viernes, 31 de agosto de 2018

ULTIMO MOMENTO

NOS GOBIERNA GENTE HORRIBLE.

NO PODEMOS SEGUIR HABLANDO GILADA MIENTRAS EL PAÍS SE VA A LA MIERDA,O NOSOTROS NOS VAMOS A LA MIERDA.
AYER FUI A LA MARCHA POR LA DEFENSA DE LA UNIVERSIDAD PUBLICA, ME ROBARON EL CELULAR DEL BOLSILLO (LO CUAL ME AMARGO EL DIA) fue un detalle en un dia  donde todos perdimos una tajada enorme de nuestra capacidad de comprar cosas necesarias para seguir la vida. 
PERO MAS ME ROBO ESTE GOBIERNO HORRIBLE QUE DESTINA AL HAMBRE A TODA UNA GENERACION DE TRABAJADORES

SEAMOS SOLIDARIOS ENTRE NOSOTROS.
NO ESTEMOS DISTRAIDOS.
que haya patria, cualquier cosa que esto signifique.
Tenemos un cuevero a cargo de las finanzas del país. Ninguna grandeza vendrá de allí. 


martes, 28 de agosto de 2018

sale

les quiero contar que he vendido 18 libros.
entonces pienso que debería hacer propaganda de venta de mi libro aquí.
¿por que no?

bueno, yo tengo un libro de poemas, Lo maqueteo Frodo y lo mandé imprimir a una impresora que no era la mas barata, sino que duplicaba el precio de la mas barata. El libro quedo lindo. No es muy largo (los libros de poemas no son largos, si fuera por mi hubiera puesto TODO) y tampoco muy corto (he visto un libro de poemas que no quiero nombrar con 8 poemas, tampoco la pavada)

Cuesta 250 pesos el ejemplar, un poco mas que el costo, pero con un precio que si te vas a un café de esos lindos y tomas un desayuno, gastas eso. El envio cuesta 47 pesos (en correo simple) No tiene sentido enviarlo en correo certificado porque el valor de ese envio es 240 pesos. Prefiero mandar otro libro que cobra eso.
O sea por 300 pesos podes tener un ejemplar autografiado de Poemas de Mina Grande, en tu propio domicilio, por via de Correo Argentino.

lo que se dice una bicoca.

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lunes, 27 de agosto de 2018

sexy

poema para leer una noche de frio, en el patio, mirando la luna. empapada de eternidad o algo así.

En esta noche, en este mundo
Alejandra Pizarnik
De «Textos de sombra y últimos poemas» (1971-1972 )



A Martha Isabel Moia
en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerta
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la re-surrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible

domingo, 26 de agosto de 2018

hoy es el día que nació Córtazar


entonces vamos a poner un cuento, en lugar de una necrológica

la noche boca arriba es un gran cuento,siempre


Julio Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

viernes, 24 de agosto de 2018

no puedo creer lo crédula que soy



me creo cada cosa que mama mia
la buena fe del traidor
el arrepentimiento del falsario
me creo en la otra que se hizo la amiga
para exprimirme como una naranja.

será por cómoda, por desadvertida
por que si tomo consciencia tendría que afilar las lanzas
y me viene bien dormir la siesta

la buena fe viene enlatada
y con fecha de vencimiento
Estas latas están hinchadas
deformes
infectadas con herrumbe
La vida me esta resultando corta,
la malasangre larga
y hay tanto  hijo de puta suelto
que mejor pasar por imbecil.

No soy tan incauta, tan volada,
si saliera a cazar ratas
no daría abasto.

vos tirá de la soga, nomas
yo aguanto y si se rompe lo lamento
dicen que no hay mal que dure cien años.


martes, 21 de agosto de 2018

todo llega.

