Perplejidad ante las vacaciones: un argumento borgeano.
Entre sus poemas, que intentaban -confesión de parte- remedar lo feo de Unamuno, ser Macedonio Fernandez o encontrar lo que Lugones ya había encontrado, hay uno que se refiere a la noche de fin de año . Argumenta allí algo literario y a la vez, verdadero.
Su lógica sin fisura la puedo transportar al hecho de la perplejidad frente a las vacaciones
No es que celebremos las vacaciones en tanto lapso en el cual la rutina se suspende y se nos acumula un año mas de antigüedad en el legajo. No se trata de que conoceremos nuevos paisajes o advertiremos los cambios en ese lugar que frecuentamos cada tanto. Ni siquiera que alteremos la rutina haciendo exagerados aspavientos tales como tirarnos en tirolesa o subir el Cerro del Toro con unas zapatillas que jamas volveremos a usar.
El argumento del descanso es obviamente falaz -quien puede creer tamaña estupidez. La causa verdadera de la perplejidad ante las vacaciones es que a despecho del rio del tiempo, perdura algo en nosotros permanente e inmovil, no importa donde, no importa cuanto tiempo nos empeñemos en viajar exoticamente por Santa Teresita, Ponta das Canas, la Polinesia, o la casita de la abuela en la laguna de Lobos.
FINAL DE AÑO
Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.
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