sábado, 30 de junio de 2018

tarde de perder al futbol, tarde de perros.

perdió argentina y quizá esta bien, para no englobarnos en una breve burbuja de bienestar: Campeones de la nada, sufrimos más que no se den los resultados que el dolar este a treinta y volare volare todas tus ilusiones de conocer Praga.
Encontré el Martín Fierro que no buscaba: como me daba paja, para mi trabajo práctico de Pensamiento Argentino me valí de una copia virtual. . No encuentro nada (si, encontré el Walsh que buscaba, pero no el carnet de estudiante de la uba que me dieron el año pasado y que supongo necesitare para inscribirme en la materia que no me dieron por aprobada en el cbc. Solo una tengo que cursar y será Semiotica. Le había preguntado a Rafa que es profesor del cbc,  sobre cursar Matemáticas pero soy mucho menos pilla de lo que me creo y no puedo resolver esos ejercicios del cuadernillo.
Pienso en mi madre, y en que algún día tendré que vaciar su casa. Tal vez me muera antes ¿que harán con mis libros? Ojalá mi hija los venda en mercado libre, y haga una moneda.
Tengo muchos libros.Y eso que ahora casi ni compro (pero si, compro. acá, arriba de la computadora veo 5 que compre desde abril a la fecha).
Ya no voy al cine. Perdí la costumbre. Y por acá solo dan peliculas de exito En el coto, en el alto avellaneda. peliculas pochocleras, bah, Si curso Semiotica en la UBA de avellaneda por ahi vuelvo al vicio del cine. 
nada, queria contarles que estoy por imprimir mi libro de poesía y que el bueno de Leonardo (Frodo) me hizo el diseño. Que el bar donde lo iba a presentar está a punto de quebrar y no agarra reservas para agosto. Tengo que buscar otro lugar.  Me parece tan idiota presentar un libro . Yo no compraria un libro mio, espero que uds. si lo compren, va a costar 200 pesos. ¿yo gastaria 200 pesos en un libro cuyas poesias pude leer en un blog?
Armé esta postal para repartir en la presentación.  No dejo de sentir que es un gesto vano, y sin embargo necesario: uno escribe para ser leído. Quien venga y no se lleva un libro se lleva una postal para dejar adentro de un libro que si lee. 



jueves, 28 de junio de 2018

medio kilo de olvido.

Una de mis amigas me dice que no siente apego. Es separada y sale, cuando pinta, con varones que le hacen el biribiri. No tiene ganas de convivir con nadie. Cuando la cosa no va, sigue su curso.
No tiene anhelos de conservar ni siquiera esas amistades febriles, de charla y alcoba, ni siente pena cuando esas relaciones salen de su vida: Se rie cuando me lo cuenta, me dice que no se queda pegada a nadie.
Soy amiga de ella hace 25 años, nos visitamos en las casas (es decir ¿cuanta gente te visita en tu casa? siempre una pequeña parte del colectivo que vos consideras amigo). A propósito de una tercera con la que tuvo un encontronazo (como puede haber en cualquier amistad), el enojo duró mas de lo debido y se distanciaron: Me dice que esta bien, que no la extraña, que si se terminó, se terminó.

Envidio un poco eso: no es que a mi la gente "me dure" como los platos durax o el magiclic. Pero cuando me distancio de alguien a quien le di el oro de mi amistad (el otro dirá si ese oro era mierda, yo no lo puedo saber) , anhelo, pienso, extraño.  Un pequeño duelo adviene. Me duele, que queres que te diga. Tuve una mejor amiga cuyo novio me afanó la casa cuando estuve de vacaciones en el 2000.Todavia vive con él. Pude probar eso y ante su fidelidad al pendejo ladrón, la aparté de mi vida. No se dan idea de como extrañe los infinitos momentos que pasamos juntas, llevando a los niños al cine, paseando por el uruguay, charlando de nada.
No me da lo mismo sacar personas de mi vida,como si fueran mala hierba.  de ninguna manera.
Vieron que ahora se habla de soltar. No soy buena soltando. Soy una tejedora, pero de hilos lábiles que no te ahogan, que no te atrapan. Al menos creo en eso
No estoy preparada para perder personas que quiero. me falta bajarme el programa. Cada vez que alguien se va de mi vida (y la vida es así, la gente se va de tu vida, si mi propia teoria es que somos como una pelicula de caminos, conoces gente y luego esa gente se va) me duele un poco.
Me da verguenza reconocerlo: no es bien visto.
Como me gustaria ir a chino y decirle: deme medio kilo de olvido.
y comermelo a cucharadas.
https://youtu.be/HY-C7ueSjS4

martes, 26 de junio de 2018

la virilidad homosexual.

Estoy leyendo a Martinez Estrada (Radiografía de la Pampa) y cada día estoy mas cerca de entender los pecados capitales de la argentinidad. El libro habla de un mito fundante: el conquistador vino acá a buscar Trapalanda (el Dorado, las riquezas infinitas) (más tarde el inmigrante no vino a vivir, sino a hacerse la America, a enriquecerse, y al final solo encontró trabajo).
La cuestión es que no hay Trapalanda, solo vastedad , la pampa, lo que Sarmiento llama el desierto, esa llanura infinita: Entonces reniega de lo que vino a buscar, lo reprime, no acepta que fracasó y se hace dueño de la nada, de la vastedad, de las tierras, luego de las vacas, y luego del dinero: Y también, por obra y gracia de la violación del indio y lo que tenía, viola a las indias y repudiar el producto de esa violación: el criollo. Lo reprimido retorna, el indio muerto volverá como cabecita,como negro de mierda, recordandole que tras su aparente civilización solo trajo barbarie.
Tal como dice David Viñas al analizar nuestra literatura: todo comienza con una violación: Para Viñas, en el Matadero, la violación de un hombre en manos de la turba. Y siguen las violaciones en la literatura argentina, en la Fiesta del Monstruo de Borges y Bioy, los violadores serán los peronistas y también esta ese cuento tan cruel que nunca puedo terminar de leer porque me da repulsión El niño proletario....

