miércoles, 20 de junio de 2018

En el día de la bandera, a los criollos les quiero hablar.

En 1926 Borges publicó un  libro que tituló "El tamaño de mi esperanza"
Mas tarde, cuando ya no era un jovencito (éste era su segundo libro) lo sacó de circulación: Supongo que no está en su obra completa. Supongo que pensaba que estaba mal escrito, lleno de criollismos.
 La japonesa, la mas odiada, la Kodama, permitio -como albacea de su obra su reedición.
Hoy me encuentro yo tratando de desentrañar (para un examen) cual era la posición borgeana en estas cosas de la tradicion criolla y lo tengo en la lista de cosas por leer. Su primer parrafo me asombra y me parece perfecto para un día de la bandera, que es como decir, un día donde mentamos la patria.

A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma. Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país. Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero. Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza. ¡Bendita seas, esperanza, memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios! ¿Qué hemos hecho los argentinos? El arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires fue la primer hazaña criolla, tal vez. La Guerra de la Independencia fue del grandor romántico que en esos tiempos convenía, pero es difícil calificarla de empresa popular y fue a cumplirse en la otra punta de América. La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue un genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que hacía) mató en Monte Caseros y que no habló con otra voz que la rencorosa y guaranga de las divisas y la voz póstuma del Martín Fierro de Hernández. Fue una lindísima voluntá de criollismo, pero no llegó a pensar nada y ese su empacamiento, esa su sueñera chúcara de gauchón, es menos perdonable que su Mazorca. Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella. Después ¿qué otras cosas ha habido aquí? Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo y Eduardo Wilde inventaron más de una página perfecta, y en las postrimerías del siglo, la ciudá de Buenos Aires dio con el tango. Mejor dicho, los arrabales, las noches del sábado, las chiruzas, los compadritos que al andar se quebraban, dieron con él. Aún me queda el cuarto de siglo que va del novecientos al novecientos veinticinco y juzgo sinceramente que no deben faltar allí los tres nombres de Evaristo Carriego, de Macedonio Fernández y de Ricardo Güiraldes. Otros nombres dice la fama, pero yo no le creo. Groussac, Lugones, Ingenieros, Enrique Banchs son gente de una época, no de una estirpe. Hacen He llegado al fin de mi examen (de mi pormayorizado y rápido examen) y pienso que el lector estará de acuerdo conmigo si afirmo la esencial pobreza de nuestro hacer. No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de la vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel: gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir, pero incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie por su propia tiranía y su oficinismo. En cuanto al general San Martín, ya es un general de neblina para nosotros, con charreteras y entorchados de niebla. Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen. ¿Y entre los muertos? Sobre el lejanísimo Santos Vega se ha escrito mucho, pero es un vano nombre que va paseándose de pluma en pluma sin contenido sustancial, y así para Ascasubi fue un viejito dicharachero y para Rafael Obligado un paisano hecho de nobleza y para Eduardo Gutiérrez un malevo romanticón, un precursor idílico de Moreira. Su leyenda no es tal. No hay leyendas en esta y tierra y ni un solo fantasma camina por nuestras calles. Ése es nuestro baldón. Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga. Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y querencia de ponientes en Villa Urquiza y redondel de pampa en Saavedra. Sin embargo, América es un poema ante nuestros ojos; su ancha geografía deslumhra la imaginación y con el tiempo no han de faltarle versos, escribió Emerson el cuarenta y cuatro en sentencia que es como una corazonada de Whitman y que hoy, en Buenos Aires del veinticinco, vuelve a profetizar. Ya Buenos Aires, más que una ciudá, es un país y hay que encontrarle la poesía y la mística y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen. Ese es el tamaño de mi esperanza, que a todos nos invita a ser dioses y a trabajar en su encarnación. No quiero ni progresismo ni criollismo en la acepción corriente de esas palabras. El primero es un someternos a ser casi norteamericanos o casi europeos, un tesonero ser casi otros; el segundo, que antes fue palabra de acción (burla del jinete a los chapetones, pifia de los muy de a caballo a los muy de a pie), hoy es palabra de nostalgia (apetencia floja del campo, viaraza de sentirse un poco Moreira). No cabe gran fervor en ninguno de ellos y lo siento por el criollismo. Es verdad que de enancharle la significación a esa voz —hoy suele equivaler a un mero gauchismo— sería tal vez la más ajustada a mi empresa. Criollismo, pues, pero un criollismo que sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte. A ver si alguien me ayuda a buscarlo. Nuestra famosa incredulidá no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano y Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidá grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña.

