domingo, 15 de diciembre de 2019

Cosas de varones: el cielo entre los durmiente (del Cacho Costantini)

a veces, casi nunca, hubiera debido ser varón.
Sin embargo yo fui una nena cuando las nenas se trepaban a los árboles (yo no, porque siempre fui una inútil, pero había en cambio casas con pilares y sin ninguna reja entonces me sentaba en los pilares de las casas de mis amigas y charlaba sentada en esos pilares) y también cuando se andaba en bicicleta a los 12,o 13 años (cuando eras grande para ser chica, pero no podias andar ni cruzar por la avenida y si bien te interesaban los varones ninguno te había tocado de verdad, mas alla de un juego de la botellita, en algún cumpleaños donde las tías se distraían)
Hubiera debido ser varón porque los varones no se cuentan cosas pero hacen cosas
yo fui nena donde uno de los juegos mas arriesgados (cosa imposible de hacer hoy) era subirse a un edificio de dos pisos en construcción (sin vallados, era fácil poder entrar a una obra) y tirarse al pilon de arena de la vereda y no te hacías nada, de verdad no te hacías nada)
Si hubiera sido varón en vez de enroscarme la pollera para que fuera mas mini en la parada del colectivo hubiera hecho cosas como la de este cuento del Cacho Costantini, hubiera visto el cielo entre los durmientes.

COSTANTINI, Humberto: El cielo entre los durmientes

Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera —¿salís?—, con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio, adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y enseguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese —¿salís?— liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una traspirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo —¿qué hacés?— y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas... Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas locas ganas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un alguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina, amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechitas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Ésta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin porqué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes de teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda. A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca. Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego, vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos lo soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo, vos...
Otra vez el silencio. La sierra sin fin de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizá las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita. Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren éste. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora! —digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro mío, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido. Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca.
—No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto.
—No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho.
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuánto faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
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Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
Un silencio que crece en la tierra. El silbido lejano de la locomotora. Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
—¿Te acordás, Ernesto, cómo cantaba?

viernes, 13 de diciembre de 2019

la literatura argentina comienza con una violación.

La frase del título es una hipotesis muy conocida de David Viñas, que a la sazón fue titular de la cátedra de Literatura Argentina de la facultad de Filosofia y Letras
La violación era la del rubio de El matadero, que no se concreta, porque no le pueden dar, como habían prometido sus perseguidores, los mazorqueros federales para darle "lazo y verga" bien atado. El tipo muere antes, pero la violación era inevitable.
Asi inaugura con un texto que salpica sangre de tripa de vaca, mientras lo lees, con una violencia que sigue viva tanto tiempo despues. 
https://ciudadseva.com/texto/el-matadero/

Otro texto que a mi me cuesta mucho leer, El niño proletario, de Leonidas Lamborghini, es continuidad de El matadero, sigue en la misma tónica violenta donde el otro, como semejante, como figura identitaria, desaparece https://www.facebook.com/notes/el-ortiba/osvaldo-lamborghini-el-ni%C3%B1o-proletario/201083609921974/

El tema de la grieta que ya es casi un lugar común en nuestras charlas cotidianas remite a esa otredad en la que no nos reconocemos: He escuchado que los kirchneristas cagamos en balde, por decir una cosa, somos todos ignorantes y a mi me da ganas de decirle que se limpien el orto con mis titulos universitarios pero no, no soy su semejante, no quiero ser como ellos, los devoradores de hombres.

Un amigo del tw (tiene el arroba de INCIENSOYMIRRA) me dio para publicar (en realidad, como sabe que escribo, me lo dio para leer y yo pedí permiso para publicarlo) un texto que continua con El matadero y El niño proletario.  Asi que para que sepan de que hablo, copio el texto de mi amigo y pongo link para que lean los otros dos textos


AHi el otro es lo que no debe ser, una escoria, algo que puedo violar, algo que puedo reducir a la nada: El otro es nada.


Negro de mierda! Grita una mujer en el subte al descubrir que un punga está tratando de robarle. Hermoso Do de pecho pienso y me preparo. Que comience  la función! Flor de revuelo, el negro como un zorro en el gallinero. La gente gallina, la galligente, sacude sus plumas, mueve sus patas, se manotea los bolsillos como si les hubieran practicado una ablación.  Qué suerte! el negrojueputa no nos extirpó el órgano más importante del capitalismo: la billetera. En cada uno de nosotros siguen latiendo con fuerza para beneplácito del consumo que está por venir. Porvenir. Miro sus caras y me pregunto por qué creen en Dios? Si Éste existiera -y si fuese justo- el negro de mierda no debería haber nacido. Salvemos a las dos vidas pero lo digo de alma y no de piel.Al negro lo bajan en Pueyrredon si por bajar se entiende que un grandote doble ancho lo tenga agarrado de los pelos en medio de una lluvia de trompadas anónimas que le llegan por el lado ciego. Mientras la gente  lo golpea con aplicada pulcritud un muchacho con su trompeta toca temas de Star Wars.Hay tanta belleza en ese espectáculo. Los  puños empiezas a estrellarse en los pómulos de ese bastardo hijo de ladrones peronistas al ritmo acompasado de la canción. Imposible negarse a canturrear  “Yo soy tu paaaadre, yo soy tu paaaadre...”Pero nada de esto ha ocurrido, sólo el trompetista en la estación Pueyrredon ejecutando temas de Star Wars. El resto, ya lo ves, imaginería barata para matar el tiempo del tedioso viaje en subte.

jueves, 12 de diciembre de 2019

autopista y ventana.

