SIRENAS AHOGADAS EN VODKA
EL BLOG DE NILDA

tomando café.

tomando café.

Marguerite Duras.

El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, siempre."

*Marguerite Duras, entrevista en Le Nouvel Observateur, 14 de noviembre de 1986.-

miércoles, 22 de febrero de 2017

zep Pasiones del 73.-

Me dio risa releer este post. Alguien lo miró y me figuraba en las estadísticas. Es del 2010 ¿con que o quien me estaría peleando sin nombrarlo?


Sirenas bebiendo vodka, recostadas en la baranda mirandoe el futuro: zep Pasiones del 73.-: La logica de cada generacion que sobreviene a otra es creer que se ha descubierto la polvora. Asi se hace la historia, por un lado se constr...

martes, 21 de febrero de 2017

Con él aprendimos a contar en serio.

Leí esta semblanza de Juan Forn sobre Horacio Quiroga, y volví a mi teoría de que los que van a suicidarse escriben bien. Son muchos, son legión. Vengo de una estirpe de sucidas (mis dos padrinos, de diferente familia, mi abuela materna) y no lo seré.
De Quiroga siempre el repeluz de El Almohadón de Plumas, la pierna hinchada por el veneno de la vívora en A la deriva, el terror de los nenes idiotas de La gallina degollada. Lei a Quiroga de chica, nunca olvide ese terror en idioma argentino.
Pero el mejor relato de Quiroga no es un relato, es su vida.
Por otro lado, y tal como escribe Juan Forn, con él, aprendimos a contar en serio

Imagen relacionada
 Por Juan Forn (pagina 12/contratapa - hoy

Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera). Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó. “Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.
Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación. Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa. Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte. Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó. “Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. “No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.
Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva. Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”. Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración. Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exupéry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó. Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas. Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”. No podía ser de otra manera. Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”. Arlt fue el siguiente.
Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas. A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio. Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa. “¿Por qué escriben como españoles si son argentinos?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires. “No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz. A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre. Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.
Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización. Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. “Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva. Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón? ¡No le robe trabajo a los peones!”.
Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera. En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura argentina desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.

domingo, 19 de febrero de 2017

noticia de último momento.

¿a quien si no a ustedes, voy a contar que me van a publicar un cuento?
En una revista virtual, de esas cool, bastante leída, cultural y postmoderna; POLVO.
logo
Es aquel viejo cuento que -según les había narrado- me habían rechazado en un suplemento erótico de un diario de tirada nacional por ser políticamente incorrecto.
Vamos, que no soy el marques de Sade, como pornógrafa un cuento no hace una serie,,,pero el "ni una menismo" (con ideales a los que adhiero, fui a la marcha, el día de lluvia aquel de octubre pasado) hace que cualquier relato tenga que  ser medido con el femininómetro, no por una adhesión legítima a las reivindicaciones de género, sino por una impostación pour la gallerie, para no espantar a las bienpensantes.
¿Que es un cuento falocéntrico ? Pues sí.
¿que reivindica el acoso como forma de seducción? ¡Oh, los personajes hacen cosas raras, con las que no estoy de acuerdo.¡ Si hasta he tenido personajes asesinos!. Bien me hubiera gustado escribir a ese asesino que Mariana Enriquez se inventó en Pablito clavó un clavito.!
Una cosa son las practicas sociales y otra cosa es la ficción ¿estamos de acuerdo,Don Perogrullo?
Yo adhiero a algunas reivindicaciones de género,pero no soy la protagonista de mi cuento erótico, como no soy la Sigounery Webber de mi cuento apocalíptico, ni la mina que ve adentrarse en el río a una niñita, sabiendo que se ahoga sin hacer nada para impedirlo.
 Mis personajes no tienen ni mi ideología ni mis prejuicios, ni mi ética. No los juzgo, son así.

 Pero, sabemos que  Mme. Bovary soy yo, como dijo Flaubert cuando le preguntaron quien era la señora de su novela.


 No vivas dando tantas explicaciones; tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los estúpidos no las entienden.:

La cuestión es que mi cuento va a estar en las próximas semanas en POLVO y estoy contenta como un chico con chiche nuevo.Ya les linkearé cuando así sea.

post san valentin

Le han dado una gran importancia a San Valentin, será que todos queremos ser cortejados.

Leyendo post de la semana pasada me preguntaba que necesitaba yo (o que necesitaria de ser una mujer que necesitara o necesitase ser cortejada y tuviera edad y estado civil  para ello)  y asocié  con esta canción de la que extraje unos fragmentos para el blog. Es de  Zambayoni (psicologo y conurbano como esta servidora) que me permito no linkear, y que habla de todo lo que no necesitamos en San Valentin. Es un recorte fragmentario y caprichoso, solo ecotomizado para demostrar mi punto.

Hoy no me puse los zapatos italianos
Ni guarde un champagne helado en el congelador
No reserve un par de entradas al teatro
Ni me hice el cool barato con manjares del Japón

Hoy no cargué con Jazz Fussion las compacteras
Ni leí nada de Kundera para comentar con vos
Hoy no saque una de Tim Burton ni estudié la toco y canto
Ni alcance a ducharme con el apuro

Hoy no te traje ni una flor ni un chocolate
Ni promesas en un yate ni te hice una canción
Hoy no me puse mi perfume de parranda
Ni compre forros que hablen ni alquilé un consolador

Hoy no me acuerdo ni una historia del pasado
Para contarte animado como cualquier anfitrión
Y no me queda ni un pulgar de marihuana
Para que te rías de nada y te sientas mal mejor

Hoy no escondí la camarita en los adornos
Ni me puse el bóxer porno que compre en Constitución
Hoy no cambie las lamparitas y quedó medio sin guita
mi montaje sexy de iluminación.

Entonces ¿que necesitamos? afecto, macho,necesitamos afecto. 

¿por qué siempre termino escuchando a Miguel gritar ?

seré quejosa pero ser ver las cosas buenas de la vida.
No llego a hedonista, pero si a disfrutadora

¿entonces, por que siempre termino escuchando a Miguel gritar?

sábado, 18 de febrero de 2017

en el dia del cumpleaños de Osvaldo Bayer

"Lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades". Rodolfo Walsh.