lunes, 18 de junio de 2018

Misoprostol

Tanto hablamos de él y tan poco conocemos.
Tomar misoprostol para abortar no es un día de la primavera. Alguna vez vinieron unas lesbianas (en realidad un movimiento de activismo lésbico) para explicarnos el uso. Lo que mas me quedó (porque me asombro) era que había que pasar la perdida, lo que uno había perdido, por un colador. Y si quedaba como un núcleo, eso era el feto.
También yo hablé del misoprostol en mi otro blog. Me da ganas de ponerlo acá porque me imagino a una chica buscando información o alguno de uds. tratando de saber mas.
Pero encontré un poema de El periódico de las señoras (nombre muy sarcástico) con un monton de información adicional al pie de página
Es este (abajo está la información  "dura"

Anaité Ancira: es más natural, como un malparto.

10:15

El procedimiento es así,
nos dijo el doctor,
llegas
te sedamos completa
te hacemos  una aspiración,
cuando te sientas lista te vas a tu casa.

Después de eso
un quirófano
una cama
una luz blanca
un reloj que marcaba las 10 am
el doctor con un gorro de los pumas diciéndome adiós con la mano.
Después no sé
ahora el reloj 10:15 am
lista-dijo.
Después ibuprofeno
jugo de manzana
más ibuprofeno
un día dos días muchos días
en silencio
sola
pensando que en 15 minutos se puede ir la vida
o la posibilidad de
ser feliz
es relativo
el dolor también.

Enero 2004
*

CYTOTEC LE INFORMA SOBRE SU USO MEDICO:


Primero te tomas
dos(2)
Espeeeeeeraaaaas (3)
y mientras
5………… 4………………….. 3……………………………..
¿te sientas?    ¿caminas?
                       ¿platicas?
¿ves la tele?
¿cuánto tiempo lleva esa alarma sonando?
¿hace cuánto pasó la última patrulla?
………..………. 2……………………… 1…………………..

uterus contractus (4)

Todo mojado (5)
el calzón, tu entrepierna, el pantalón, la colcha de la cama.
Un calambre,
luego otro,
no sabías que te podías doblar en cuatro.

Intentas llegar al baño pero en el camino te partes en ocho.

……………………..0……………………………………………………

uterus contractus, abortus inmediatus (6)

puedes tener dolor, náuseas, vómito, diarrea, fiebre, escalofríos, sangrado abundante y con muchos coágulos” (7)

No habías entendido que era todo eso al mismo tiempo
y te retuerces en la cama,
corres al baño,
mejor te quedas sentada ahí,
mejor no,
mejor tomas agua,
mejor la vomitas,
mejor te sientas en la orilla del colchón,
te quitas el pantalón manchado,
aprietas la colcha,
miras la alfombra,
la pinche pared tan quieta
tan blanca,
tan callada,
ahí.
Si pudieras pararte de manos y que todo se regresara
pero mejor no,
mejor te sientas en el escusado,
pones el bote de basura entre tus piernas
y vomitas,
cagas,
meas,
lloras(8)
todo
ahí
así
repitiéndose cada vez más lento(9)
Pasan tres horas
1,2,3
¿mejor?
mejor morirte (10)
Un calambre
luego otro
no sabías que te podías partir en dieciséis

Te acuerdas de las otras pastillas (11) que te dieron,
de esas te tomas dos
pero no ayudan.
Te acuerdas que la doctora te preguntó
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?” 
Te acuerdas que te lo preguntó dos veces
porque pensaste que le habías contestado que sí a la primera
pero no le habías contestado nada
y te volvió a preguntar:
“¿estás segura de que esto es lo que quieres?” (12)

Ahora estás “malpariendo” ahí en el baño,
en la cama
y en el pasillo que hay entre uno y el otro,
con la certeza de las buenas decisiones(13)
esas que se toman cuando “mejor” y “peor”
son lo mismo.
Esto también es maternar, te dices.

