lunes, 12 de febrero de 2018

el carnaval del club

este cuento lo escribí en el 2009. Ya pasó mucho tiempo. Lo puede revisitar y aprovechando que es Carnaval, colgarlo en el Sirenas


En esas épocas Carlitos tenía seis años y para que el asunto  dejara de hacer un ruido complejo en su cabeza, tuvo que pasar mucha agua abajo del puente y en un momento no ser solo olvido.
Hoy, por ej. lo reversiona en su cabeza frente al pozo del cementerio, mientras espera que arrojen el ataud donde está su madre.El club ya estaba decadente, eso decían los grandes. Y debería ser así no más, siempre se llega tarde para la epifanía. Ocupaba unos dos lotes largos en el medio de la manzana, y en el fondo había anexado parte de los terrenos de vecinos de las cuadras laterales. La comisión directiva los había comprado por nada en los cuarenta.
En esa época, su infancia, el club tenía poco construído, la mayor parte era terreno. Entrabas por un pequeño salón donde la única reina era la mesa de billar de madera maciza, (el ataúd, ¿será de madera maciza?) con finísimo paño verde, y en las esquinas aguardaban tizas azules con agujeros en el medio, tizas hembras, solo un poco mas grande que un terrón de azúcar,para ser oradadas por el taco, y en las paredes, alineados, hermosos, ellos, los tacos de billar, con incrustaciones de nácar (me dijeron que las manijas incrustadas eran de verdadero bronce).
Alguno de los presidentes piratas que vinieron después se deben haber alzado con esas glorias, con el motivo de su inutilidad. Gente que no era del barrio.
De allí se pasaba al salón para socios, vitrinas con trofeos y banderines, mesas (también macizas) y sillas donde ya se sentaban por aquella época señores mayores que usaban sombrero, con sus ceniceros de propaganda de Gancia, de lata, y porotos y cartas y cigarros y cigarrillos. Era un sitio de varones. Un cartel enlozado daba aviso de que estaba absolutamente prohibido salivar de acuerdo la ordenanza municipal. Coronando el lugar una gran heladera mostrador llena de gaseosa y cerveza y sobre ésta frascos de vidrios con maníes y cosas que ya no recuerdo, cosas que se llevo el tiempo. El cura habla del Tiempo, pero Carlitos no lo esta escuchando.
Atrás de la heladera, del lado del encargado, un esqueleto de madera que elevaba el piso, y que dejaba claro la jerarquía entre socios habitúes (que podían pasar tras el mostrador) e invitados. Al costado de este buffet (así lo llamaban) un pequeño pasillo y la secretaria del club, donde se reunía la comisión directiva y una puerta que daba a la cancha. Cancha sin techar, cancha de baldosas rojas, al aire libre, y un alambre de gallinero cercándole el perímetro. Exoticamente estaba marcada y tenía arcos de basquet, pero nadie allí jugo nunca al basquet.
Al costado estaba la cancha de bochas, muy larga, con sus elementos de juego, y un pisón, un enorme rodillo con el que aplanar la tierra. Y de tierra somos y a la tierra vamos.
Todo esto limitaba al fondo con un gran escenario construido, que por esas épocas carecía de telón, pero no me queda ninguna duda de que en algún tiempo lo tuvo. Ese escenario con sus dos vestuarios (hombres y mujeres, o quizás damas y caballeros) a los costados, y para abajo, levemente subterráneos, con duchas y baños era inexplicable allá por el tiempo de este relato, para Carlitos que había nacido promediando los cincuenta.
Frente al agujero donde iba a ser tirado el cuerpo de su madre en un cajón lustrado, con manijas de bronce incrustadas Carlitos pensó que ese escenario tenia que ver con berretines de cultura, danzas folklóricas, teatro vocacional, vaya uno a saber. En los carnavales del club servia para que el animador dijera sus glosas, y se atropellaran mascaritas y guarangos. El cura también dice glosas ¿no es verdad?
A Carlitos no le gustaban los carnavales. Los grandes decían que carnavales habían sido los de antes. Le tenía miedo a las mascaritas, a los varones vestidos de mujeres que mariconeaban en la calle cuando se sentaba en el banquito con su abuela a ver pasar la vida, también en carnaval.
No entendía la lógica de esos caretones de cartón horribles. No entendía el frenesí que le entraba al barrio, si eran los mismos de siempre mas sus parientes que no tenían la suerte de tener un club, eran los mismos de siempre pero un poco distintos, olorosos de colonia Marie Stuart, vestidos de domingo. Una fiesta que empezaba con las barras de hielo enormes que los grandes iban a comprar a la fábrica y que se traían envueltas en arpillera de las bolsas de papas.
Primero las barras de hielo, y después ir al club a embolsar papel picado, azul, azul violeta, que mas tarde juntaria con los otros chicos, para volver a tirar.
