a los lectores de este blog

mandenme en un post cualquiera,en comentarios, los links a los blogs que escriben. Quiero leerlos, como uds. a mi y he perdido el rumbo. Prometo pasar por todos. Estoy tejiendo blogues.


un poema de Mariana Kruk

# (de "fuego o nada")

#

cualquier vicio
conjuga por igual
placer y riesgo.
tu boca se prestaba
y yo,
ludópata del amor,
no me iba a tirar a menos.

jueves, 31 de julio de 2014

puberes, carajo!

Hoy estaba leyendo el blog de Eterna Cadencia y aparecio un texto de Sergio Olguin, que escribiò una novela donde busque (me busque) cosas de Lanùs, porque la novela se llama, justamente Lanus.
Este texto (y acá un fragmento) prologa un libro de Fabian Casas.

Lo copiamos para el sirenas, la parte que me convoca.

Años setenta. Populosa barriada de Lanús. Entre los pibes del barrio había una palabra que despertaba nuestras más oscuras e imaginativas fantasías con solo nombrarla: “Siroco”. Al atardecer, mientras esperábamos que llegara la noche cargada de ovnis, alguien contaba que a tal vecina se la había visto salir de Siroco, o que Menganito había terminado en Siroco con la rubia que nos gustaba a todos. Decirle a la compañera del banco adelante “te voy a llevar a Siroco” era la mayor obscenidad que se nos ocurría. Teníamos 10, 11, 12 años y el nombre del albergue transitorio de Lanús (que era el único que conocíamos) era también un canto de sirenas, un territorio en el que ansiábamos incursionar apenas pudiéramos. No soñábamos con ir a Disney; queríamos conocer Siroco.
Ni yo ni mis amigos vivíamos cerca de ese hotel, que quedaba en una calle poco transitada frente a las vías, antes de llegar a la estación de trenes. Nuestro universo se movía más por el lado de Valentín Alsina. Pero cuando a los 12 años empezamos a animarnos a ir más lejos con nuestras bicicletas, mi amigo Gustavo y yo decidimos que era hora de ir a conocer el telo de nuestros desvelos. Y fuimos. Nos detuvimos a unos diez metros. Era un pequeño edificio que no tenía ninguna particularidad. Imaginábamos una fachada más espectacular, con odaliscas bailando en la entrada y negros agitando hojas de palmeras gigantes. Nos quedamos una media hora ahí, quietos, esperando ver al menos a alguna pareja que entrara o saliera del lugar. Ponerles cuerpos y rostros a los afortunados que iban a ese lugar. Pero no vimos a nadie. Por lo visto, las tres de la tarde de un día de verano no era el ideal para concurrir a Siroco. Con mi amigo decidimos ir hasta la estación y tirarnos con las bicis por los pasos bajo nivel en busca de verdaderas emociones fuertes

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algo viejo que merece volver a leerse.

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