Les cuento que finalmente he presentado el libro. El lugar fue  muy cálido. El libro se llama Poemas de Mina grande y por supuesto está en venta. Regalé unos cuantos y vendí otros y me quedan algunos que quiero vender a "precios cuidados" en vez de regalarlos. Las motivaciones de tal operación son harto complejas y no tienen que ver con lógicas mercantiles. 
Cuesta 200 pesos (lo necesario para pagar su costo y el envio por correo) si alguien lo quiere me escribe un mail a nildalap@gmail. y yo le mando por in box (asi se dice, creo) mi cbu. Voy al correo y lo mando. 
Estaba muy pero muy emocionada y la palabra que me viene una y otra vez a la cabeza es "grato" Fue muy grato para mi, vinieron gente del twitter y hubo una pasada fugaz de mi amigo Leonardo, lector y comentador de este blog.  
No se muy bien que contar, todo fluyó suavemente, presente a mis hijos, a mi marido, a mis nietos, me olvidé de decir la frase de Walsh que había elegido para el evento, que era esta:
"la literatura es un avance laborioso a través de la propia estupidez"
La verdad, que la vida toda es un avance laborioso a través de la propia estupidez. Yo emocionada no sirvo para nada: Estaba como una niña alelada de placer y agradecimiento.

Mis 4 lectores eligieron del libro 8 poemas, los que quisieron. Fabiana eligió este. 
Estoy muy gorda, por eso no pongo fotos, pero si La Travesía.
asi escribo. 

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Tengo las coordenadas exactas

He calculado estrellas y distancias
destilando la codicia
de un capitán de barco negrero
alucinado
que se larga a la mar
con lo que hay


Utilicé un sextante de bronce antiguo.
Impuse sobre el plano
líneas imaginarias
que me llevaran de aquí para allá
en el espacio eterno del sueño
en el espesor del deseo

He intentado vanamente el rigor
de alternativos replanteos planimétricos

No revisés el proyecto:
te vas a dar cuenta que mis previsiones
no son sustentables,
los instrumentos están descalibrados
que confundo  la latitud con  la  longitud
que no tengo idea de cuales son las ordenadas 
y cuales las abscisas.


Bitácoras de naufragios
han tratado vanamente de advertirme
que mis errores de escala
 los cálculos mal hechos
las imprevisiones, y el fuerte viento
desorientaran  la ruta

Y de llegar a destino,
y ya en la costa,
farallones y bancos de arena
arruinarán la empresa

Que  no es viable
tal travesía
que tratándose de nosotros
no hay conjunto de planos que valga

A despecho de la racionalidad
en mi vigilia
cada  amanecer
llego a tu puerto.


-

lunes, 20 de agosto de 2018

Cris, Cris, Cristina

había una canción de Sabina, que le cantaba a Cristina Onnasis, que murió ¡aca! , que tenia todo y sin embargo no tenia nada. Padecía por ser gorda, como padezco yo y me consuela. Sin con todo el oro del Perú y el acceso a todos los spa del mundo no bajaba ¿porque yo podría hacerlo?
Sin embargo no estoy dispuesta a morir por ello.
Todavía cantamos (guiño-guiño)
Pero uno dice acá Cristina y dice Cristina Kirchner.
Yo escribí el día que se fue una crónica de calabaza, pensando en que dejaba la presidencia y la carroza se volvía calabaza y ella historia.
No pensaba que a esta altura de las cosas siguiéramos pensando que Cristina era la salida. Sin embargo, en esta desolación macrista, Cris Cris Cristina sigue siendo la puta ama del universo.
Para los que no leyeron mi crónica, ingenua, de fin de mandato, hoy Cris Cris Cristina

https://elnosoyloquedeberia.wordpress.com/2015/12/10/cronicas-de-calabaza-la-despedida-a-cristina/


ah, y la canción de Sabina, que me parece no es tan conocida.

sábado, 18 de agosto de 2018

yo no elegí nacer así, son cosas mias.

mientras Mirta hace su campaña para que compremos YA los pasajes para ir a Brasil en Marzo y Jorge cuenta pelotudeces sobre la colimba para sustraerse a la conversación sobre vacaciones, recibo un llamado diciendome que cambia el lugar de la presentación de mi libro. Que en vez de hacerse en el hall del teatro de lomas, se va a hacer en el Museo Americanista que queda casi al lado del teatro, porque una exposición itinerante de Boca Junior va estar en tal hall y posiblemente interfiriera en mi evento.
Me imagino gente que fue a ver lo de Boca comiendose mis budines y tomando mi café y entrego.
Entrego quiere decir me conformo aunque le avise A MEDIO MUNDO que presentaba un libro.
Entonces, nuevo lugar, a lado del anterior lugar
chequeo: termos, budines en el frezer listos para que el lunes les ponga el glasé, mirta me trae alfajorcitos de maicena, Malena me hace una torta con el logo del libro, mi viejo unas bombitas de crema. Hay café, hay te, incluso compré servilletas.
Jorge se enoja: me dice "no es un cumpleaños": Le digo "por el libro ya no puedo hacer nada". Pero hago. Escribo 15 dedicatorias a personas que seguro van a venir, para no escribir una pelotudez en el momento.
Me voy a teñir el pelo, me enojo por estar gorda. y en ese cotidiano fragor, soy yo, la que puedo, la de siempre.
Estan invitados, claro. Lo saben, Si no los conozco, presentensé, No hay nada tan mio como este blog. Ni siquiera mis hijos, porque mis hijos son de "ellos mismos".