El club se vestía para la ocasión, banderines de plástico y bombitas de colores cruzando la cancha de básquet, mesas de latón, que el resto del año se guardaban cruzadas sus tijeras en los vestuarios subterráneos. Con los feos caretones monstruosos, la bebida fría, los panchos de piel gruesa y mostaza, que definitivamente iban a ser su cena y su vomito de la noche, en la plenitud de la fiesta, Carlitos tuvo un mal presagio.
En el cielo de la cancha, mas arriba de la telaraña de banderines y bombitas, la luna redonda y amarilla, vigilaba.
Esa tarde se la paso en la peluquería, haciéndole el turno a la madre, que luciría un batido y su mejor pilcha. No importaba que fuera varón, no zafaba de eso. La peluquería era un cuarto grande, en la parte de atrás de la casa de la Gladys.
Ese año Carlitos ya no iba disfrazado. Pero de mas chico había sido alternativamente luchador de cachacascan, corsario, llanero solitario, marinero. Los carnavales no eran lo que antaño y la nueva ola iba dejando obsoleta la costumbre del disfraz. Ahora todos eran modernos: Trini López, Nat King Coll, Quique Guzman los reyes de la noche. Hasta había ensayado con su prima grande, un baile de Violeta Rivas que había hecho en la Escala Musical ¿de que me sirve el latín, no se no se?
El club estaba lleno, por suerte la comisión podía respirar aliviada. No seria como los carnavales de antes, pero se habían vendido todas las rifas y hubo que sacar hasta las mesas del buffet para que se sentaran los que siempre llegaban tarde. Y Carlitos, entre que había llenado bolsas y bolsas de papel picado y el turno en lo de la Gladys, para el batido materno había llegado al cenit de la fiesta darse cuenta.
Se había cruzado temprano, por que en la casa todo era nervio, como siempre. Y cuando pudo zafar el sopapo cotidiano, e ir al club es como si hubiera pasado un umbral.Simplemente lo habían mirado cruzar la calle. Alguna vecina estaría atenta, la vida era publica y todo el mundo conocía tu pedigrí.
Only you…los Plateros y ya estaban sentadas como enanos de jardín de yeso, las viejas que no iban a mover el culo en toda la noche.
Put your head on my shoulder y el piso era un tapiz de chapitas de cerveza, pan de panchos y el consabido papel azul/violeta picado que ella había ayudado a embolsar
…y de compañera, oh oh oh, una mujer y en la pista no cabía un alfiler y los atorrantes de la cuadra lo vinieron a buscar para jugar a la escondida, mientras se armaban nuevas parejas en la pista de baile, los gallegos pedían paso doble, los viejos tango y la juventud de entonces se hacia dueña de los discos a pasar, esos viejos discos de pasta, junto a algunos nuevos 33 revoluciones.
Todo daba vuelta como una calesita y Carlitos se metió en el vestuario de mujeres, debajo del escenario, que olía a humedad. La luz del afuera reverbera en esas paredes donde había un dibujo de un negrito con hueso en la cabeza y una inscripción: Lumumba. El lugar no daba miedo, pero era otra galaxia. Una galaxia donde el carnaval quedaba lejos, o era solo un ruido, o era Rita Pavonne cantando el baile del Ladrillo.
Ahora era el momento en que había que tirar un poco de tierra arriba del cajón y flores y todo el mundo empezaba a abrazarlo.
Carlitos se sintió el rey del subsuelo, nadie lo buscaba y posiblemente entre el lió del afuera esa escondida iba a terminar con alguien diciendo Sangre, una contraseña donde había que barajar y dar de nuevo, saliendo del escondite, por bueno que fuera.
Allí llegaba el ruido de las canciones, los gritos del carnaval, el olor de la parrilla, mezclado con el olor de la humedad del breve subsuelo, pero también atravesando todo, un rumor de enaguas, de ropa un sonido clap clap mucho mas cercano.
Ahora cantaba Neil Sedaca Oh Carol!!! y era hora de irse de allí, no sea cosa que el padre dejara de servir chorizos y preguntara donde estaba y empezara una cacería que terminaría inevitablemente en una paliza. Carlitos empezó a hacer ruido, para espantar a la rata que jadeaba, o chillaba o la rata de podía ser tan grande como esos caretones de cartón pintado. La rata que estaba en la parte mas profunda del vestuario debajo del escenario donde el animador vocacional entonaba una glosa pidiendo un aplauso para la esposa del presidente, y entregándole un ramo de claveles.
Todo eso escuchaba Carlitos, mientras del fondo del vestuario salía a medio vestir su madre, con el batido deshecho y el chico grande de doña Celia abrochándose la bragueta. Carlos, vamos no hay nada mas que hacer aqui le dijo su esposa, llevándolo del cementerio. No había nada que hacer aca, le había dicho su madre aturdida el último carnaval que festejaron en el club, mientras el ruso gritaba Sangre y eso quería decir que había que empezar de cero a jugar otra vez a la escondida.

8 comentarios:

  1. Ya lo había leído, te juro que la descripción de los lugares me transportaron a esos lugares, que conocía y conozco muy bien; sentí que estaba ahí.
    La intriga te engancha, hay una acción que se desarrolla y un desenlace que violenta el otro desenlace dentro de Carlitos.
    Este cuento compite tranquilamente con muchos de Stephen King.
    Quiero mas de estos.

    ResponderEliminar
  2. ohhhhhh como te quiero!!!!!
    le arregle algo al principio y a la mitad me agarró paja y lo dejé como estaba.

    Si, es un cuento medio viejo pero como el blog tiene un par de lectores nuevos, lo soplé un poco y lo volví a colgar.
    A mi madre NO LE GUSTÓ.
    Y eso que no hablaba de ella. Es más, la primera versión Carlitos era una nena, porque me permitia mas jugar con lo que sé. Pero dije "tal vez lo lea mi vieja y se de por aludida,y ademas la estoy matando"
    me parece que tener tantos pruritos afecta mi escritura,jajajajja
    siempre generoso, Alejandro!

    ResponderEliminar
  3. Lo leí del libro que me mandaste, o sea, del original donde Carlitos es nena.

    ResponderEliminar
  4. Ahora cuando publique el de poemas flasheo ofender con los poemas eróticos. Es una lucha

    ResponderEliminar
  5. es confuso.
    confuso y atrapante.
    por lo que es confuso bien.
    me gustó.
    leíste estorvo? de chico buarque?
    tu cuento me trajo algo asi como ese clima...

    ResponderEliminar
  6. vamos a escuchar Estorbo ahora mismo.

    ResponderEliminar
  7. ah, no era una canción!!! encontre un trailer de una pelicula: Creo que vos hablas de un libro: No no lo leí,y no es tan facil como ir al youtube a buscarlo.

    ResponderEliminar
  8. pelicula de Rui Guerra. Pero vos hablabas del libro...

    ResponderEliminar

las palabras son redes que nos ayudan a sostenernos.
no te podes imaginar lo importante que es para mi tu comentario.

algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo

La mañana se desliza entre nescafé y el viaje a la clínica, él manejando con auto mientras el otoño, otro otoño, otro mas, casi rutina y des...