Sólo habrá que esperar un rato más, (14)
a esta hora mañana (15)
tal vez puedas estar en el cine
viendo la nueva película de
Woody Allen(16)

  1. Cada tableta deCytotec contiene 200 mgc. de Misoprostol. Este medicamento es de uso controlado por lo cual no se vende en farmacias sin receta médica.
  2. El tratamiento consta de dos dosis de cuatro pastillas, aplicadas con 24 hrs de diferencia cada una.
  3. El sangrado debe empezar de 7 a 9 horas después de tomada la dosis.
  4. La inducción del parto es un conjunto de procedimientos dirigidos a provocar contracciones uterinas de manera artificial con la intención de desencadenar el parto cuando los beneficios de finalizar la gestación para la madre y feto sobrepasan los beneficios potenciales de continuarla.
  5. El sangrado es el primer signo de que el aborto ha comenzado.
  6. Cytotec es un análogo que promueve la curación de úlcera péptica e incrementa las contracciones uterinas en el embarazo, puede causar expulsión parcial o completa del embrión.
  7. Doctora dixit.
  8. El volumen de lo que se expulsa varía de acuerdo al tiempo de gestación.
  9. El sangrado dura de 8 a 12 días, esto depende del organismo de cada mujer.
  10. Cytotec no es recomendable para personas hipersensibles.
  11. ACTRON 600 cada cápsula contiene 600mg de ibuprofeno.
  12. Entre las ventajas de este método abortivo están que puedes estar en tu casa, no requiere anestesia, a diferencia del aborto quirúrgico. Y es más natural, como un malparto.
  13. No es lo mismo tener un hijo CON alguien, que tener un hijo DE alguien.
  14. Una vez concluido el tratamiento con la expulsión del producto se puede presentar sangrado por varios días, en algunos casos como máximo hasta quince días.
  15. La única manera de cerciorarse de que el aborto fue “exitoso”, es mediante una ecografía, ya que tanto las pruebas caseras y las sanguíneas van a seguir apareciendo positivas hasta 40 días después de terminado el tratamiento, que es el tiempo que tardan en desaparecer las hormonas de embarazo del organismo. Es importante revisarse porque si el aborto no se completó pueden quedar restos de tejido en el útero, lo cual produce infecciones o hemorragias.
  16. Puedes empezar a tener sexo tan pronto como te sientas cómoda…