Pienso vender los libros que sobran por mercado libre, a precio de costo. Asi que pueden comprarlos.
para colaborar con esta joven poeta.

lunes, 13 de agosto de 2018

la realidad aumentada.

No,no voy a hablar de aumento de pesos. Vengo acá a compartir el tema que se desarrollará en el cuatrimestre que empieza hoy en la cátedra de Semiologia.
Es que, señores, he vuelto al CBC, donde -paradojicamente- nunca he estado.
Resulta que estaba en Puan, cursando Filosofia y me sale que deberé cursar una materia (a mi gusto) del CBC para tener regularidad. Es que yo soy  UBA pre-cbc.
Asi que marché presta a cursar enfrente del shopping alto avellaneda, canchereando que como soy psicoanalista la semiotica era para mi pan comido.

No no y no. Siempre es un viaje volver a la facultad. Nada de Saussure y el signo linguistico. El tema de este cuatrimestre es la realidad aumentada y las utopias (y sus correlatos, las distopias, es decir las ficciones de un mundo futuro apocalipticas, catastroficas o simplemente peor que este)

No te voy a mentir, Marge, que me pone inmensamente feliz ver que hay autores que no solo no he leído, sino que ni siquiera he sentido nombrar, que diseccionan la realidad en clave académica para contarnos de que va este mundo.

La realidad aumentada tiene por ej. la revista inrrokuptibles donde vos acercas el celular, previa bajada de cierta aplicación y podes escuchar un tema o una entrevista, o ver un cuadro. Cosas así.
O el caso del tipo que se compro una muñeca de silicona para jerco y despues creyó que era su mujer, la lleva al cine, y come con ella, porque la ama, interactuando con el software que tiene dicha nena de goma.

Internet y la tecnología nos llevan a mundos que solo atisbabamos. No podemos ir a Maldivas pero podemos aplicar en nuestro humilde dormitorio de Barracas o Monserrat un dispositivo que nos haga creer que allí estamos interactuando con gente que no existe, triunfando en un mundo que no hay.

Yo pensaba, que al final la resistencia, son los tipos que de tan pobres no tienen acceso a nada, y nosotros, los prisioneros.

Todo el tiempo pensé en cuatro cosas
1) el cuento El cohete de bradbury, que esta en este blog
2) el cuento La pradera, de Bradbury, que voy a colgar a continuación  http://depa.fquim.unam.mx/amyd/archivero/LaPradera_3986.pdf
3) La pelicula "Las esposas de Stepford" que tiene dos versiones (a mi me gustó mas la vieja), donde unos hombres en un country sustituian a sus mujeres por versiones mejoradas.
4) La pelicula She, donde un hombre interactúa con un software (no una persona) por telefono, que sustituye a una mujer, olvidandose de que es un coso.

La profesora mando ver el capitulo 3 de la temporada 1 de  Black Mirrow para el jueves. Uds. seguro la han visto EL mundo es apocalíptico y nosotros, acá le hacemos el aguante poniendo alma y corazón, mientras que desde el google nos roban los datos y  nos hacen comprar basura.