Desde la ventana que no abrimos
veríamos una autopista
pero la ventana esta cerrada
tal vez haya un patio interno
y me juego por una cinta elevada
que hizo algun intendente
pensando en la gañota.

Como la ventana no se abre
no hay afuera
Imbeciles los autos avanzan por la autopista
no sabiendo de nosotros

Sin embargo no podemos evitar
que el reloj se apure en su trabajo de escandir las horas
empujando al tiempo
que te va llevar a destino

Y nos vamos yendo hasta las estrellas por lo aspero
murmurando gilada, palabritas, casi sin sentido
que nos anudan, que no nos dejan caernos
rios de palabras que no quieren decir nada
mientras afuera hay siempre una autopista
que no sabe nada de nosotros.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

las cronicas se tienen que escribir al toque. Porque lo intenso se olvida y se tiende a homogeneizar







Entre el dia de ayer por San Martin, viniendo de Corrientes.
y ya por ahi, a una hora en que no pasa nada (ya habia ido desde el Congreso a la Casa Rosada y faltaba mucho para los discursos en la explanada, que los vi en casa, mientras esperaba que los pies se me descansen)
NO podia dejar de acordarme la ridiculez de la asunción macrista donde dijo adentro de un auto "que lastima el clima, hay gente que querria haber venido" mientras el calor te derretia como a un helado de agua.
No llevaba corpiño y fue una lastima: si lo hubiera llevado tal vez me hubiera sacado la blusita sin hombros, que cuando crucé la plaza era un guiñapo de tela de algodón. Porque se me ocurrio que era una buena idea cruzar desde la catedral hasta diagonal sur, pasando por la puerta del cabildo,y no , no fue una buena idea, porque me mojé no solo de mi transpiración sino de la que manaba el pueblo peronista que se me pegaba como mejillón a todas mis partes en un abrazo que incluia obreros, desempleados, planeras, chicos con anteojos cool y pelo peinado para arriba, lesbianas, madres de 6, vendedores de manaos, vendedores de chelas,vendedores de salchipapa, todo todo se me pegaba, y tambien la sonrisa de todos y mientras cantaban los tipitos y el tipo de EL cuelgue (canción que seguia yo y un chico/chica con gliter en las mejillas
"un parque acuatico"
y entonces entre esa multitud de cuerpos sudados,sonrientes, peronistas fui avanzando mientras otros avanzaban en sentido contrario chocandose felices y cordiales y comprensivos y me cortaban el paso unas chicas en silla de ruedas, gritando eh, cuidado aca vienen las rengas y yo sacaba mi celular y le sacaba fotos a nada, a la multitud, al globo del partido intransigente, y cantaban otros y yo seguia con mi sonrisa y me blusita azul pegada buscando a mis compañeras de marcha habituales que vaya a saber donde estarían, donde estarías vos, pero estabamos todos ,no importa que no viera a cristina,no importa que no viera a Alberto, no importa que pensara seriamente en ponerme una infiltración en la rodilla como cuando me fui a Europa y pensaba en tolditos en gente descompuesta, en que mierda tenia en la cabeza esa mina que llevaba un bebe a upa , en que asqueroso el que meaba en una vidriera si podria haber entrado en un bar,asqueroso porqueria , pero mucha birra, muchos años tengo yo para hacer la revolución , estaba feliz estoy feliz estoy intensa porque hemos llegado a tiempo.

martes, 10 de diciembre de 2019

Sirenas ahogadas en vodka: un poema epico para la Patria.







Fui a la plaza hoy, a la hora de la siesta. Vi la alegria de todos, Pensé esté fue nuestro Woodstock Mientras escuchaba el discurso de Alberto y Cristina en la tele, me acordé que escribí un poema durante el macrismo para la patria. Lo fui a buscar y se lo leí a Jorge.

Es este





Sirenas ahogadas en vodka: un poema epico para la Patria.:









Aquí está, como el cielo refulgente ostentando sublime majestad usada como trapo de los platos arrastrando mugre la Patria A veces, un...

domingo, 8 de diciembre de 2019

emociones.

mucha furia
me dijiste de mi aura
y eso fue muy lindo
mucha furia y agarro el machete de palabra
y golpeo una y otra vez
tratando de dejarte knock out
aceitada y resbalosa


golpeo y esculpo algo
como un escultor novato que quiere ganar un concurso
mucha furia y vos no sabes
crees que es un aura
No, es furia de la mala
duplico mi apuesta
subo y subo  y subo

No se que hacer con eso
y me pongo a escribir
digo en voz alta "dios mio"
tratando de sacarmela de encima.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

este es el año de ganar concursos.

me avisaron el viernes que gané otro concurso de escritura.El tercero en el año.
Saque un segundo puesto con el cuento del geriatrico
estoy muy feliz
Ademas mi hijo al enterarse que era en Rosario, (me lo da la Asociación Medica de Rosario) me dijo "vamos todos"
aunque sea solo una expresión de deseos, hay que tener hijos para entender que se siente.
son cosas pequeñas, que me hacen muy feliz

algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo

La mañana se desliza entre nescafé y el viaje a la clínica, él manejando con auto mientras el otoño, otro otoño, otro mas, casi rutina y des...