Hay algo seductoramente familiar en sus rasgos, una ambigüedad que me obliga a presumir, sin darme cuenta, empiezo a acomodarme el pelo y me aclaro la garganta.

—¿Qué querés, flaca? —pregunta de mal modo Teodoro.

Y la mina ni se mosquea. Es más, no sólo que no se mosquea, ¡sino que sienta! Corre una silla, cuelga la cartera en el respaldo y ¡se sienta!

—¿Ves? ¿No te digo? —comenta Teodoro—. ¿Quéloque inverosímil?

Yo guardo silencio por un momento. La mina lo mira con ojos raros. No estoy seguro de que sea ternura, pero sé que no es una mirada sexual. De alguna manera lo sé.

Y en eso Teodoro se levanta abruptamente de la mesa:

—Me voy a echar una meada y vuelvo —anuncia.

Con la mina nos miramos. Ella sonríe y saca un cigarro del paquete de Teodoro. Yo empiezo a reírme a carcajadas.

—¿Cuál es el chiste? —me pregunta.

—Que ya entendí cómo es la onda. Vos sos…

—… la mina de la panadería —responde ella.

—Sí, pero además sos…

—… la hija.

—Claro.

—Mirá —empieza a explicarme ya sin sonreír—, te lo voy a poner en simple: mi viejo está cagado de la cabeza.

Todavía no le pregunté el nombre. Tiene cara de Laura. O de Vanina.

—… nosotros le venimos bancando esta onda de artista desde hace años. Primero mi vieja, después mi hermana más grande, ahora yo. Todas lo bancamos y nos prestamos para seguirle la corriente. A veces nos toca ir a un recital de poesía para festejarle alguna humorada, otras…

—… tenés que salir a comprar criollos con una calza metida en el ojete…

Vuelve a sonreír. La forma en que arremanga los labios para hacer la mueca es irresistible. La tristeza y el cansancio refulgen desde el lomo gris de sus amalgamas. Pero también hay determinación. Estoy seguro de que se llama… ¡Graciela!

—Me llamo Carola —dice de repente—. Todavía no me presenté.

Le digo mi nombre y me inclino sobre la mesa para besarle la mejilla. Tiene un perfume riquísimo, como de flores, una fragancia suave y enigmática.

—Yo vine a darle a tu viejo una mala noticia, ¿sabés? —empiezo a explicarle.

—Lo del taller.

—Sí. La mina que lo dicta no quiere saber nada con tu viejo. Dice cosas malas de él. Que no sirve como escritor. Que no lo quiere tener cerca, y que los talleres literarios no son para cualquiera.

Carola asiente y fuma, es una réplica refinada de su padre y eso me da morbo, me calienta.

—¿Se podrá arreglar de alguna forma? ¿Hay algo que podamos… hacer? Digo, vos, yo, no sé…

Casi pego un salto cuando descubro que su mano está sobre la mía. Es una mano tibia y suave que al tacto resulta perturbadora. Empiezo a pensar que corremos por un campo los dos en pelotas, sus tetas rebotan a cada paso, las hierbas le rozan los rulitos entre las piernas.

—Se puede ver —digo.

En eso regresa Teodoro y nos soltamos las manos justo a tiempo. Ella anota algo en mi cuaderno y después saluda. Antes de irse le dice:

—Sos un viejito picarón con mucha onda.

Teodoro sonríe. Me señala el culo de su hija y me dice:

—Hay mucha hipocresía en este ambiente, pibe. Catalina es una mina resentida. Yo soy un tipo resentido. García Márquez se caga en la gente. Lo importante, pibe, es que uno se dé cuenta.

—Pero la chica… —empiezo a decir.

—La chica nada. De lo que te hablo es de que en esta ciudad los escritores pagan para que los publiquen, y después pagan para que los lean. Y se pagan la cerveza, y se pagan las putas, y se pagan los talleres para que la gente les crea.

Pienso en todo lo que me gustan los libros, las ideas. Siempre he creído que literatura es no traicionarse, incluso cuando uno se convierte en escritor.

Teodoro prende otro cigarro y esta vez acepto uno de su paquete. La primera seca es como una patada entre las tetas y tengo que hacer fuerza para no toser. A la tercera pitada ya me siento una vieja en un bingo, y mis pulmones dormidos empiezan a empetrolarse rápidamente, como si nunca hubiera habido abstinencia. De pronto vuelven a mí las sensaciones olvidadas; la presión que baja, el adormecimiento en las piernas, un mareo leve. Teodoro me mira y sonríe.

—Escuchá bien lo que voy a proponerte —dice mientras hace lugar en la mesa.

Y yo lo escucho. Y esa misma noche marco el número de teléfono que Carola dejó en mi cuaderno y arreglamos para tomar una cerveza. Y le prometo cosas, y le cuento chistes, y le robo sonrisas. Y al día siguiente hablo con Catalina y le digo que se vaya a la mierda.

A la semana abrimos nuestro taller con Teodoro. “Escritura frontal para gente indispuesta”.

Voy a un telecentro y llamo a los números de mi agenda. Arrancamos un lunes, los dos plantados en un semicírculo formado por un rugbier, un par de señoras bigotudas, y uno que otro estudiante de letras.

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