Todo esta introducción no tiene nada que ver con lo que quiero compartir hoy, que es el primer cuento homosexual que pongo en mi blog. Me ha dejado enormemente impresionada porque es terriblemente viril y masculino, y tiene que ver con el amor. Es una reversión de Martín Fierro y también del cuento de Biografía de Tadeo Isidoro Cruz de Borges. En este cuento de Martin Kohan, el sargento Cruz del Martín Fierro se llama Tadeo Cruz, como en el cuento de Borges. Me tiene obsesionada porque escribo un trabajo para la facultad tratando de enlazarlo con el gaucho de Lugones en su libro de ensayos El Payador y no le encuentro la vuelta, subyugada como estoy por la belleza de este relato donde esta sobrevolando el espectro de Martinez Estrada, de Sarmiento, como en una biblioteca infinita que jamas voy a poder leer.

Háganme caso, olvídense del extenso párrafo que lo precede y lean por gusto El Amor, de Martin Kohan.

Imagen relacionada
Con el borde de la mano se despeja el lagrimón, y toda la tristeza se le va tan pronto como esa mojadura. No le queda ni rastro en la mejilla o en el alma. El paso por la llanura, resignado en un principio, va ganando poco a poco en decisión. Ya no va con los pies como pegados a las estrías invisibles de la pampa, empastados por un resto de barro que en verdad no existe, porque no hay ni hubo lluvia en este tiempo. Ya no: ahora se afirman poco menos que en un apuro, como si esta huida, que en efecto lo es, se hiciera bajo la acuciante inminencia de una partida de perseguidores, cuando lo cierto es que nadie viene a sus espaldas, nadie acecha, nadie acosa.
A lo lejos, nada se ve, pero se sabe: están los indios. Esa borrosa manada de indóciles son, cuando vienen, una amenaza, la peor de las amenazas, la más terrible. Pero ahora, que no vienen, sino que aguardan, son un anhelo y una esperanza. Una esperanza para Fierro, una esperanza para Cruz. Esas magras tolderías donde casi no hay cosa alguna que no sea lijosa y marrón, vale ahora por una promesa –una promesa de libertad: así la sienten– para estos dos que hasta hace poco fueran malhechor y autoridad, el forajido y la ley, dos mundos en guerra, dos formas de mundo; pero que ahora se emparejan en un mismo rencor y en un mismo anhelo.
Van los dos en completo silencio: silencio total. En parte porque la parquedad forma parte de la naturaleza de sus respectivos temperamentos; es raro que haya locuaces en el fuera de la ley y es raro también que los haya, por el contrario, o por eso mismo, entre los agentes del orden y las buenas costumbres. En parte es por eso que no se hablan para nada, y en parte por otra cosa. En un viaje es el paisaje lo que motiva la conversación: lo que se ve, lo que sucede, lo que pueda ofrecerse a la vista del que viaja. ¿Qué van a decirse estos dos en la pampa argentina tan lisa y tan hueca, en el desierto constante donde nada existe y nada pasa?
Son esas las razones más notorias del silencio y la compenetración que exhiben mientras andan. Pero en el fondo, y ellos lo saben, es otra la causa y es otra la explicación. Hay algo que ha pasado y que los dejó pensativos. Apenas si pueden, por el momento, rumiar para sí mismos, en el secreto del mundo interior, los trazos esquemáticos de sus cavilaciones. Mal podrían por ahora pronunciar palabra alguna, y de hecho no lo hacen.
Las tolderías se presentan a sus ojos de repente, sin prólogos, sin anunciarse. Es cualidad muy propia del indio ese aparecer por sorpresa. En estas condiciones resulta inofensivo y hasta simpático que así sea; en los malones, sin embargo, es lo que asegura al atacante la fiereza y el terror. Los colgajos mal zurcidos de cueros y parantes se despegan tan poco del suelo de la pampa, y es tan semejante su color y su textura al entorno rural donde existen, que es poco menos que imposible divisarlos a la distancia.
Al llegar, son bienvenidos. Parece un regreso, y no una llegada: hasta tal punto es cordial la recepción, aun en la modestia obligada de los menesterosos. Curiosamente, tan sólo las cautivas recelan. Justo esas mujeres, las únicas que habilitaban la chance de un pelo rubio o una mirada clara en medio del imperio del marrón y del marrón. Son ellas las esquivas. ¿Por qué será? Será porque no terminan de ver a dos iguales en Fierro y en Cruz, por más que vengan del lado civilizado. O será justo al revés: que los sienten así, sus semejantes, dos visitantes de su misma especie, y es eso mismo justamente lo que les provoca esta rara mortificación a la que sólo puede llamarse pudor (pudor de que las vean así, desgreñadas y percudidas, o peor que eso, tan adaptadas, tan integradas, tan hechas a esta vida entre indios y con indios).
No saben los motivos, y en definitiva no importan. No le importan a Fierro, no le importan a Cruz. Las cautivas se asoman, pispean, reculan, se esconden; a ellos no les interesa, y en definitiva no les prestan demasiada atención. Es otra su prioridad: hacerse un lugar en esta nueva vida, empezar a respirar este aire que, aunque hediondo en más de un sector del precario asentamiento, libre está para Fierro de la opresión y la injusticia que signaron sin clemencia sus últimos años de vida.