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viernes, 10 de agosto de 2018

abortame esta.

es mentira que el aborto te deja secuelas psiquicas
podes abortar por mil razones, incluso si objetivamente estan dadas las condiciones para tener un hijo, porque tener un hijo no es una cosa "objetiva"
es mentira que si no tenes plata tenes que abortar, porque tener un hijo se trata de tener ganas
es mentirosa la relación entre abrir o cerrar las piernas y querer tener hijos
podes saber cuidarte y no cuidarte por mil razones, algunas absurdas, La principal no relacionar eso que estas haciendo con enfermedades o prevenciones, por eso hasta las más leídas quedan embarazadas
no es fácil quedar embarazada y no es fácil abortar, ni aunque sea mas legal que el agua de la canilla
no es verdad que la mayoría de las mujeres que abortan lo hacen solas. El hombre acompaña muchas veces sin saber muy bien que hacer
las mujeres van a seguir abortando con o sin ley, no pasa por ahi: Simplemente se van a morir menos y va a haber menos secuelas traumaticas
Uno sigue
siempre
No conozco a nadie que se haya arrepentido de abortar, Y conozco muchas mujeres que han abortado. Una sabe cuando quiere o no tener un hijo.

Estos pibitos son mis nietos aborteros. La foto la sacó mi hija. El pañuelo se lo regalé yo y ella me honró poniendoselo a mis nietos

Milo todavia no habla; dice apenas abu (que puede querer decir abuela, abuelo, agua y un montón de otras cosas) Emma se tapa la boca porque recién se puso los brakets.
y yo, mientras miro las nuevas olas, ya soy parte del mar.



miércoles, 8 de agosto de 2018

nosotras, las hembras. Marea verde,

Vengo de caminar la avenida de Mayo desde Tacuarí hasta el Congreso de la Nación, ida y vuelta.
Es que hoy hay marea verde.
Se discute en Senadores el proyecto de Ley de legalización del aborto, con lo cual el Estado Argentino no solo lo despenalizaría sino que tomaría para si resolver la cuestión de salud que implica terminar con un embarazo que la mujer no quiere llevar adelante.
Hay infinita hipocresía sobre el asunto, tanto que conozco mujeres que abortaron que ahora se ponen de culo con que sea legal.
Lo mejor fue cuando esa actriz le dijo a la mirtha legrand "no aborte, Mirta", cuando la diva de los almuerzos (????) dijo que estaba en contra.
Nadie -huelga decirlo- esta a favor de que las mujeres aborten; y todas (permitanme decir acá todes) queremos la vida.
En fin. Yo había venido a casa, tranqui, después de trabajar y me puse a mirar la tele y un pelotudo muy pelotudo, abiertamente chupacirio, se puso a argumentar en contra de la ley: No me dejaron otro remedio, tuve que agarrar mi campera y arriba de la ropa de entrecasa me la calcé y me fui a la estación Lanus a formar parte de la marea verde. Allí me compre el segundo pañuelo verde y me fui a formar parte de esa masa verde. Y tambien me pinté la cara con estrellitas en un puesto. Y saqué fotos.
Somos una gota de agua, pero un tsunami se hace con infinitas gotas de agua. No se si la ley saldrá o no saldrá pero a esta marea nadie la para.

Y como homenaje a mi hembritud vuelvo a colgar el poema de Alejandro Crotto que tanto me gusta
celebrando la maternidad: Que será cuando se nos cante la gadorcha. Nuestro cuerpo, nuestras decisiones.


Las hembras son criaturas asombrosas
A cada vuelta sangran su furia de seguir vacías.

O las golpea el rayo que las pone
a fabricar más cuerpos en sus cuerpos.

Paren sus frutos frágiles, viscosos,

dan leche tibia.

Tierras de leche y miel,
miel con fondo de flores persuasivas.

¿Ves sus ojos, la fuerza que las tiene?

No hay nada más hermoso.

No vas a acostumbrarte nunca.

miércoles, 1 de agosto de 2018

oh,vanidad.

mañana retiro los libros de la imprenta.
Hoy me mandaron el flyer de la municipalidad

Mi analista me contó alguna vez (con ocasion de la edición de mi primer libro) que borges había dejado en los sobretodos colgados en los ganchos, en un bar muy de intelectuales, la primera edición de su libro (¿fervor de buenos aires?) asi que todas las pelotudeces que yo haga en ocasión de presentar el mio estan dispensadas. Claro, Borges tenia 25 años o algo así y yo tengo 62, pero eso de la sabiduría y el aplomo que te dan los años es puro bla bla.

Seguimos haciendo pelotudeces.
Bueno, este es el flyer oficial de ellos

La imagen puede contener: 4 personas, incluido Nilda Cansada, texto Para mi, está lindo

algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo