domingo, 27 de marzo de 2016

para que le servimos las mujeres a los hombres que miran futbol

Mi hija, que a su vez es madre, mirá futbol. No solo mira si no que entiende.
Cuando su hermano jugaba futbol en el club del barrio y su padre era de la comisión , ella estaba ahi, cobrando entradas, vendiendo pastafrolas y viendo los partidos, que despues eran comentados puntillosamente.
Yo por mi parte no tenia ningun interés en compartir mate y charlas con las madres de otros niños, fundamentalmente por no compartir el afán, el loco afan triunfalista de todos los que conformaban ese universo: ganar no era lo mas importante, era lo único.
Gente supuestamente racional hacía jugar a sus niños con fiebre, incluso con sacandole un yeso del brazo porque el brazo posiblemente estaba soldado. Recuerdo con rencor el dia de la comunión de mi hija, donde los varones de la casa primero asistieron al partido y luego vinieron a la fiesta.

No miro futbol, pero acompaño. Mientras él mira futbol (la copa, y otras cosas que no son la copa) yo acompaño. A veces, en la computadora, tuiteo y le cuento las cosas graciosas sobre el partido que se dicen. A veces pregunto.
Nunca, hasta leer este Casciari, me di cuenta de para que sirven las mujeres como yo
mi familia en una foto del tiempo del que hablo en una fiesta del club