Les dan una carpita chica, algo apartada de las fogatas del medio. Pero qué puede afectarles esta leve marginación, cuando lo cierto es que visiblemente los reciben y los aceptan. Con esmero de recienvenido, empiezan a acomodarse en su flamante sitio. Despejan el suelo de astillas y piedritas que, aunque ahora no se noten, a la noche, con las horas, lastimarían la espalda. Estiran un poncho aquí, acomodan lumbre allá. Hacen bulto en una manta, para que sirva de almohada. Se hacen dueños del lugar.
–Prefiero dormir, Tadeo, más cerquita de la puerta, para dar pronta respuesta si en un peligro me veo.
Cruz escucha con atención estas palabras de Fierro, y se acongoja. Le da pena ver hasta qué punto el pobre no logra desprenderse todavía de los reflejos del perseguido. No le contesta nada, le parece preferible. A cambio le hace ver que, por las rendijas generosas de los cueros que los cobijan, la luz del atardecer va menguando. Es el comienzo de la noche.
Martín Fierro, mientras tanto, se va sacando las botas. Los pies los tiene llagados por las largas caminatas. Enrojecidos, como con furia, se le hincharon en la parte de los dedos y en las plantas exhiben los globos amarillentos de unas ampollas turgentes. Cruz los mira y frunce el ceño. Fierro se sopla los empeines, buscando darse alivio. Quizá convenga remojarlos más tarde.
No cruzan palabra alguna los dos hombres entre sí. Están metidos otra vez cada uno en sus pensamientos. No obstante esos pensamientos, y puede que ellos lo sepan, son los mismos exactamente, o en su defecto muy semejantes. Piensan, evocan, sopesan, dirimen: los dos sobre lo mismo. Sobre el beso que se dieron hace horas en la pampa. Un beso de hombres, según quedó aclarado. Se dieron un beso de hombres. ¿Y de qué otra clase se iban a dar, si al fin de cuentas hombres son? Se besaron en la boca, entreverando las barbas, ayudando a la apretura de los labios con una mano apoyada en la nuca del otro, una mano que muda decía: vení para acá. Se besaron, sí, en la llanura. En la llanura y en la boca. Beso de hombres: así tal cual se consignó. El vuelo de un chajá fue testigo de ese hecho.
Ahora se aflojan los dos, se acomodan para el descanso. El rezongo de las ranas les hace saber que hay agua cerca, y también que se han apagado los últimos destellos de sol en el cielo. Cruz se inclina sobre el cuenco que alberga una llama y enciende con la vista fija esa viruta entubada en papel que va a fumarse mientras cavila. El olor oscuro del humo se mezcla con la acidez que despiden en el aire los pies desnudos de Fierro. Fierro se calla, se calla Cruz. Los ojos se ven muy abiertos a la pobre luz del fueguito.
De pronto irrumpe en la carpa la cara de una india vieja. Asoma la cabeza por la abertura del frente, las tetas le cuelgan tanto que el suelo parece llamarlas. Lo que dice no se entiende, pero el gesto que les hace sí. Después se va, posiblemente tosiendo, sin esperar la respuesta. Cruz se incorpora con ademanes lentos, como si hubiese alcanzado a dormirse y ahora se despertara. Fierro amaga con ponerse las botas y descubre en un instante, con emoción podría decirse, que ya no hay necesidad de hacerlo, que ya no tiene por qué.
Los indios están comiendo alrededor de las brasas, a esto se debía el llamado de la vieja. Fierro se arrima, con expresión agradecida, y unos pasos más atrás lo viene acompañando Cruz. Se acuclillan a la par y les arriman unos platos de barro con algo espeso volcado encima. No se sabe muy bien qué es, pero nada ganarían con averiguarlo. Es turbio y lo cruzan manchas, el menjunje en la boca no quema pero tarda un poco en diluirse para ser tragado.
Muy cerca de ellos, una cautiva parece interesarse, mientras se lleva a la boca la misma pasta que los demás. Le caen sobre los hombros unas crenchas deslucidas, pero en el color de sus ojos persiste una especie de atractivo que no quiere extinguirse del todo. Mira con alguna insistencia al lugar donde se encuentran tanto Fierro como Cruz; pero a quien mira no es a Cruz, es solamente a Fierro. Lo mira, sin embargo, con una expresión que Cruz, atento a la circunstancia, distingue perfectamente bien. La distingue bien, y además la reconoce, porque sabe que él miró también así, y al que miró también así no era otro sino Fierro. El acero de los brazos, las manos invencibles, la espalda venturosa, la boca de varón. Lo miró también así, apenas lo distinguió, cuando él era todavía un sargento y comandaba todavía una partida policial. No toleró no estar del lado de ese hombre, al lado de ese hombre; no consintió que pudiendo juntarse con él debiese plantársele enfrente. Profirió entonces una excusa sonora que los demás ni siquiera escucharon. Se pasó con dos trancos seguros de un lado del mundo hacia el otro.
Ahora le sube a la boca el gusto amargo del sufrimiento. Muele entre los dientes ese guiso que no le ofrece resistencia, pero estira el maceramiento cuando advierte que no lo va a poder tragar. Un rencor desconocido lo sofoca en la garganta. La mujer no para de insinuarse y a él se le cae el plato de las manos. La comida se derrama, revelando su evidente parecido con la tierra. Se le ven las rodillas a la cautiva astuta, el comienzo de los muslos se le ve. A Cruz le tiemblan las manos.
Junta como puede la comida sobre el plato, no vaya a ocurrir que se piense que hay desprecio o negligencia de su parte. Pero seguir comiendo ya no puede. Empuja lo que tiene todavía en la boca con un trago de aguardiente, hace un gesto difuso que ni él mismo entiende del todo, se para, se incorpora, se va. Se mete entre los trapos que ahora le sirven de casa y se acuesta solo a morder la rabia que le está raspando las muelas. Aprieta los puños no menos que los dientes. Quisiera poder dormirse del todo y ya mismo, pero de pronto quisiera también quedarse despierto siempre y no volver a dormirse jamás.