Enero 2011

domingo, 17 de junio de 2018

padres suficientemente buenos

El cohete


Ray Bradbury

Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.
Ahora, esta noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces viajes a Marte, Saturno y Venus!
-Bueno, bueno, Bodoni.
Bodoni dio un salto.
En un cajón, junto a la orilla del silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la medianoche tranquila.
-Oh, eres tú, Bramante.
-¿Sales todas las noches, Bodoni?
-Sólo a tomar aire.
-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca he estado todavía en uno.
-Yo haré un viaje uno de estos días.
-No seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la gente rica. -El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort y novedades para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.
-Quizá mis hijos -dijo Bodoni.
-¡Ni siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!
Bodoni titubeó.
-Bramante, he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos. Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!
Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.
-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio, casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?
-No, no.
-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas…
-Pero…
-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás, sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla. Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.
El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el agua.
-Buenas noches -dijo Bodoni.
-Que duermas bien -dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche. Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían burlados.
-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.
-Tengo la garganta reseca -dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de seis dedos.
-¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.
-Remontó así, ¡chiii! -silbó Antonello.
-¡Niños! -gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos.
Los niños lo miraron. Bodoni nunca gritaba.
-Escuchen todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte.
Los niños se pusieron a gritar.
-¿Me entienden? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?
-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.
-Tú -dijo María.
-Tú -dijo Bodoni.
Todos callaron. Los niños pensaron un poco.
-Que vaya Lorenzo… es el mayor.
-Que vaya Mirianne… es una chica.
-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.
-Tonterías. No mejor que tú -objetó Bodoni.
Todos temblaban.
-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más corta gana. -Abrió su puño-. Elijan.
Solemnemente todos fueron sacando su pajita.
-Larga.
-Larga.
Otro.
-Larga.
Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.
Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía el corazón.
-Vamos -murmuró-. María.
María tiró de la pajita.
-Corta -dijo.
-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste-. Mamá va a Marte.
Bodoni trató de sonreír.
-Te felicito. Mañana compraré tu pasaje.
-Espera, Fiorello…
-Puedes salir la semana próxima… -murmuró Bodoni.
María miró los ojos tristes de los niños, y las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.
-No puedo ir a Marte.
-¿Por qué no?
-Pronto llegará otro bebé.
-¿Cómo?
María no miraba a Bodoni.
-No me conviene viajar en este estado.
Bodoni la tomó por el codo.
-¿Es cierto eso?
-Elijan otra vez.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.
-No me acordé.
-María, María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños-. Empecemos de nuevo.
Paolo sacó en seguida la pajita corta.
-¡Voy a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!
Los chicos dieron un paso atrás.
-Magnífico, Paolo.
Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos y hermanas.
-Puedo ir, ¿no es cierto? -preguntó con un tono inseguro.
-Sí.
-¿Y me querrán cuando regrese?
-Naturalmente.
Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y la dejó caer, sacudiendo la cabeza.
-Me había olvidado. Empiezan las clases. No puedo ir. Elijan otra vez.
Pero nadie quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.
-Nadie irá -dijo Lorenzo.
-Será lo mejor -dijo María.
-Bramante tenía razón -dijo Bodoni
Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago, como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala.
A la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias.
-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.
-¿De qué se trata, señor Mathews? -preguntó Bodoni distraídamente.
-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?
-¡Sí, sí!
Bodoni tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.
-Claro que es sólo un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil…
Bodoni dejó caer la mano.
-No tengo dinero.
-Le siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí favorecerte. Bueno…
-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.
-Comprendo.
-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se rompió la semana pasada.
-Sí, ya sé.
Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.
-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el cohete.
-Pero si no puedes fundirlo ahora…
-Lo compro.
-Bueno, si tú lo dices… ¿Esta noche?
-Esta noche estaría muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta noche.
Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el metal contándole sus anhelos.
Miró fijamente el cohete.
-Eres todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas, y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.
El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el bolsillo del chaleco.
-Hasta podría dormir aquí esta noche -murmuró Bodoni, excitado.
Se sentó en el asiento del piloto.
Movió una palanca.
Bodoni zumbó con los labios apretados, cerrando los ojos.
El zumbido se hizo más intenso, más intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados, con el corazón furioso.
