Yo viví desde los nueve hasta los dieciocho años en un pueblo como el tuyo. No necesitaba sacar un banquito porque en la vereda, había un banco de piedra-que creo que lo había hecho mi padre- y allí me sentaba todas las tardes a tomar mate dulce con cascaritas de naranja y hojitas de cedrón para ver pasar la vida en la forma de hermosos motoqueros que pasaban- gracias a Dios y a todos los santos- muchas veces por mi calle. Un verdadera delicia. Cariños desde UY.,
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