En eso está, casi lloroso, cuando sin más aparece Fierro. A Cruz le parece adivinar que se apuró a venir, que se apuró a volver. Lo siente llegar, agacharse para entrar, lo siente pisar el suelo compacto y volcar su cuerpo gaucho en dirección al descanso. El sosiego más infinito lo invade como por milagro. Martín Fierro está de vuelta, se ha acostado junto a él. Boca arriba, lo mismo que él, con la respiración vidriosa del que tanto ha trajinado.
–Nada mejor que dormir con la panza bien llenita. Cuando el hambre se me quita, es que puedo discernir.
Cruz se pregunta si tendrá que tomar estas palabras como una despedida hacia el sueño, pero nota que Fierro no se duerme todavía. Le gusta comprobar que se prolonga este preludio compartido de lo que será una noche juntos. Van a dormir, pero no duermen. Una mano de Cruz, una mano de Cruz más que Cruz, se mueve como por reflejo hacia el lado donde está Fierro. Y en ese breve trayecto se encuentra, no ya con Fierro, sino con la mano de Fierro, con una mano de Fierro. Una mano que por algún motivo está con la palma vuelta hacia arriba, como si estuviese por caso pidiendo algo, o más bien esperando algo. Por ejemplo, esto que llega: la mano de Cruz.
Los dedos se entrelazan con una fuerte presión al principio, pero muy pronto se aflojan para empezar a acariciarse. En medio de tanta aspereza se descubren suavidades. Entre los callos costrosos del trabajo y el trato severo, hay atajos casi secretos por donde deslizarse en lo blando. Así se entienden en la noche las manos de Fierro y de Cruz. Hasta que la mano de Fierro se resuelve, como si pudiese tener paciencia y por lo tanto perderla, a adueñarse de la mano de Cruz y a convertirse en su tutora y su guía.
Cruz intuye lo que pasa, y por eso se deja llevar. Fierro le arrastra la mano hasta hacerla reposar justo ahí donde quería (justo ahí donde quería quién: donde quería Fierro, donde quería Cruz). Una emoción desconocida y rara, una especie de ebriedad nunca antes alcanzada, se adueña de Cruz cuando aferra entre sus dedos el socotroco de Fierro. Fierro en sus manos: eso que tanto quiso. Es suya por fin esa parte que ávido conjeturó, sable en mano todavía y en plena redada policial. La atesora con fervor entre los dedos, y le pica de pronto la curiosidad de saber si en su boca cabrá eso que en la mano del todo no cabe. Porque el socotroco de Fierro asomó ya muy despierto, y Cruz ahora se entiende directamente con él. Soba, prueba, saborea. ¿Se ahoga? ¿No se ahoga? ¿De pronto será su campanilla, ahí en el fondo del gañote, parte de este mismo asunto?
La noche se puebla de resoplidos de Fierro. La cabeza de Cruz sube y baja, pero con lentitud, como si alguno le estuviese explicando alguna cosa y él asintiera de continuo para hacerle ver que comprende. Lo crecido crece todavía más, y Cruz ya no da crédito. Su propio entresijo se enciende y pide libre paso, una leve brisa mueve no poco los cueros, pero es tanto el calor que se siente que ellos dos ni se dan cuenta.
–Vos date vuelta, Tadeo, que me voy a acomodar, con tantas ganas de entrar que la hora ya no veo.
Bastan esas pocas palabras para decir el deseo de Fierro, pero al sonar han dicho también, en gozosa coincidencia, justo el deseo de Cruz: lo mismo que él estaba esperando. Gira de una sola vez para estar ya boca abajo. Sus manos gauchas han atinado a despejarle el camino a Fierro: no existe para él más obstrucción de calzones o bombachas. Es un convite neto y lindo, una delicia. Se oye claro que Fierro escupe, pero ¿qué es lo que escupe exactamente? ¿Sus dedos lubricantes, el socotroco, el culo redondo de Cruz? Lo que sea, y acaso todo a la vez; da lo mismo, a decir verdad. Lo que cuenta es que ya se desploma sobre la ansiedad del compañero, que acomete sin resuello, embate recto, rompe y raja, entra por fin.
¿Es pura idea de Cruz, o las ranas se han callado? Lo único que ahora se escucha en la noche entre los indios son sus dos respiraciones. Se diría por su sonido marcado que el aire primero no quiere entrar y después no quiere salir, que todo hay que hacerlo con esfuerzo y con ahogo. Martín Fierro se sacude sobre Cruz, sacude a Cruz, presiente que nunca estuvo en su vida tan cerca y tan dentro de nadie. Un desparramo indoloro de chambergos y botas en torno se produce porque los hombres se agitan ya sin control.
Los dos al tiempo y juntitos, como hechos de un mismo palo. Fierro se derrama en Cruz, y Cruz en la llanura pampeana. Las simientes casi en hervor van adonde mejor les toca: a lo más hondo del culo o al polvo que es destino del hombre. Después de tanto curvarse, es un aflojamiento general lo que sucede en la carpa prieta. Fierro con toda ternura, encima de Cruz todavía, deja que la respiración se sosiegue junto al pelo y la oreja y la boca del otro. Le juega con un dedo en los rulos endurecidos de la nuca. Le dice cosas.
–Tadeo, lindo Tadeo: qué manera de quererte. Es el goce de tenerte el solo dios en que creo.
Se echan mansos el uno junto al otro. Se pasan de mano en mano el cigarro que Cruz ha encendido. Ven los humos que cada uno sopla mezclarse en el aire y hacerse uno. Sonríen satisfechos: son felices y lo saben. Han descubierto el amor.