En Europa no se
consigue
La primera cosa horrible que ocurrió
en mi matrimonio tuvo lugar la
madrugada del 6 de junio del año 2002.
Acostumbrado a mis orígenes, di por
sentado que Cristina, como cualquier
mujer adoradora de su marido, se iba
despertar a las cinco de la mañana para
ver conmigo el Mundial del Japón. Para
cebar mate en silencio y disfrutar de las
tribunas multicolores, para preguntar
esas cosas que preguntan las mujeres
durante los mundiales, esas ridiculeces
simpáticas que respondemos con
desgano disfrazado de dulzura. Pero no.
Cristina, al igual que el resto de las
mujeres españolas, siguió durmiendo
durante ésa y todas las madrugadas de
junio. Un sueño, el suyo, que me llenó
de tristeza, porque el único motivo por
el que un argentino acepta vivir en
pareja es, sin duda, que la mujer lo
mime en medio de un partido
complicado.
No sé cómo funcionará el amor en
otras familias, pero en mi hogar
mercedino el amor de madre, o el amor
de esposa, alcanzaba su máxima
expresión cuando Chichita entraba al
comedor a los cinco minutos del primer
tiempo con la bandeja del mate y los
bizcochitos de grasa. O cuando,
promediando un partido trabado,
asomaba la cabeza por la puerta y
preguntaba:
—¿Siguen uno a uno?
A mi madre, como es lógico, le
importaba una mierda el resultado de la
semifinal de la Copa Libertadores. Pero
en esa pregunta ("¿siguen uno a uno?")
había otra inquietud escondida, una duda
que sí era fundamental para ella. La
pregunta tácita era esta otra:
—¿Cómo está mi familia? ¿Son
ustedes felices con este empate
transitorio, o debo preocuparme y
amasar una pastafrola?
La mujer argentina, desde que es
hermana menor, es decir desde la cuna
misma, ve llorar a su padre, a sus tíos y
a su abuelo. Esto no suele pasarle a las
demás mujeres del mundo. Ver llorar a
un hombre no es tan fácil en otros
países. Y esto, el llanto masculino,
marcará para siempre a la mujer
nacional.
Sabe esta mujercita, desde la niñez
de sus trenzas, que el hombre sufre. Que
no es tan macho. Que el hombre se
angustia y llora y patalea, que hace
puchero frente a un corner a la olla en
área propia cuando faltan dos minutos, o
que se persigna con repentina devoción
católica ante un avance peligroso; y
conoce de sobra, la mujer argentina, que
el hombre se quedará mudo días enteros
si echan a la Selección de un Mundial en
semifinales, o que será capaz de abrazar
y besar a todas las mujeres de la casa si
su equipo logra el triple punto G —
gustar, ganar, golear— y que habrá
felicidad y alegría en la pobreza del
hogar si el domingo por la tarde la radio
trae buenas noticias desde la cancha de
Talleres.
La mujer argentina (y la brasileña, y
la uruguaya; no la chilena, no la
española) nace sabedora de esta pasión
que envuelve al hombre de la casa. No
sólo eso: la mujer argentina guarda en su
memoria para siempre el recuerdo feliz
de cuando su padre la llevaba, sobre los
hombros, a la cancha, y le explicaba los
secretos maravillosos del balompié
desde una tribuna atiborrada de otros
hombres con otras hijas en brazos.
Y esta mujercita luego crece, a
veces de Boca, a veces de River, sin
que le guste el fútbol, pero con un amor
inmenso de domingo por la tarde, de
sobremesa interrumpida por Zabatarelli,
de regreso eufórico o trágico. La
mujercita nacional crece con la visión
de ver a los hombres de la casa entrar
por el zaguán trayendo banderas en alto
o banderas arrastradas por el suelo.
Y cuando por fin se convierte en
novia o esposa, por pura fotosíntesis,
conoce los horarios de los partidos
mejor que nadie, intuye el significado
metafísico del orsai, reconoce la
diferencia entre un lateral derecho y un
arquero, disfruta de los Mundiales, sale
a tocar bocina si se gana por penales un
cuarto de final complicado, memoriza
cantitos y los tararea con rubor en las
mejillas, o entra a los comedores con la
bandeja del mate para preguntar si la
cosa sigue uno a uno, con el corazón en
un puño, con el miedo genético de no
querer ver sufrir a su manada.
La mujer argentina de edad madura,
además, sabe que si gana Boca por la
tarde, es posible que a la noche haya
festejo en la cama matrimonial. Y
también sabe que si Boca pierde, nadie
la tocará ni con un palo: ni su marido en
particular, ni la mitad más uno de la
población en general. Por eso ella
también es de Boca. Por eso ella
también es capaz de gritar esos goles
absurdos que hace Palermo con la
rodilla.
Una domingo negro, negrísimo, de
1991, Boca le metió a Racing un seis a
uno humillante (con un gol de Palermo
con la rodilla, justamente) que nos
dejaba sin opciones para el campeonato.
Roberto apagó la radio a cinco del final
y se encerró a dormir la siesta. Yo me
quedé en la cocina, sin razones para
vivir, y metí la cabeza entre los brazos.
El martes al mediodía mi papá seguía
durmiendo la siesta y yo todavía estaba
con la cabeza metida dentro de los
brazos. Mi mamá y mi hermana nos
llevaban algo de comida, que nos daban
en la boca con una cucharita. Y cada
nueve horas nos arrastraban al baño
para aliviar esfínteres. Si no hubiera
sido por ellas, mi padre y yo habríamos
muerto de hambre o inundados en
nuestra propia mierda. Si eso no es el
amor, amigos míos, ¿qué es el amor?
Durante el Mundial del Japón,
cuando Argentina quedó eliminada en
primera ronda, aquí en España eran las
seis de la mañana y yo estaba solo en
este sofá, con los dientes apretados y sin
nadie que me cebara un mate, o que me
dijera "no es nada, corazón, en cuatro
años llega Alemania 2006 y la
rompemos". Nada. La luz de la cocina
estaba apagada; en la cama grande
dormía una mujer ajena al pitido final y
a mi angustia. Pero no solo Cristina
dormía: dormía toda España.
Abrí la ventana de la calle y no
había una puta luz en los edificios.
Nadie lloraba por la calle. Los taxistas
hacían su ronda feliz… Entonces pensé
en Buenos Aires. Allí era todavía mayor
la madrugada; en ese Buenos Aires
nocturno, millones de mujeres
empezaban a consolar a sus hombres.
Madres, novias, esposas, hijas, nietas,
amigas, incluso abuelas, todas en
camisón y con los ojos llenos de sueño y
de espanto, empezaban a cocinar
pastafrolas y a balbucear frases de
aliento al oído de sus hombres tristes.
Si no fuera porque vivo en planta
baja, esa madrugada hubiera saltado por
el balcón. ¿Para qué vivir, si Argentina
ya no estaba en el Mundial, si yo ya no
estaba gusto en este mundo, si ya nada
ocupaba su lugar en el universo? Pero,
como se sabe, antes que argentino soy
cobarde, y no me suicidé un carajo.
Hice algo mejor, creo. Tuve una
hija. Una hija argentina chiquitita que ya
reconoce los colores de Boca por la tele
y pone cara de asco, que ya sabe que los
viernes puede quedarse despierta hasta
las tres de la mañana porque pasan a
Racing por cable, y que ya vio jugar a la
Selección desde la tribuna del Camp
Nou. Una hija que en julio de 2006,
cuando Argentina la rompa en Stuttgart,
cuando mi vida se cubra otra vez de
espíritu mundialista, cuando mi corazón
estalle de felicidad o de tristeza, estará
aquí a mi lado, en este sofá, temerosa de
mi sufrimiento, inmensa, convertida en
todas las mujeres que he perdido.

2 comentarios:

  1. los realtos de futbol son hermosos, los partidos para las mujeres ya se, un embole eterno.... pero bueno, mi hijita (y la anterior) ya reconocen, son y se pelean por Huracán y Boca... es así, somos así de boludos y de queribles.... somos argentinos....

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las palabras son redes que nos ayudan a sostenernos.
no te podes imaginar lo importante que es para mi tu comentario.

algo viejo que merece volver a leerse.

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