-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!-. ¡La Luna! -exclamó con los ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! -La silenciosa precipitación en una luz volcánica-. Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!
Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto. Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad.
Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.
El depósito de chatarra estaba todavía allí.
Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó las palancas.
-¡Despega, maldito!
La nave guardó silencio.
-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.
Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper, destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no quería obedecerle.
-¡Ya te enseñaré! -gritó.
Pero sus manos no se movieron.
El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento y gritó:
-¡María, María, prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡No puedo creerlo!
Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro. Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar.
María miró a su marido.
-¿Qué has hecho? -le dijo-. ¿Has gastado en esto nuestro dinero? No volará nunca.
-Volará -dijo Bodoni, mirando el cohete.
-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú millones?
-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora vuelvan a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digan a nadie, ¿eh? Es un secreto.
Los chicos, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las ventanas de la casa.
María no se había movido.
-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro dinero gastado en… en esta cosa. Cuando necesitabas tanto esa maquinaria.
-Ya verás -dijo Bodoni.
María se alejó en silencio.
-Que Dios me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar.
Hacia la medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni, sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie viese su trabajo.
Al alba entró en la cocina.
-María -dijo-, ya puedo desayunar.
La mujer no le respondió.
A la caída de la tarde Bodoni llamó a los niños.
-¡Estamos listos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
-Los he encerrado en el desván -dijo María.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó Bodoni.
-Te matarás en ese cohete -dijo la mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!
-Escúchame, María.
-Estallará en pedazos. Además, no eres piloto.
-No importa, sé manejar este cohete. Lo he preparado muy bien.
-Te has vuelto loco -dijo María.
-¿Dónde está la llave del desván?
-La tengo aquí.
Bodoni extendió la mano.
-Dámela.
María se la dio.
-Los matarás.
-No, no.
-Sí, los matarás. Lo sé.
-¿No vienes conmigo?
-Me quedaré aquí.
-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Sigan a su padre.
-¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó mirándolos desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:
-Niños, vamos a faltar una semana. Ustedes tienen que volver al colegio, y yo a mi trabajo -tomó las manos de todos los chicos, una a una-. Escuchen. Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Ustedes no podrán repetir el viaje. Abran bien los ojos.
-Sí, papá.
-Escuchen con atención. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, al volver, podrán hablar de esto durante todas sus vidas.
-Sí, papá.
La nave estaba en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas momias, en las hamacas de caucho.
-¿Listos? -les preguntó.
-¡Listos! -respondieron los niños.
-¡Allá vamos!
Bodoni movió diez llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y bailaron en sus hamacas.
-¡Ahí viene la Luna!
La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas, espiaron por las ventanillas.
-¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!
El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas de goma.
-Bueno -murmuró Bodoni, solo.
Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.
Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?
No. Bodoni sonrió.
Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.
Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños, prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña.
María lo miraba desde la ventana de la cocina.
Bodoni la saludó con un ademán, y sonrió.
No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve saludo, quizá. Una débil sonrisa.
Salía el sol.
Bodoni entró rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se rezó a sí mismo. “Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas de colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el sueño. Haz que el tiempo pase sin un error.”
Bodoni despertó.
El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
-¡Papá!
Los niños trataban de salir de las hamacas.
Bodoni miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla. Bodoni se sintió feliz.
En el crepúsculo del séptimo día el cohete dejó de temblar.
-Estamos en casa -dijo Bodoni.
Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les brillaban las caras.
-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la cocina.
-¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!
-Sí -dijo María.
A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.
-Queremos darte las gracias, papá.
-No es nada.
-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.
Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.
-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.
-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.
-¿Por qué?
-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo. -Acostada de espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue un viaje muy hermoso?
-Sí.
-Quizás -dijo María-, quizás alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto, ¿no es cierto?
-Un viaje corto, quizá.
-Gracias -dijo María-. Buenas noches.
-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni.

jueves, 14 de junio de 2018

solo emocion

dedico mi propia emoción a mi madre,que  nunca lo va a saber. A mi hija, que lo supone, a mi nieta que todavia no sabe que es un aborto .

lunes, 11 de junio de 2018

el biribiri

Como era muy alto y muy negro y con los ojos achinados, el guardapolvo gris que los varones usaban entonces como uniforme (tambien había bleizer verde, corbata verde, pantalon  negro) en la escuela confesional en la que cursé tercer año, lo hacia parecer como un fabriquero. O como un tipo que estudiaba en un Industrial. Era de géminis como yo y había nacido el día de la independencia del Canadá.
Fuera de la escuela llevaba unos pantalones horriblemente fuera de moda, como un jacqard, no se explicarlo pero en mi cabeza veo el dibujo.Los lindos, los modernos usaban Levis Strauss.  Era músico. A los quince años ya era definitivamente músico.
A mi me gustaba mucho y de lejos era el más inteligente del curso. Lejos, lejos. Me hacía el biribiri todo el tiempo. Y hablaba de mi con Gustavo, su compañero de banco.
Repitió tercer año, porque no estudiaba y para pasar de curso tenes que estudiar, no alcanza con la inteligencia. Sabía de jazz (tenia 15 años) y me hacía el biribiri,  hablandome de Mikonos y de un montón de cosas de las que me acuerdo puntualmente. Yo también tenía 15 años.
Una vez me dio un beso en la boca. En un picnic de fin de año, en una pileta de la editorial atlántida, que el padre de algún compañero había conseguido de garron para que fueramos nosotros a terminar el año.
Fue el primero que me escribió un poema  y tambien algo en el piano (que no recuerdo, era una variación de jazz)
No me avanzaba porque yo tenia un novio grande: El tenia 15 años y mi novio 20, la diferencia era abrumadora y no había huevos que lo resistan.
Me acuerdo  puntualmente de su orgullo de ser quinta generación de argentinos, con lo cual  provenía de cruza de india con conquistador. Algo de eso persistía. Su viejo era un vendedor mayorista de ferretería, pero él era músico a los quince años.
Insisto tanto con la edad, porque ahora de grandes nos parece que a los quince años sos un pendejo que  no sabe nada de la vida, pero el me hablaba de Mikonos, me hacía el biribiri y me escribía canciones de jazz cuando yo iba a su dormitorio (que tenia una mesa de lata) y lo escuchaba tocar el piano y escribir en su cuaderno, en el que alguna vez escribi algo: Si guardara sus cuadernos espero no haber sido demasiado estúpida. La Nilda de ahora es como el Marty de Volver al Futuro: no quiere que el pasado la abochorne.
https://www.youtube.com/watch?v=GC0ql0OjgO8
No entiendo porque no queria avanzarme: no tenía novia y supongo que era mas virgen que la virgen maría. No lo hubiera reconocido en público, seguramente.
Me guardo su nombre.  Creo que vive en Israel o algo así. Fue músico de Santana ¿pueden creerlo?
La pregunta del millón es que cosa recordará de mí. Probablemente nada.
Me gusta que  me gustaran los inteligentes, no los lindos.
Ahora cuando paso por su casa de lanús, no se muy bien cual era su puerta, a la que toqué miles de veces en ese año de 1970.

Que quedará de esa, la que fui. El tiempo revolea la hojarasca. Hace frío. Este es el poema, que me dio con un dibujo con puentes e islas. Lo reconstruí como pude. Seguro le faltan partes.

Intente con traerte a mi lado
un beso
La ciudad de oro tiembla
Su rey y único morador se pregunta
Que haré con vos
Te vestiré de recuerdo?
Te daré las llaves del reino?
Un beso
Es una respuesta?
Diez besos?
quizá mil?
Hoy es una noche blanca
Y las noches blancas son como un quizá.


domingo, 10 de junio de 2018

Kintsugi

 Nada permanece indemne para siempre.
Ni los cuerpos ni los objetos
Hablemos hoy de una técnica japonesa que entiende que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia

A mi que me reparen con "el oro de las palabras"
La expresión es de Neruda, la usa cuando habla de la colinización:  “Se llevaron el oro, se llevaron la plata, se llevaron todo. Nos dejaron las palabras”

El tiempo me dejó el oro de las palabras con que me suturo las cicatrices, la leve torsión de mis dedos por la artrosis, las cicatrices: (aquella que podes tactar en el periné, entre la vagina y el ano, que me hicieron para que pudiera parir pibes y no desgarrarme, la otra de una araña que me picó en el pecho, la de las operaciones) , me suturo los engordes y los adelgazamientos, el apelmazamiento de lo que fuera una piel tirante y tersa. Ahi, el cuerpo cuenta su historia. 

Como en kintsugi, la belleza está en quien pone los ojos y ve. La belleza esta en las palabras que usamos para hablar de esto roto.

quien quiera oir, que oiga





algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo

La mañana se desliza entre nescafé y el viaje a la clínica, él manejando con auto mientras el otoño, otro otoño, otro mas, casi rutina y des...