domingo, 24 de junio de 2018

motivacional

no creo en lo motivacional, una cosa muy yanqui, de que te impulsen a ganar.
Amaba muy mucho un sketch de Saturday Night Live donde el gordo Cris Farley hacia de un motivador profesional muy perdedor, alguna vez hice un post sobre eso.
No creo en lo motivacional, que alguien me pueda motivar para hacer eso que siempre procastino: bajar de peso, ponerme crema en  la cara todos los días , lavarme los dientes tres veces por día y no una, limpiar la casa antes de tuitear, ser mejor persona, tener todo limpio y despues dedicarme a las dulces tareas de la nada.
No creo en lo motivacional pero hay cosas que me hacen lagrimear,  o por ahi se me metio una pobreza latinoamericana en los ojos

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de invierno.

Acaba de finalizar
la noche mas larga
¿sabremos nosotros olvidar
lo que nos dejó de lado?
Vos estás entre quienes
no hacen sino dejar estela
y siguen como si nada
sin ver que en esa huella flotan cosas
aun moribundas.

Nosotros, en cambio
cuidamos cadaveres
como si estuvieran vivos
Los arropamos, tratamos de que no hiedan

Creo que ambos estamos equivocados
hay un punto medio que se nos ha escapado

Soy un perrito muerto
al que no se tomaron el trabajo
de envolver con papel de diario
y arrojaron al tacho de basura
del patio  del fondo
O asi me siento en esta mañana
de invierno atroz
(y ni siquiera hace tanto frio).


Lo mejor del solsticio de invierno
es la promesa que de aquí en adelante
vuelve la luz a alargarse en los días

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miércoles, 20 de junio de 2018

En el día de la bandera, a los criollos les quiero hablar.

En 1926 Borges publicó un  libro que tituló "El tamaño de mi esperanza"
Mas tarde, cuando ya no era un jovencito (éste era su segundo libro) lo sacó de circulación: Supongo que no está en su obra completa. Supongo que pensaba que estaba mal escrito, lleno de criollismos.
 La japonesa, la mas odiada, la Kodama, permitio -como albacea de su obra su reedición.
Hoy me encuentro yo tratando de desentrañar (para un examen) cual era la posición borgeana en estas cosas de la tradicion criolla y lo tengo en la lista de cosas por leer. Su primer parrafo me asombra y me parece perfecto para un día de la bandera, que es como decir, un día donde mentamos la patria.

A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma. Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país. Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero. Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza. ¡Bendita seas, esperanza, memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios! ¿Qué hemos hecho los argentinos? El arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires fue la primer hazaña criolla, tal vez. La Guerra de la Independencia fue del grandor romántico que en esos tiempos convenía, pero es difícil calificarla de empresa popular y fue a cumplirse en la otra punta de América. La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue un genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que hacía) mató en Monte Caseros y que no habló con otra voz que la rencorosa y guaranga de las divisas y la voz póstuma del Martín Fierro de Hernández. Fue una lindísima voluntá de criollismo, pero no llegó a pensar nada y ese su empacamiento, esa su sueñera chúcara de gauchón, es menos perdonable que su Mazorca. Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella. Después ¿qué otras cosas ha habido aquí? Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde inventaron más de una página perfecta, y en las postrimerías del siglo, la ciudá de Buenos Aires dio con el tango. Mejor dicho, los arrabales, las noches del sábado, las chiruzas, los compadritos que al andar se quebraban, dieron con él. Aún me queda el cuarto de siglo que va del novecientos al novecientos veinticinco y juzgo sinceramente que no deben faltar allí los tres nombres de Evaristo Carriego, de Macedonio Fernández y de Ricardo Güiraldes. Otros nombres dice la fama, pero yo no le creo. Groussac, Lugones, Ingenieros, Enrique Banchs son gente de una época, no de una estirpe. Hacen He llegado al fin de mi examen (de mi pormayorizado y rápido examen) y pienso que el lector estará de acuerdo conmigo si afirmo la esencial pobreza de nuestro hacer. No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de la vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel: gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir, pero incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie por su propia tiranía y su oficinismo. En cuanto al general San Martín, ya es un general de neblina para nosotros, con charreteras y entorchados de niebla. Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen. ¿Y entre los muertos? Sobre el lejanísimo Santos Vega se ha escrito mucho, pero es un vano nombre que va paseándose de pluma en pluma sin contenido sustancial, y así para Ascasubi fue un viejito dicharachero y para Rafael Obligado un paisano hecho de nobleza y para Eduardo Gutiérrez un malevo romanticón, un precursor idílico de Moreira. Su leyenda no es tal. No hay leyendas en esta y tierra y ni un solo fantasma camina por nuestras calles. Ése es nuestro baldón. Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga. Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y querencia de ponientes en Villa Urquiza y redondel de pampa en Saavedra. Sin embargo, América es un poema ante nuestros ojos; su ancha geografía deslumhra la imaginación y con el tiempo no han de faltarle versos, escribió Emerson el cuarenta y cuatro en sentencia que es como una corazonada de Whitman y que hoy, en Buenos Aires del veinticinco, vuelve a profetizar. Ya Buenos Aires, más que una ciudá, es un país y hay que encontrarle la poesía y la mística y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen. Ese es el tamaño de mi esperanza, que a todos nos invita a ser dioses y a trabajar en su encarnación. No quiero ni progresismo ni criollismo en la acepción corriente de esas palabras. El primero es un someternos a ser casi norteamericanos o casi europeos, un tesonero ser casi otros; el segundo, que antes fue palabra de acción (burla del jinete a los chapetones, pifia de los muy de a caballo a los muy de a pie), hoy es palabra de nostalgia (apetencia floja del campo, viaraza de sentirse un poco Moreira). No cabe gran fervor en ninguno de ellos y lo siento por el criollismo. Es verdad que de enancharle la significación a esa voz —hoy suele equivaler a un mero gauchismo— sería tal vez la más ajustada a mi empresa. Criollismo, pues, pero un criollismo que sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte. A ver si alguien me ayuda a buscarlo. Nuestra famosa incredulidá no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano y Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidá grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña.

lunes, 18 de junio de 2018

Misoprostol

Tanto hablamos de él y tan poco conocemos.
Tomar misoprostol para abortar no es un día de la primavera. Alguna vez vinieron unas lesbianas (en realidad un movimiento de activismo lésbico) para explicarnos el uso. Lo que mas me quedó (porque me asombro) era que había que pasar la perdida, lo que uno había perdido, por un colador. Y si quedaba como un núcleo, eso era el feto.
También yo hablé del misoprostol en mi otro blog. Me da ganas de ponerlo acá porque me imagino a una chica buscando información o alguno de uds. tratando de saber mas.
Pero encontré un poema de El periódico de las señoras (nombre muy sarcástico) con un monton de información adicional al pie de página
Es este (abajo está la información  "dura"

Anaité Ancira: es más natural, como un malparto.

10:15

El procedimiento es así,
nos dijo el doctor,
llegas
te sedamos completa
te hacemos  una aspiración,
cuando te sientas lista te vas a tu casa.

Después de eso
un quirófano
una cama
una luz blanca
un reloj que marcaba las 10 am
el doctor con un gorro de los pumas diciéndome adiós con la mano.
Después no sé
ahora el reloj 10:15 am
lista-dijo.
Después ibuprofeno
jugo de manzana
más ibuprofeno
un día dos días muchos días
en silencio
sola
pensando que en 15 minutos se puede ir la vida
o la posibilidad de
ser feliz
es relativo
el dolor también.

Enero 2004
*

CYTOTEC LE INFORMA SOBRE SU USO MEDICO:


Primero te tomas
dos(2)
Espeeeeeeraaaaas (3)
y mientras
5………… 4………………….. 3……………………………..
¿te sientas?    ¿caminas?
                       ¿platicas?
¿ves la tele?
¿cuánto tiempo lleva esa alarma sonando?
¿hace cuánto pasó la última patrulla?
………..………. 2……………………… 1…………………..

uterus contractus (4)

Todo mojado (5)
el calzón, tu entrepierna, el pantalón, la colcha de la cama.
Un calambre,
luego otro,
no sabías que te podías doblar en cuatro.

Intentas llegar al baño pero en el camino te partes en ocho.

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uterus contractus, abortus inmediatus (6)

puedes tener dolor, náuseas, vómito, diarrea, fiebre, escalofríos, sangrado abundante y con muchos coágulos” (7)

No habías entendido que era todo eso al mismo tiempo
y te retuerces en la cama,
corres al baño,
mejor te quedas sentada ahí,
mejor no,
mejor tomas agua,
mejor la vomitas,
mejor te sientas en la orilla del colchón,
te quitas el pantalón manchado,
aprietas la colcha,
miras la alfombra,
la pinche pared tan quieta
tan blanca,
tan callada,
ahí.
Si pudieras pararte de manos y que todo se regresara
pero mejor no,
mejor te sientas en el escusado,
pones el bote de basura entre tus piernas
y vomitas,
cagas,
meas,
lloras(8)
todo
ahí
así
repitiéndose cada vez más lento(9)
Pasan tres horas
1,2,3
¿mejor?
mejor morirte (10)
Un calambre
luego otro
no sabías que te podías partir en dieciséis

Te acuerdas de las otras pastillas (11) que te dieron,
de esas te tomas dos
pero no ayudan.
Te acuerdas que la doctora te preguntó
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?” 
Te acuerdas que te lo preguntó dos veces
porque pensaste que le habías contestado que sí a la primera
pero no le habías contestado nada
y te volvió a preguntar:
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?” (12)

Ahora estás “malpariendo” ahí en el baño,
en la cama
y en el pasillo que hay entre uno y el otro,
con la certeza de las buenas decisiones(13)
esas que se toman cuando “mejor” y “peor”
son lo mismo.
Esto también es maternar, te dices.

Sólo habrá que esperar un rato más, (14)
a esta hora mañana (15)
tal vez puedas estar en el cine
viendo la nueva película de
Woody Allen(16)

  1. Cada tableta deCytotec contiene 200 mgc. de Misoprostol. Este medicamento es de uso controlado por lo cual no se vende en farmacias sin receta médica.
  2. El tratamiento consta de dos dosis de cuatro pastillas, aplicadas con 24 hrs de diferencia cada una.
  3. El sangrado debe empezar de 7 a 9 horas después de tomada la dosis.
  4. La inducción del parto es un conjunto de procedimientos dirigidos a provocar contracciones uterinas de manera artificial con la intención de desencadenar el parto cuando los beneficios de finalizar la gestación para la madre y feto sobrepasan los beneficios potenciales de continuarla.
  5. El sangrado es el primer signo de que el aborto ha comenzado.
  6. Cytotec es un análogo que promueve la curación de úlcera péptica e incrementa las contracciones uterinas en el embarazo, puede causar expulsión parcial o completa del embrión.
  7. Doctora dixit.
  8. El volumen de lo que se expulsa varía de acuerdo al tiempo de gestación.
  9. El sangrado dura de 8 a 12 días, esto depende del organismo de cada mujer.
  10. Cytotec no es recomendable para personas hipersensibles.
  11. ACTRON 600 cada cápsula contiene 600mg de ibuprofeno.
  12. Entre las ventajas de este método abortivo están que puedes estar en tu casa, no requiere anestesia, a diferencia del aborto quirúrgico. Y es más natural, como un malparto.
  13. No es lo mismo tener un hijo CON alguien, que tener un hijo DE alguien.
  14. Una vez concluido el tratamiento con la expulsión del producto se puede presentar sangrado por varios días, en algunos casos como máximo hasta quince días.
  15. La única manera de cerciorarse de que el aborto fue “exitoso”, es mediante una ecografía, ya que tanto las pruebas caseras y las sanguíneas van a seguir apareciendo positivas hasta 40 días después de terminado el tratamiento, que es el tiempo que tardan en desaparecer las hormonas de embarazo del organismo. Es importante revisarse porque si el aborto no se completó pueden quedar restos de tejido en el útero, lo cual produce infecciones o hemorragias.
  16. Puedes empezar a tener sexo tan pronto como te sientas cómoda…

Enero 2011

domingo, 17 de junio de 2018

padres suficientemente buenos

El cohete


Ray Bradbury

Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.
Ahora, esta noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces viajes a Marte, Saturno y Venus!
-Bueno, bueno, Bodoni.
Bodoni dio un salto.
En un cajón, junto a la orilla del silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la medianoche tranquila.
-Oh, eres tú, Bramante.
-¿Sales todas las noches, Bodoni?
-Sólo a tomar aire.
-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca he estado todavía en uno.
-Yo haré un viaje uno de estos días.
-No seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la gente rica. -El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort y novedades para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.
-Quizá mis hijos -dijo Bodoni.
-¡Ni siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!
Bodoni titubeó.
-Bramante, he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos. Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!
Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.
-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio, casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?
-No, no.
-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas…
-Pero…
-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás, sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla. Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.
El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el agua.
-Buenas noches -dijo Bodoni.
-Que duermas bien -dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche. Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían burlados.
-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.
-Tengo la garganta reseca -dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de seis dedos.
-¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.
-Remontó así, ¡chiii! -silbó Antonello.
-¡Niños! -gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos.
Los niños lo miraron. Bodoni nunca gritaba.
-Escuchen todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte.
Los niños se pusieron a gritar.
-¿Me entienden? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?
-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.
-Tú -dijo María.
-Tú -dijo Bodoni.
Todos callaron. Los niños pensaron un poco.
-Que vaya Lorenzo… es el mayor.
-Que vaya Mirianne… es una chica.
-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.
-Tonterías. No mejor que tú -objetó Bodoni.
Todos temblaban.
-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más corta gana. -Abrió su puño-. Elijan.
Solemnemente todos fueron sacando su pajita.
-Larga.
-Larga.
Otro.
-Larga.
Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.
Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía el corazón.
-Vamos -murmuró-. María.
María tiró de la pajita.
-Corta -dijo.
-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste-. Mamá va a Marte.
Bodoni trató de sonreír.
-Te felicito. Mañana compraré tu pasaje.
-Espera, Fiorello…
-Puedes salir la semana próxima… -murmuró Bodoni.
María miró los ojos tristes de los niños, y las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.
-No puedo ir a Marte.
-¿Por qué no?
-Pronto llegará otro bebé.
-¿Cómo?
María no miraba a Bodoni.
-No me conviene viajar en este estado.
Bodoni la tomó por el codo.
-¿Es cierto eso?
-Elijan otra vez.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.
-No me acordé.
-María, María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños-. Empecemos de nuevo.
Paolo sacó en seguida la pajita corta.
-¡Voy a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!
Los chicos dieron un paso atrás.
-Magnífico, Paolo.
Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos y hermanas.
-Puedo ir, ¿no es cierto? -preguntó con un tono inseguro.
-Sí.
-¿Y me querrán cuando regrese?
-Naturalmente.
Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y la dejó caer, sacudiendo la cabeza.
-Me había olvidado. Empiezan las clases. No puedo ir. Elijan otra vez.
Pero nadie quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.
-Nadie irá -dijo Lorenzo.
-Será lo mejor -dijo María.
-Bramante tenía razón -dijo Bodoni
Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago, como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala.
A la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias.
-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.
-¿De qué se trata, señor Mathews? -preguntó Bodoni distraídamente.
-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?
-¡Sí, sí!
Bodoni tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.
-Claro que es sólo un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil…
Bodoni dejó caer la mano.
-No tengo dinero.
-Le siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí favorecerte. Bueno…
-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.
-Comprendo.
-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se rompió la semana pasada.
-Sí, ya sé.
Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.
-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el cohete.
-Pero si no puedes fundirlo ahora…
-Lo compro.
-Bueno, si tú lo dices… ¿Esta noche?
-Esta noche estaría muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta noche.
Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el metal contándole sus anhelos.
Miró fijamente el cohete.
-Eres todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas, y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.
El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el bolsillo del chaleco.
-Hasta podría dormir aquí esta noche -murmuró Bodoni, excitado.
Se sentó en el asiento del piloto.
Movió una palanca.
Bodoni zumbó con los labios apretados, cerrando los ojos.
El zumbido se hizo más intenso, más intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados, con el corazón furioso.
-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!-. ¡La Luna! -exclamó con los ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! -La silenciosa precipitación en una luz volcánica-. Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!
Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto. Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad.
Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.
El depósito de chatarra estaba todavía allí.
Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó las palancas.
-¡Despega, maldito!
La nave guardó silencio.
-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.
Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper, destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no quería obedecerle.
-¡Ya te enseñaré! -gritó.
Pero sus manos no se movieron.
El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento y gritó:
-¡María, María, prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡No puedo creerlo!
Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro. Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar.
María miró a su marido.
-¿Qué has hecho? -le dijo-. ¿Has gastado en esto nuestro dinero? No volará nunca.
-Volará -dijo Bodoni, mirando el cohete.
-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú millones?
-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora vuelvan a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digan a nadie, ¿eh? Es un secreto.
Los chicos, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las ventanas de la casa.
María no se había movido.
-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro dinero gastado en… en esta cosa. Cuando necesitabas tanto esa maquinaria.
-Ya verás -dijo Bodoni.
María se alejó en silencio.
-Que Dios me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar.
Hacia la medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni, sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie viese su trabajo.
Al alba entró en la cocina.
-María -dijo-, ya puedo desayunar.
La mujer no le respondió.
A la caída de la tarde Bodoni llamó a los niños.
-¡Estamos listos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
-Los he encerrado en el desván -dijo María.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó Bodoni.
-Te matarás en ese cohete -dijo la mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!
-Escúchame, María.
-Estallará en pedazos. Además, no eres piloto.
-No importa, sé manejar este cohete. Lo he preparado muy bien.
-Te has vuelto loco -dijo María.
-¿Dónde está la llave del desván?
-La tengo aquí.
Bodoni extendió la mano.
-Dámela.
María se la dio.
-Los matarás.
-No, no.
-Sí, los matarás. Lo sé.
-¿No vienes conmigo?
-Me quedaré aquí.
-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Sigan a su padre.
-¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó mirándolos desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:
-Niños, vamos a faltar una semana. Ustedes tienen que volver al colegio, y yo a mi trabajo -tomó las manos de todos los chicos, una a una-. Escuchen. Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Ustedes no podrán repetir el viaje. Abran bien los ojos.
-Sí, papá.
-Escuchen con atención. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, al volver, podrán hablar de esto durante todas sus vidas.
-Sí, papá.
La nave estaba en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas momias, en las hamacas de caucho.
-¿Listos? -les preguntó.
-¡Listos! -respondieron los niños.
-¡Allá vamos!
Bodoni movió diez llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y bailaron en sus hamacas.
-¡Ahí viene la Luna!
La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas, espiaron por las ventanillas.
-¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!
El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas de goma.
-Bueno -murmuró Bodoni, solo.
Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.
Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?
No. Bodoni sonrió.
Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.
Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños, prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña.
María lo miraba desde la ventana de la cocina.
Bodoni la saludó con un ademán, y sonrió.
No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve saludo, quizá. Una débil sonrisa.
Salía el sol.
Bodoni entró rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se rezó a sí mismo. “Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas de colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el sueño. Haz que el tiempo pase sin un error.”
Bodoni despertó.
El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
-¡Papá!
Los niños trataban de salir de las hamacas.
Bodoni miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla. Bodoni se sintió feliz.
En el crepúsculo del séptimo día el cohete dejó de temblar.
-Estamos en casa -dijo Bodoni.
Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les brillaban las caras.
-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la cocina.
-¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!
-Sí -dijo María.
A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.
-Queremos darte las gracias, papá.
-No es nada.
-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.
Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.
-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.
-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.
-¿Por qué?
-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo. -Acostada de espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue un viaje muy hermoso?
-Sí.
-Quizás -dijo María-, quizás alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto, ¿no es cierto?
-Un viaje corto, quizá.
-Gracias -dijo María-. Buenas noches.
-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni.

jueves, 14 de junio de 2018

solo emocion

dedico mi propia emoción a mi madre,que  nunca lo va a saber. A mi hija, que lo supone, a mi nieta que todavia no sabe que es un aborto .

lunes, 11 de junio de 2018

el biribiri

Como era muy alto y muy negro y con los ojos achinados, el guardapolvo gris que los varones usaban entonces como uniforme (tambien había bleizer verde, corbata verde, pantalon  negro) en la escuela confesional en la que cursé tercer año, lo hacia parecer como un fabriquero. O como un tipo que estudiaba en un Industrial. Era de géminis como yo y había nacido el día de la independencia del Canadá.
Fuera de la escuela llevaba unos pantalones horriblemente fuera de moda, como un jacqard, no se explicarlo pero en mi cabeza veo el dibujo.Los lindos, los modernos usaban Levis Strauss.  Era músico. A los quince años ya era definitivamente músico.
A mi me gustaba mucho y de lejos era el más inteligente del curso. Lejos, lejos. Me hacía el biribiri todo el tiempo. Y hablaba de mi con Gustavo, su compañero de banco.
Repitió tercer año, porque no estudiaba y para pasar de curso tenes que estudiar, no alcanza con la inteligencia. Sabía de jazz (tenia 15 años) y me hacía el biribiri,  hablandome de Mikonos y de un montón de cosas de las que me acuerdo puntualmente. Yo también tenía 15 años.
Una vez me dio un beso en la boca. En un picnic de fin de año, en una pileta de la editorial atlántida, que el padre de algún compañero había conseguido de garron para que fueramos nosotros a terminar el año.
Fue el primero que me escribió un poema  y tambien algo en el piano (que no recuerdo, era una variación de jazz)
No me avanzaba porque yo tenia un novio grande: El tenia 15 años y mi novio 20, la diferencia era abrumadora y no había huevos que lo resistan.
Me acuerdo  puntualmente de su orgullo de ser quinta generación de argentinos, con lo cual  provenía de cruza de india con conquistador. Algo de eso persistía. Su viejo era un vendedor mayorista de ferretería, pero él era músico a los quince años.
Insisto tanto con la edad, porque ahora de grandes nos parece que a los quince años sos un pendejo que  no sabe nada de la vida, pero el me hablaba de Mikonos, me hacía el biribiri y me escribía canciones de jazz cuando yo iba a su dormitorio (que tenia una mesa de lata) y lo escuchaba tocar el piano y escribir en su cuaderno, en el que alguna vez escribi algo: Si guardara sus cuadernos espero no haber sido demasiado estúpida. La Nilda de ahora es como el Marty de Volver al Futuro: no quiere que el pasado la abochorne.
https://www.youtube.com/watch?v=GC0ql0OjgO8
No entiendo porque no queria avanzarme: no tenía novia y supongo que era mas virgen que la virgen maría. No lo hubiera reconocido en público, seguramente.
Me guardo su nombre.  Creo que vive en Israel o algo así. Fue músico de Santana ¿pueden creerlo?
La pregunta del millón es que cosa recordará de mí. Probablemente nada.
Me gusta que  me gustaran los inteligentes, no los lindos.
Ahora cuando paso por su casa de lanús, no se muy bien cual era su puerta, a la que toqué miles de veces en ese año de 1970.

Que quedará de esa, la que fui. El tiempo revolea la hojarasca. Hace frío. Este es el poema, que me dio con un dibujo con puentes e islas. Lo reconstruí como pude. Seguro le faltan partes.

Intente con traerte a mi lado
un beso
La ciudad de oro tiembla
Su rey y único morador se pregunta
Que haré con vos
Te vestiré de recuerdo?
Te daré las llaves del reino?
Un beso
Es una respuesta?
Diez besos?
quizá mil?
Hoy es una noche blanca
Y las noches blancas son como un quizá.


algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo