a los lectores de este blog

mandenme en un post cualquiera,en comentarios, los links a los blogs que escriben. Quiero leerlos, como uds. a mi y he perdido el rumbo. Prometo pasar por todos. Estoy tejiendo blogues.


un poema de Mariana Kruk

# (de "fuego o nada")

#

cualquier vicio
conjuga por igual
placer y riesgo.
tu boca se prestaba
y yo,
ludópata del amor,
no me iba a tirar a menos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Circe



Hoy es el día de la Traducción. Y Julio Cortazar laburaba de traductor, esa era su medio de vida, no era un tipo de guita, sabemos que cuando estaba en Francia hasta escribia apretado en el papel via aerea, para pagar menos de franqueo: Cuelgo Circe en homenaje al Cortazar laburante, al tipo que daba -como yo- clases en secundaria, que trabajaba de traducir hasta las cartas de amor que recibían de los marineros las prostitutas del Bajo
Bestiario, el libro que contiene este cuento, se publicó en el 51, antes de que se fuera a vivir a París, descontento con el peronismo. El mismo Cortázar cuenta sobre la génesis de este cuento:



Circe", lo escribí en un momento en que estaba excedido por los estudios que estaba haciendo para recibirme de traductor público en seis meses, cuando todo el mundo se recibe en tres años. Y lo hice. Pero a costa, evidentemente, de un desequilibrio psíquico que se traducía en neurosis muy extrañas, como la que dio origen al cuento. Yo vivía con mi madre en esa época. Mi madre cocinaba, siempre me encantó la cocina de mi madre, que merecía toda mi confianza. Y de golpe, empecé a notar que al comer, antes de llevarme un bocado a la boca, lo miraba cuidadosamente porque temía que se hubiera caído una mosca. Eso me molestaba profundamente porque se repetía de manera malsana. Pero ¿cómo salir de eso? Claro, cada vez que iba a comer a un restaurante era peor. Y de golpe, un día, me acuerdo muy bien, era de noche, había vuelto del trabajo, me cayó encima la noción de una cosa que sucedía en Buenos Aires, en el barrio de Medrano: una mujer muy linda, muy joven, pero de la que todo el mundo desconfiaba porque la creían una especie de bruja porque dos de sus novios se habían suicidado. Entonces empecé a escribir un cuento sin saber el final, como de costumbre. Avancé en el cuento y lo terminé. Lo terminé y pasaron cuatro o cinco días y de pronto me descubro a mí mismo comiéndome un puchero en mi casa y cortando una tortilla y comiendo todo como siempre, sin la menor desconfianza. Creo que es uno de los cuentos más horribles que he escrito. Pero ese cuento fue un exorcismo que me curó de encontrar una cucaracha en mi comida. 

Circe, la bruja de la Odisea,que ofrece un banquete a Odiseo y sus navegantes pero que transforma los hombres en chanchos, es Delia Mañara (delia araña, delia maraña)


CIRCE. JULIO CORTAZAR. 




Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica de la farmacia -“no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!”- y hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los comentarios. A la de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse -a veces con caramelos o un libro- a la muchacha que había matado a sus dos novios.
Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: “La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo”, y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.
Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro cuadras y eso hace mucho en Almagro, de manera que otros vecinos empezaron a tratar a Delia, las familias de Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió viéndola dos veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir a veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas -todavía estaba de negro- los veintidós.
Los Mañara encontraban injustificado el luto por un novio, hasta Mario hubiera preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso presenciar la sonrisa velada de Delia cuando se ponía el sombrero ante el espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por Mario y los Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir los domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde Héctor la había festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible desprecio las persianas. Un gato seguía a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. La madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo -Mario vio dos en una sola tarde, en San Isidro-, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se tiró en Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó los primeros chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie desde que medio mundo se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los vecinos vieron demasiadas coincidencias, en Mario renacía la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón en el gesto de su padre. Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo cayó de una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto, el golpe brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado adentro, raro que no se despidieran en la misma puerta, pero de todos modos estaba cerca de él y fue la primera en gritar. En cambio Héctor murió solo, en una noche de helada blanca, a las cinco horas de haber salido de casa de Delia como todos los sábados.
Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia. Aunque ella estaba todavía con el luto por Héctor (nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el capricho), aceptaba la compañía de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese entonces Mario se había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre una “visita”, y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando la tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación Medrano, miraba a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de Delia. Medía ese blanco sobre negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría cuando volviera al gris, a los claros sombreros para el domingo de mañana.
Ahora que los chismes no eran un artificio absoluto, lo miserable para Mario estaba en que anexaban episodios indiferentes para darles un sentido. Mucha gente muere en Buenos Aires de ataques cardíacos o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y mueren en las casas, en los patios. Muchos perros rehúyen o aceptan las caricias. Las pocas líneas que Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído en el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe), el rostro de Delia los primeros días… La gente pone tanta inteligencia en esas cosas, y cómo de tantos nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz -Mario vería a veces el tapiz, con asco, con terror, cuando el insomnio entraba en su piecita para ganarle la noche.
“Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas, pero perdóname, mamá.” Un papelito arrancado al borde de Crítica, apretado con una piedra al lado del saco que quedó como un mojón para el primer marinero de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan feliz, claro que lo habían visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando el aire como si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo no, le falló el corazón de golpe, Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con plata y un Chevrolet doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en ese tiempo final. En los zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la casa de altos sostuvo días y días que el llanto de Rolo había sido como un alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y lo van cortando en pedazos. Y casi enseguida el golpe atroz de la cabeza contra el escalón, la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil.
Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de episodios, se descubría urdiendo explicaciones paralelas al ataque de los vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba vagamente algo de ella. A veces pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba. Hasta los Mañara eran raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como si estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e incondicional. Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron a Delia con una sombra fina y constante, casi transparente los martes o los jueves, más palpable y solícita de sábado a lunes. Delia recobraba ahora una menuda vivacidad episódica, un día tocó el piano, otra vez jugó al ludo; era más dulce con Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y le explicaba proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los bombones, a Mario le extrañaba, pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de aburrirlo. Los Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron servirle una copita, pero Delia dijo con brusquedad que eran licores para mujeres y que había volcado casi todas las botellas. “A Héctor…”, empezó plañidera su madre, y no dijo más por no apenar a Mario. Después se dieron cuenta de que a Mario no lo molestaba la evocación de los novios. No volvieron a hablar de licores hasta que Delia recobró la animación y quiso probar recetas nuevas. Mario se acordaba de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que hizo fue comprarle bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del aparatito con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía bombones a Delia.
-Hiciste mal en comprar eso, pero andá, lleváselos, está en la sala. -Y lo miraron salir y se miraron hasta que Mañara se sacó los teléfonos como si se quitara una corona de laurel, y la señora suspiró desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados, perdidos. Con un gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.
Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso de los bombones, pero cuando estaba comiendo el segundo, de menta con una crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía hacer bombones. Parecía excusarse por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a describir con agilidad la manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate o moka. Su mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba; Mario veía sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le parecía un cirujano pausando un delicado tiempo quirúrgico. El bombón como una menuda laucha entre los dedos de Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro malestar, una dulzura de abominable repugnancia. “Tire ese bombón”, hubiera querido decirle. “Tírelo lejos, no vaya a llevárselo a la boca, porque está vivo, es un ratón vivo.” Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a Delia repetir la receta del licor de té, del licor de rosa… Hundió los dedos en la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se sonreía como burlándose. Él se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz. “El tercer novio”, pensó raramente. “Decirle así: su tercer novio, pero vivo.”
Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos; parece que él iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo ceñía a sus gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y embudos que ella recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba un poco de amor, por lo menos algún olvido de los muertos.
Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos, y Madre Celeste se lo agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y el café muy caliente. Por fin habían cesado los chismes, al menos no se hablaba de Delia en su presencia. Quién sabe si los bofetones al más chico de los Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste entraban en eso; Mario llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta la consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su amiga en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a cuatro cuadras una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el puente necesario y eficaz. Hasta tuvo esperanza de que el futuro acercara las casas, las gentes, sordo al paso incomprensible que sentía -a veces, a solas- como íntimamente ajeno y oscuro.
Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba un poco esa ausencia de parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él. En diciembre, con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de naranja concentrado, lo bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron probarlo, seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como transfigurada mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de luz naranja, de olor quemante. “Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso”, dijo una o dos veces. Delia, que hablaba poco cuando estaba contenta, observó: “Lo hice para vos”. Los Mañara la miraban como queriendo leerle la receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.
A Rolo le habían gustado los licores de Delia, Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: “Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón.” Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba -algo apenas amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente-, Delia tenía los ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente -también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.
Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose.
No supo si le había devuelto el beso, tal vez se quedó quieto y pasivo, catador de Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el piano, como casi nunca ahora, y le pidió que volviera al otro día. Nunca habían hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los Mañara sospecharon algo, porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un aviador perdido en el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad del Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario le pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las manos, en el vano de la puerta, y después volvió como avergonzada, mirando de reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se sonreía.
Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió Mario esa noche la fragilidad de la paz de Delia, el peso persistente de la doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el desborde, el trizado que desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la manipulación de esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía de las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se prometió una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques alejados del recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando este amor tranquilo hasta que ella no viese más una tercera muerte andando a su lado, otro novio, el que sigue para morir.
Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él empezara a traerle los extractos a Delia; en cambio se enfurruñaron y se replegaron hoscos, sin comentarios, aunque terminaban transando y yéndose, sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre en la sala y casi de noche, y había que cerrar los ojos y definir -con cuántas vacilaciones a veces por la sutilidad de la materia- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño milagro en el plato de alpaca.
A cambio de esas atenciones, Mario obtenía de Delia una promesa de ir juntos al cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía gratitud y complicidad cada vez que venía a buscarla el sábado de tarde o la mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse solos en la casa para oír radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia de Delia a irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se divertía de veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes que a la vuelta miraba con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro le hacía bien, Mario le vio una tez más clara y un andar decidido. Lástima esa vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento interminable con la balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de dejar los licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos. A los Mañara nunca; Mario sospechaba sin razones que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos; preferían los caramelos comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos pero como invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban los bombones para examinar el relleno. A Mario lo divertía el sordo descontento de Delia junto al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las novedades, a último momento venía de la cocina con el platito de alpaca; una vez se hizo tarde tocando el piano y Delia dejó que la acompañara hasta la cocina para buscar unos bombones nuevos. Cuando encendió la luz, Mario vio el gato dormido en su rincón y las cucarachas que huían por las baldosas. Se acordó de la cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo en los zócalos. Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente salado (en lo más lejano del sabor), como si al final del gusto se escondiera una lágrima; era idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo en el zaguán.
-El pez de color está tan triste -dijo Delia, mostrándole el bocal con piedritas y falsas vegetaciones. Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un acompasado movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla viva. Mario pensó en el ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los dientes al mascarlo.
-Hay que renovarle más seguido el agua -propuso.
-Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a morir.
A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor, a la Delia atormentada del luto y los primeros tiempos. Todavía tan cerca de aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de Héctor apareciendo de golpe entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor seca -del velorio de Rolo- sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero.
Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso. Delia parecía querer habituarse y pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
-Entonces sos mi novio -dijo-. Qué distinto me parecés, qué cambiado.
Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un lado la plancha y en todo el día no se movió de su cuarto, adonde entraban de a uno los hermanos para salir con caras largas y vasitos de Hesperidina. Mario se fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los Mañara lo esperaban en la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una botella de oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano. Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del que lo sabe todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá Mañara y al abrazar fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que confiaran en él, nuevo soporte del hogar, pero no le venían las palabras. Se notaba que también los Mañara hubieran querido decirle algo y no se animaban. Agitando los periódicos volvieron a su cuarto y Mario se quedó con Delia y el piano, con Delia y la llamada de amor indio.
Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo, estuvo a un paso de citar a papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los anónimos. Después lo creyó inútilmente cruel porque nada podía hacerse contra esos miserables que lo hostigaban. El peor vino un sábado a mediodía en un sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en Última Hora y los párrafos subrayados con tinta azul. “Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo al suicidio, según declaraciones de los familiares”. Pensó raramente que los familiares de Héctor no habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez en los primeros días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia. Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo un recuento de sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí mismo de los hilos de baba, del rezumar intolerable de esos rumores. A los cinco días (no había hablado con Delia ni con los Mañara), vino el segundo. En la cartulina celeste había primero una estrellita (no se sabía por qué) y después: “Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la cancel”. Del sobre salió un perfume vago a jabón de almendra. Mario pensó si la de la casa de altos usaría jabón de almendra, hasta tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y de su hermana. También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en diciembre, con el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la manzana. Con el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos, pero traía pocas muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas, protegidos en moldecitos, con un fino césped de papel verde claro por encima. Mario la notó inquieta, como alerta. A veces miraba hacia atrás en las esquinas, y la noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al buzón de Medrano y Rivadavia, Mario comprendió que también a ella la estaban torturando desde lejos; que compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.
Se encontró con papá Mañara en el Munich de Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una vigilante modorra, como si desconfiara de la cita. Mario le dijo riendo que no iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la nerviosidad de Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.
-Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas infamias. Pero necesito que ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así puede hacerle daño. Es tan delicada, tan sensible.
-Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es cierto?
-Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo y se los calla, y eso se va juntando…
-Vos no la conocés a Delia. Los anónimos se los pasa… quiero decir que no le hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.
-Pero mire que está como sobresaltada, que algo la trabaja -atinó a decir indefenso Mario.
-No es por eso, sabés. -Bebía su cerveza como para que le tapara la voz. -Antes fue igual, yo la conozco bien.
-¿Antes de qué?
-Antes de que se le murieran, zonzo. Pagá que estoy apurado.
Quiso protestar, pero papá Mañara estaba ya andando hacia la puerta. Le hizo un gesto vago de despedida y se fue para el Once con la cabeza gacha. Mario no se animó a seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como al principio, frente a Madre Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.
Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta, casi parlanchina y sonsacadora. Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro en el Munich. Mario esperó que tocara el tema para ayudarla a salir de ese silencio, pero ella prefería Rose Marie y un poco de Schumann, los tangos de Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara llegaron con galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía que el gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de castor. Los Mañara le daban la razón sin opinar, pero no parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario amigo, de unas hojas amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo eligiera los pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría; tal vez el aceite le prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diariero en la esquina y los Mañara corrieron juntos a comprar Última Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario a apagar las luces de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando de amarillo viejo la carpeta de bordados futuristas. En torno del piano había una luz velada.
Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba en su ajuar, si marzo era mejor que mayo para el casamiento. Esperaba un instante de valor para mencionar los anónimos, un resto de miedo a equivocarse lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde oscuro, su ropa celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla, la sintió contraerse poco a poco.
-Mamá va a volver a despedirse. Esperá que se vayan a la cama…
Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario, su diálogo continuo. No tenían sueño esa noche, las once y media y seguían charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose tocaba largos valses criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adornos un poco cursis, pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara vinieron a decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que él era de la familia tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara. Cuando se fueron, como a disgusto, pero rendidos de sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del zaguán y la ventana de la sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina, aunque Delia quería servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo y Héctor. Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de alpaca que Delia guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido pedirle a Mario que probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo la cansaban los reproches de los Mañara, siempre encontraban que era abusar de la bondad de Mario pedirle que probara los nuevos bombones -claro que si no tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los Mañara eran incapaces de apreciar un sabor distinto. Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano (no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a su lado esperando el veredicto, anhelosa la respiración, como si todo dependiera de eso, sin hablar pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos -o era la sombra de la sala-, oscilando apenas el cuerpo al jadear, porque ahora era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón a la boca, iba a morder, bajaba la mano y Delia gemía como si en medio de un placer infinito se sintiera de pronto frustrada. Con la mano libre apretó apenas los flancos del bombón, pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta y el mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado.
Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó los ojos y empezó a sollozar, jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más agudo el llanto, como la noche de Rolo; entonces los dedos de Mario se cerraron en su garganta como para protegerla de ese horror que le subía del pecho, un borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por retorcimientos, pero él quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se callara; la de la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia, de modo que había que callarla a toda costa. A su espalda, desde la cocina donde había encontrado al gato con las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose para morir dentro de la casa, oía la respiración de los Mañara levantados, escondiéndose en el comedor para espiarlos, estaba seguro de que los Mañara habían oído y estaban ahí contra la puerta, en la sombra del comedor, oyendo cómo él hacía callar a Delia. Aflojó el apretón y la dejó resbalar hasta el sofá, convulsa y negra, pero viva. Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que Héctor y Rolo, se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara, que habían estado ahí agazapados y esperando que él -por fin alguno- hiciera callar a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia.




jueves, 29 de septiembre de 2016

las pibas de la visita, revisitada.

como no hago mas que quejarme y bloguear sueños verdaderos, tengo que acudir al archivo Y dale con que no puedo escribir cuentos y además no me gané ni una minima mención en el Concurso de mujeres viajeras, desde ese "no puedo" tan vodka, tan choto que me come la carne como un bicho salvaje,  doy vuelta la taba publicando (publicandome)  un cuento donde si pude.
Puedo muchas veces, pero, tal como una vez hablamos con Pablo Libre (que lo debe haber olvidado porque fue hace años) si el exito y el fracaso son dos impostores ¿que nos pasa que le damos mas entidad al fracaso que al exito?
Este cuento me gusta. Hoy lo linkie al tuiter y de verdad me gusta.
Lo escribi yo.

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Las pibitas de la visita.
Tengo un sueño recurrente. Me junto en una esquina con todas mis edades a discutir quién tuvo la culpa. Los más chicos siempre salen ilesos.
Hugo Coletti
En la sala de cirugía, mientras contaba para atrás, diez, nueve, ocho, entre el intervalo entre el ocho y el siete recordé los doce años. Después me dormí y vi lo que le pasaba  como en una película.
No era más que una chocolata marrón, espesa y escasa. No me estaba desangrando y no tenía ni ganas de devolver ni retorcijones de barriga. La había pedaleado poniéndome un rollito de papel higiénico (gris, barato, no  esos que tienen perritos y son blandos como algodones y tersos como el culito de un bebe) para no chorrearme la pierna, cosa altamente improbable con ese chuño en la bombacha con elástico. Eso si, me había puesto una que no tuviera el elástico flojo, ¡imagínate si encima tenia que andar subiéndome los calzones!.
Que ni se les ocurriera a un ramo de flores, un debut triunfal con hermanos varones y padres aplaudiéndola. Mejor muerta que ese sainete. Simplemente había que dar el paso y decirle a  madre el abracadabra al nuevo, inevitable status que las tetitas habían ido cantando, el estirón, el “ser señorita”  Había que agarrar y decir me vino
Bueno, era simple pero no estaba dispuesta
Mientras no lo dijera  nada cambiaría. Los varones podían seguir siendo amigos, no tendría que llevar cuentas en el almanaque, ni podría quedar embarazada como esa chica de la villa, que tenia mas o menos su edad y ya cargaba con su hijo, mugriento y mocoso, la que pedía con el carro la ropa que sobraba en casa.
No lo postergaba por cobarde: lo que se me complicaba era encontrar el tono de voz adecuado ¿vergüenza? ¿alegría? ¿complicidad? ¿recato? ¿miedo? ¿sorpresa? ¿inocencia?   Postergaba la escena, y cuanto mas la postergaba mas difícil se hacia. Los cambios no son fáciles, lo había dicho la de Johnson y Johnson. Le había quitado espontaneidad.
Odiaba la posibilidad de la charla. Madre, devota del saber televisivo, tenia la obligación moderna de dar una charla y la veía venir con terror, solo ambas tratando de reproducir un sketch televisivo, esquivando las cosas importante. Todos lugares comunes: ahora tenes que cuidarte de los hombres. ¿ahora?, y antes? ¿y como? Bla bla bla, y mezclando poca ciencia y superstición heredada:  no lavarse la cabeza porque una prima de alguien, lavandosè se había vuelto loca. ¿O la que se había vuelto loca había sido por hacer mayonesa o prender el horno?. Difícil entender porque el horno tenia que ver con la chocolata, pero la sangre se sube a la cabeza. Y te viene una embolia, o algo así. La sangre de abajo se va para arriba. Fatal.  Una operación de apéndice, que te saquen las amígdalas, que te tengan que internar y al final estas esperando un hijo o te agarra un cáncer y te vas a morir, todo mezclado. Peligro inminente, ojo con correr o andar en bicicleta. Dicen que ser mujer duele: dicen que duele ser de un hombre, que duele parir, que duele andar con Andres “el que viene una vez por mes”. Olvidate de nadar, pero jamás iba a San Clemente, así que eso no era problema.
Por ahora nada de dolor. Nada, ella era siempre un fracaso: ni siquiera lloró cuando termino el séptimo grado, unos días atrás. Quería impostar las lagrimas y no salía nada. Y ahí, la Amitrano llorando, y los varones palmeandole la espalda, y las amigas haciéndole el corito de lloronas, siempre esa Amitrano dando la nota. Esa seguro había tenido ramo de flores y que le había dolido y tenia una cajita de Saridon de lata, hermosa,  donde guardar después la gillete para sacarle la punta a la caja de lapices Conte de 24 colores.
Cierta certeza de que mujeres eran las otras, de que nunca alcanzaría la información, ni siquiera la clase donde habían venido las doctoras del Modess, la información pavota de su madre, culposa y aburrida y sobre todo inservible, la idea sobrevolando de que ser mujer tenia que dar vergüenza u orgullo y ella no sentía ninguna de las dos cosas. Y que hijos tuvieran las otras, ella no se iba a morir sacando una cabeza grande como una pelota numero cinco del agujero de hacer pis.
Igual podía ser todo mentira,(nos han mentido tanto) hasta ahora no se estaba desangrando, no le dolía y después de piyar renovó el rollito de papel higiénico (gris gris gris) y agarro la bici y salió. Ser mujer podía esperar otro mes.
Sin embargo algo hay, el olor de la sangre es verdadero, y me duele mucho. Esto no es un sueño
Cuando pensé en que tenia que decir seis me desperté, alrededor mio ese movimiento de quirófano que recuerda vagamente la coreografía de los mozos que levantan al terminar una fiesta.  Entonces trato de hablar,  los médicos  me alientan, me confortan con palabras que no están dirigidas a mi, sino que son palabras que dicen por que las aprendieron a decir.  Pienso en que me voy a casa. Cierro los ojos, me llevan en una camilla con rueditas, hay luz arriba, debe ser el sol,  voy cruzando este parque, de nuevo el sol, poncho de los pobres, y  todo es tan real (los edificios, la cara de los que pasan, el peso de la bolsa donde llevo la compra del día) y  la  Silvia que me dijo que me dejara de joder, que eran ensoñaciones, trampas de la buena de la morfina. Pero no. Ellas vinieron. Todas menos una sonreían. Me cuidaron y se los debo.
La más chiquita tenía pañales de tela, el pelito duro, y apareció en la cama como si en vez de estar en  terapia intensiva yo estuviese en una sala de maternidad. Tenia, pobrecita, un olorcito suave a pis, a colonia de bebe, a eructo de leche de teta. Coloradita de llorar, chiquita y negra, la veía berrear, pero yo no la escuchaba. A nadie escuchaba entonces. Me venían a visitar –no se si para cumplir o que- y eran una procesión, en un episodio de la tele sin voz. Yo le puse mi dedo alrededor de su pequeña manito, y, respondiendo a un reflejo (babinski me decía la cabeza que daba vueltas) me agarró fuerte, y se me acomodó sobre la panza, y así me pude dormir,  corazón con corazón, panza con panza, acompasando los ritmos por debajo de la mascara de oxigeno. No sé porque el cableado no molestaba. Las dos juntas y de alguna manera nos acompañamos .Me tranquilizó porque apenas había llegado,sentí que mi cuerpo se sacudía como a una alfombra llena de mugre. Me estaba mirando desde arriba, hasta que vino la bebe, aterrice en la cama, le agarré el dedito  y me acovache.

Otro día (el tiempo en los hospitales no se mide por el reloj, cinco enfermeras mas tarde, uno en la cama de al lado que se llevaron finado, o por ahí en dolores: tres dolores después, veinte pinchazos) la vi a la otra. Una especie de ballerina rante, de suburbio. la remerita marrón con rayas horizontales, de manga corta y pollera plisada. Debo decir pollerita, perdónenme. Y las piernas llenas de cicatrices de granos, raspones, mugre en las rodillas. Era tan de noche, con las lunas de las luces de las camas, lunas nubladas,  y ella se balanceaba en el barral como un mono. El flequillo se le dividía en dos por un remolino. Y hablaba mucho.  Quería entretenerme. La miraba como a una película muda que sin embargo descifraba desde el silencio. Creo que me hacia burla para que la imitara, pero la morfina no me dejaba seguirle el juego.. Esa me acaricio la cabeza, y me entraron unas ganas de llorar tremendas. Se quedo mucho tiempo, contándome películas como si fuera un personaje  de Puig. Las películas son buenas para no morirse. Mientras te las cuentan no te morís.
La gordita tenia como 10 años, venia con unos libros, los zoquetes caídos. Se ve que se los habían dado para que se estuviera quieta. Se hacia la agrandada, yo le conocía las mañas .Usaba palabras difíciles y me daba un poco de risa con ternura. Ahí estaba todo lo que sería. Tenia las cejas gruesas, un pantalón streech, y se puso a contarme los cuentos del libro Corazón, lo que le paso a Robinson Crusoe, lo aburridas que eran las clases de guitarra, lo perras que eran las nenas de la escuela. Después, como la anterior, siguió con una película del continuado. Era Descalzos en el Parque. Parloteaba como si fuera un libro. Me estaban llevando en una silla de ruedas, a un estudio en la planta baja. Menos mal que iba con ella, me pude distraer, olvidarme de todo, y dejar que los médicos hicieran lo suyo,cruento o doloroso. Me pidió que le enseñara a silbar, a subirse a un árbol, me llenaba de cosas para que no pensara.

Una noche me desperté y me sentía tan bien que me acordé de la mejoría de la muerte ¿Uds. escucharon que las personas que están por morirse de repente se mejoran?. Le dije a la enfermera que llamara a mi marido, que me trajeran otro camisón, que me quería bañar, que quería escribir unas cosas. Yo no estaba excitada, simplemente tenia muchas cosas que hacer si me iba a morir. Muchas tambien si iba a vivir. La enfermera salio rápido y  volvió con una jeringa, Me desesperé por que me di cuenta que me iban a poner algo para dormirme en el suero. Y en el sueño, mientras caía, vinieron tres: la de trece, la de dieciséis y una que había empezado a ir a la facultad.

Ellas me llevaron al río. en volandas.  Me sacaron del hospital por la ventana, sin alfombra mágica a puro pulso, agarrandome como ángeles.  Sabían que a mi me gustaban las aguas , y que me gustaba la luna,  y me acunaban en el rio como si cada una hubiera agarrado un pedazo de sabana y pudieran hacerme volar en aguas tibias. Vos no te podes imaginar lo que era la luna, Era tan enorme, tan plateada, se me hace un nudo en el alma al querer contártelo.

Me decían cosas en un idioma de mujeres que no se reproducir. Era una danza circular, pero de suaves olas de mar en el rió, Yo necesitaba agradecer, preguntarles cosas, pero el abotagamiento y el bienestar de saber que no me iba a morir sola, que me cuidaban, me llenaba de lágrimas el cogote y no podía hablar.  Sábanas de holanda y  no las áridas sábanas de hospital. Me daban a oler flores frescas, y albahaca, y tierra mojada. Y cayendo cayendo cayendo, con musica de Almendra.

Hubo mas, una embarazada, otra cuarentona, hubo muchas mas. Me traían mis fetiches, cada uno de ellos. Cada una con lo suyo: títeres de dedo, moneditas de I ching, poemas de tres por cuatro. me canturreaban tanguitos, me daban ánimos. Les dije que le tenía miedo a los circos de pobre, a los coches con cola de pez, a los hombres de bigote finito. A hacer el ridículo. A que no me quisieran lo suficiente.  Ellas cantaban. y me hacían cantar para adentro.

La ultima la encontré en el espejo, De este lado del azogue, ya estaba mejorcita, con el esparadrapo en la cabeza, pelada y vendada, tan flaca al fin .Del otro lado estaba la otra, la única que no sonreía. Esa me pedía cuentas. Como la chiquita del primer día olía a vomito. Pero a vomito de grande, de vino rancio. De comida pasada. Tenia una herida de bala con sangre seca en rededor. Me preguntaba por que. Yo no quería darle explicaciones. Me la encontraba en el espejo del baño cuando empecé a caminar, cuando no necesite la chata ni la comida endovenosa.

Le pregunte al enfermero de la mañana, que era muy atento, donde estaba. El creía que le preguntaba donde estaba yo, y me decía “mamita estas en el hospital, quedate tranquila, reina, se te ve bien, te vas a curar, yo soy adivino, jamas me equivoco”. Y no, yo le preguntaba donde estaban ellas. Me respondió trayéndome un te que me quería dar a tomar en cucharita. Vomite, claro.
Y ahora acá me ves, si no lo hago por mi, lo tendré que hacer por ellas.  Yo las mire a la cara una tarde y me pidieron que hiciera el intento. En eso estamos. Parecían buenas minas.

otro sueño mas, y van....

Pueblo de las sierras, de infancia.
Yo adulta, revisando mis fotos de infancia en ese pueblo; allí, ciertas geografias, acá yo y mi hermano corriendo, fotos en el río, e incluso fotos de playa de mar, en un pueblo serrano.
Yo adulta estoy en el pueblo y visito a dos comerciantes. Un fotógrafo y uno que tiene una tienda de fotografías (no es el mismo comercio) para que le hablen al intendente para hacer una muestra con todas las fotos antiguas de los habitantes de la zona, para la época de turismo. Trato de convencerlos que el proyecto es precioso, que ver fotos antiguas va a ser una atracción muy interesante, ver como ha cambiado todo. Le quiero contar al de la casa de fotos quien era mi abuelo, pero el tipo había llegado al pueblo hace 30 años, y mi abuelo murio hace mas (ahora hago la cuenta, murio hace 39). No puedo hacer que me vincule con mi genealogía con gente que él conozca.Hay algo relativo a mi edad (la verdadera) que me resulta penoso en el sueño. Como si me costara creer que ha pasado tanto tiempo
Me despierto, pensando en como luce Pina Bausch, la gran coreografa, la maldita Emperatriz del Movimiento,  en el documental de Wenders, con tantos años encima, flaca y alemanamente fea, y sin embargo dueña del danzar.
Cuando me levanto, ya en la vigilia, me como media banana (porque supongo que me falta potasio,) y me tomo un ibupirac por las dudas.

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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sueño con stalkers.

La indiferencia -real, no la fingida, es el peor de los desprecios y el bálsamo sanador de aquella herída que te hace quien no te quiere bien: Valido para las injurias hechas por quienes sin ser importantes para vos irrumpen en tu vida, llevando por delante tus cosas, . 
Hay algo malsano, podrido,  en prestarle atención a esas lastimaduras, en mirar al agresor atentamente, en darle consistencia.
 Será que andamos buscando gente que nos culpe, que nos haga un poquitin cargo de sus miserias, para así pagarle al superyo, ese juez bizarro que  todo el tiempo le pide a los lacayos que nos corten la cabeza.
No hay otra explicación; en este sueño mi hater se abría un facebook alternativo para pedir ayuda a otros para hacerme el mal. Yo entraba y miraba esas descalificaciones. Pensaba, en el mismo sueño, que eso dejaría de hacerme mella, con solo no mirar. Y sin embargo entraba y miraba, stalker onírica.
Si es verdad, como creían los antiguos,  que los sueños enseñan algo, trataré de aprender del de la noche pasada. 
Ya estoy grande, mejor mina de lo que fui, no voy a ser. No he acumulado los créditos suficientes para ser  mala, creo que me gané un pase al inexistente reino de lo cielos
Si me comí la tarta de la reina, era porque estaba hambreada, y la reina no era una reina, simplemente era una idiota, que se las daba de reina.
Yo, tranquila venancio, tranquila.






martes, 27 de septiembre de 2016

fragmentos de un sueño efectivamente soñado. 

tenía que fotocopiar una resolución de tipo ministerial que hablaba de un expediente mio, pero en vez de ser en la sede administrativa donde eso se cursa, era en lo de la Inspectora de la Escuela donde yo trabajaba. No encontraba la pagina, y cuando la encontraba (kafkianamente) no entendía bien las implicancias de la resolución. Si me favorecía o no.

Viajaba adelante en un remis muy deteriorado:Iba con otra persona,desconocida. Al bajar abría mi billetera para pagar. Eran 10 pesos. El remisero me arrebataba un billete de cien y no me daba vuelto. Yo empezada a discutir y el negaba haber retirado 100 pesos. Me invadía -como en la vida- la sensación de que no puedo hacer NADA ante las arbitrariedades de los otros, pero le saco del mismo auto un paquete de cigarrillos y lo despedazo ante su vista, tirandolos en el pasto de la vereda. Grito por ayuda y vienen mi hermano y mi amiga Elda.

me pareces sueños kafkianos, aunque venga ayuda, es una ayuda que no ayuda.

Asi comienza  La Metamorfosis  de Kafka 

 Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. 
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó. 
No era un sueño. 

Resultado de imagen para kafka metamorfosis ilustracion Mi pregunta del día  es como transmutar este sentir en otra cosa? Hoy me siento un monstruoso insecto.

lunes, 26 de septiembre de 2016

respira el momento: el cuerpo es el texto donde se queda impresa la vida

La noticia es simple. Unos nenes -pobres, si no no estarían allí, y menos en la calle y solos- encuentran una frazada y adentro un hombre muerto, a la vera del richuelo: Villa Albertina.
No debe ser el Riachuelo, pienso yo, que conozco bastante la zona, porque Albertina no lo bordea. Por supuesto hay brazos del riachuelo, si cuando iba a las piletas siempre estaba esa zanja haciendo de limite.
Tengo fotos de Albertina. Ahi, en el parque muncipal, donde antes (hace decadas) había unas piletas privadas, una especie de Coconort del sur, en la vereda la gente vende cosas usadas. A veces son cosas horribles, que ud. no tiene la menor idea de quien podria comprar esa porquería. Supongo que la gente vende lo que tiene y compra lo que necesita. Es facil.



El cadaver pertenece a "un hombre" de 15 años, "tiene las manos chicas", dice el vecino al que acudieron los chicos, que estaban jugando a la pelota.

Entonces uno piensa en niños de quince años, y en tantas estupideces: en que pena porque esto o lo otro, en que hoy se murió la Porota que tenía 95 y el hijo vendía cd en la puerta del chino, en que hace mucho que no me voy a hacer las manos, en que es tan idiota contar las calorias de chipa, y de repente de la nada, quiere decirle a la vida, dale, vida, levanta la once y vamolón.
Acá no tenemos nada que hacer.

Me gustaría creer en Dios para pedirle (total Dios es el Amo de lo Todo y puede retroceder el tiempo) que la muerte haya sido suave, que no le haya dolido, que la muerte lo haya agarrado dormido y se que no. Se que lo cagaron a golpes, que tenía la manos chicas y que nada tiene sentido.


(1) la frase de la segunda mitad del  titulo la saqué de http://www.lanacion.com.ar/1940400-escrito-en-el-cuerpo

domingo, 25 de septiembre de 2016

Años de andar blogueando,  amiga de almas errantes que se cruzan  tejiendo telarañas por la ciudad, a veces por el mundo. Eve que ahora vive en Amsterdam pero yo la conocí de Ramos Mejía, Andy viviendo en España, una vez la levanté para ir a un asado en Matadero, Celina, que es una chica de Flores, como las de Girondo,  pero vive en una casa  de Belgrano, y asi.
También varones, claro. el mostro -diego- que estuvo tan enfermo que yo pensé -alarmandome al pedo- con que se iba a morir, José Luís que dejó de escribir el blog cuando se murió Prince y supongo fue una despedida para siempre...mis amigos de blog. Muchos, todos son mi cotidiano.
Con Daniel   nos leemos en ese lugar donde siempre estoy puteando y bajando linea: el facebook. Soy una persona detestable ahi, no puedo evitarlo. Vivo enojada por como se fue encarajinando la politica canalla.  Pero a veces tambien vienen hermosuras en el fb. Hoy
Daniel compartió conmigo un poema de Lanús.El sabe que soy como una tortuga que no migra, siempre acá.
El poema es muy hermoso y "canta", lleno de ritmo
Es este y apretando el link del autor (a quien le pedí permiso sin conocerlo, porque tal vez lo que uno escribe en el facebook es para que se quede allí, como pasa lo que sucede en Las Vegas y en ciertos albergues transitorios) se llega a la cantera.
Ey, las fotos del final, las saqué yo: Una es donde tomo el colectivo cada mañana, la otra , la Estación Lanus, esa peste.

Leandro E. Seta 

Lanús,
unicaluz
del fango,
tango
al mango
sin rango
de coronel.
Unicoburdel
al borde del
plenilunio.
Junio
de las guitarras
con garras
de araña.
(Araña
que se enmaraña
en la entraña
de tus ángeles).
Lanus,
cordel
del sedal
donde pica
el pez del deseo
en el que veo
veo
una mojarra
que se agarra
a la mojadura
de una lluvia
sin corazón
que pica y pica
en la chapa
trapa
de monjes afiebrados,
capa,
pa´ tapar tapas
de dolor.
Lanús
Unicaluz.
Del fondo de las muchachas
escarbás
y sacás
de atrás
(sos un mago)
un conejo
un reloj de arena
y un vaso de vino con maní
Así
es como te ví.
Los pibes se juntan en la esquina
a falta de trabajo
(La palabra carajo
es la más repetida
en mi país)
mientras rumian
hermanados
cualquier ilusión
con luces de otro mundo,
cualquier desilusión
con voz de bombo
y voz de asombro
hombro con hombro
de una nostalgia
que ya pasó.
En la cresta
de la luna
se acuestan
las hembras
una
a
una
y con fiebre
de espesuras
sueñan
con las veredas
de Lanús
(bajo las sombras de sus árboles
pasaron cosas
que solo pasan
en Lanús).
Cascabel
con piel
enroscado
en la punta
de un pincel
pa´ que con él
pinten
los ángeles muertos
en el aire
un país sin caries,
y mejor.
Lanús
unicaluz
nacida
de la boca del lobo.
Corcovo
azul
sobre grupa
de un tigre que anduvo
(¿Lo bajo, lo subo?)
por tus callejas
sin bombitas
ni adoquín. Si al fin
se es pobre
sobre
catre piojoso
o sobre
copos de algodón
y sos petiso
aunque te rieguen los pies.
(No, al revés;
no, al revés.
Te lo perdono
por esta vez).
Pies
por donde anda el exilio
de vivir aquí.
Clavel
de papel
de arroz,
unicavoz
que me volvió a parir
pues
regresado de un naufragio
amanecí en un adagio
en do mayor
que sonaba a clarinete
como siete veces siete
fueron velas
que te prendí
alrededor
del sol.
Caracol.
Lanús,
unicaluz.




sábado, 24 de septiembre de 2016

NAKED CITY

Las calles de La Boca seguían teniendo subidas y bajadas, imposibles para la cantidad insoportable de viejos con bastón y madres con carrito de esta nueva centuria, veredas muy altas de cuando la sudestada arreciaba las cañerías y el río se metía en las casas llevando el lustre de las patas de las mesas, y entonces, los chicos se calzaban las botas de lluvia para andar por el pasillo de macetas con malvones. 


El invierno me avisaba despacito que se iba, con timidez, como si hubiera mentido tanto que sabía que yo no le podía creer: Un sol iba y venía por la vereda.

Ella estaba sentada no había sacado una silla, ni un banquito, ni siquiera esa era su casa. Estaba sentada en una vereda ajena, pero todas las calles son nuestras, cuando las tomamos, así, a lo guapo, y como una patrona se había quedado sobre la escalerita de cinco descansos que llevaba a los adoquines. Leía un libro, para pasar el tiempo.

No era una calle de gran transito, pero cuando alguien la miraba simulaba esperar el colectivo. Un poquito nomas, no hacia espamentos de tomarlo cuando se acercaba, ni falta hacía Era parte del paisaje, no desentonaba,  Era una con el paisaje.

Cuando el llegó, de lejos lo vio venir, con la piel antes que con los ojos,A veces las personas somos reptiles y tenemos órganos de los cuales ni siquiera sospechamos su existencia. Vamos a contramano de lo que las hormonas tienen que hacer, los remedios hacen otra cosa que lo prescripto. Animales de dios, obedecemos a instintos rantes que la educación ha tapado con su tierra, pero están ahi, asechan. Nos hacen mejores.O asesinos o amantes. 
El estaba de gris. Venía por la vereda elevada y  como ella no tenia puesto los  anteojos hizo esfuerzos por distinguirlo, para que sus ganas no la confundieran, como cuando esperas que suene el teléfono y a cada rato alucinas su canto. Antes de  las cuatro veredas que los separaban, parece que él se dio cuenta. "si, soy yo", le dijo, A ella le dio verguenza.

¿que estaría pensando él?¡ Que misterio que eso nos ven los otros! Nos tendríamos que desentender de una vez por todas e invitar a jugar como hacian los pibes en tiempos donde las veredas se colonizaban a las tardes¿dale que vos sos mi novio y entramos por ese pasillo y todos nos aplauden?
¿Dale que asaltamos un banco y subimos a la escalerita y es un barco que se va a polonia?¿dale, vos haces que me queres y yo que soy la mas linda de todas?

Si hubiera sido una comedia romántica el sol hubiera iluminado a pleno la escena. Pero la vida es mas simple, no necesita escenografía, con esos pequeños temblores se monta una verdad, provisoria como todas.

Las personas se encuentran y se desencuentran. Supo haber una   series americanas en la televisión de los sesenta que empezaba diciendo  "Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda"

Ellos se fueron juntos. 
Por ahi merecen un cuento. No me da el corazon para escribirlo.Tal vez uno de uds. pueda. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

la sirena que escribe los invita.

bien que me gustaría ser una escritora editada. Pero no. Sin embargo una amiga me propuso a una editorial para una lectura pública que se hace en un bar. Esta es la convocatoria, y yo voy a leer un cuento de este blog
Están todos invitados. No puedo decir que la cerveza corre por mi cuenta, pero nada me gustaría mas que algún lector del blog vaya y me diga, ey, Nilda, yo soy lector del sirenas!. Hasta ahora solo comprometí a mi hermano., mi marido y mi hija se excusaron. El bar es precioso, yo fui hace un par de meses a ver la presentación del libro de Veronica Boletta. No podré estar flaca como me gustaría, lo suficiente para no ser tildada de gorda intensa,  pero gracias a dios no me ponen nerviosa las lecturas publicas. Fui directora de escuela y tal como le contaba a un amigo, he hablado para 500 pendejos que no me daban la mas minima bola, no voy a ponerme nerviosa adelante de gustadores de ficciónes!!!.







cada uno en su pedacito, cada uno cuidando su carril.

La realidad como un artefacto con muchos planos en una única geografía. Como en esas peliculas donde la gente circula en distintos pisos del tiempo, pero en un mismo lugar y alguna implosión (alguna puerta del tiempo) hace que se entrecrucen.
O -para ser mas actuales- como en Stranger Thing, la muy vista serie de Netflix (yo la ví en la pc y me gustó tanto que me puse en el avatar el twitter la imagen de Once, con su saquito rosa y sus patitas flacas de puber que no ha menstruado o casi, esa vulnerabilidad, esa potencia)
En Stranger Thing la "cosa" trata de invadir este espacio nuestro, amenazando y a veces lo hace.

Yo hablo de otra cosa. Parecida pero otra cosa.
Jorge me pregunta ¿que va a ser de Macri cuando no sea mas presidente? Con asco me lo pregunta: somos los profundamente antimacristas.
Y yo no dudo: va a seguir circulando por sus espacios sin chocarse nunca con nosotros, sin rozarnos, como pretende esa parodia de viaje en colectivo que hoy aparece en los medios, con su simultanea deconstrucción en las redes sociales.
Va a seguir yendo de la cama al living, de la estancia al country, del salon iluminado al campo de golf.
Y nosotros, que tambien somos diferentes entre si, circularemos por nuestros propios túneles personales en la misma geografía que el tipo que duerme en un colchón mugriento en la vereda, y allí le hace un hijo a otra piba de 13, con el obrero de clase baja que no usa internet, con el tipo que porque trabaja en puerto madero y brunchea los domingos, cree que puede olvidar que su bisabuelo inmigrante vino con una mano atrás y otra adelanteResultado de imagen para el tunel del tiempo
Todos cruzamos buenos aires de arriba para abajo y no  nos encontramos: Nos ignoramos con saña, ni miro al que me abre la puerta del taxi en constitución, en la entrada de Hornos, ni me mira la que tiene doble apellido y habla con la papa en la boca que me cruza en el puente de la mujer, mientras ellá sale de su pent house y yo quiero sacar fotos en la costanera, ni miro al de Zabaleta que baja en el 37. Asi cada uno en su espacio, contenidito, seguro. Los de abajo queriendo subir o al menos no bajar, los de arriba en su piso de cristal, y todos aca, sin esperar la justicia poética de la muerte que nos transforma en carroña, una vez, tapando con tierra nuestros orgullos ,

Hacete el favor: escucha esta maravilla. Mi canción de estos dias.

martes, 20 de septiembre de 2016

vos me haces sentir una mujer natural

you make me feel.

Aretha y Carol King cantaban cuando  a mi me costaba mucho sentirme una mujer natural, porque era un proyecto de mujer. Había un bar en Lanus, se llamaba Yeti y quedaba justo al lado donde ahora esta el cafe Habana (ahi por años estuvo la sedería José, de un tiempo donde las mujeres -casi todas- se hacian la ropa, o tenian modista)
Yeti abría temprano, ponele a las 5 de la tarde y era totalmente oscuro: Con un sol que rajaba la tierra te llevaban a los sillones (con pequeñas mesitas para apoyar el trago) con linterna.
Y se escuchaba a Carol King, y tambien soul -barrie white-No existen mas ese tipo de lugares.
tenía una minima pista, donde no podrían entrar mas de dos o tres parejas, pero casi nadie bailaba, no me recuerdo ahi bailando.

Seguro que alguna vez escuche esta canción. La letra es preciosa: dice "vos me haces sentir una mujer natural". Lo dice una negra gorda y vieja, sin embargo cuando lo dice, es la pura verdad.¿divas? todas lo somos, bien miradas, siempre, a despecho del caos y la desolación.






lunes, 19 de septiembre de 2016

ultimas palabras.

En su lecho de muerte -él supongo que no sabía que iba a morir, a casi todos nos va a pasar eso- el tipo escribió un poema (una canción) que decía esto
"la historia de la vida es mas fugaz que el parpadeo de un ojo" y terminaba diciendo "la historia del amor es hola y adios, hasta que nos volvamos a encontrar"

Amo a Hendrix. Siempre me gustaron los chicos malos. Y él, cuando yo tenía 14, era de los malos-malos.  Basta verlo acá quemando la guitarra en Monterrey Pop


ahora que soy una vieja chota me da tanta ternura. Tan desesperado estaría, tan necesitado de amor -sabiendolo o sin saberlo- que quemaba aquello que amaba.
Entonces hubiera cruzado de calle si hubiera venido por la avenida, negro y drogado: la suma de todos los males. Una es aquello que amó y temió. Seguramente.  El cover all allong the watchtower es inoxidable. Pasa el tiempo y brilla como oro puro. Mientras iba a asaltos y ponia el long play de leonardo favio y escuchaba modart en la noche y leia la Pinap, la expreso y la pelo (sucesivamente) en mi casa familiar de lanus oeste, yo sabía que me gustaba mucho Hendrix, que ya estaba muerto.
Las sirenas somos asi.



famous last words

sábado, 17 de septiembre de 2016

un poema epico para la Patria.

Aquí está, como el cielo refulgente
ostentando sublime majestad
usada como trapo de los platos
arrastrando mugre
la Patria

A veces, un relato de infancia
otras, un cuento miliunochesco
gaucho, compadrito o gringo
o el que nos quieren embuchar
 los visires de los banqueros
para mantener entretenida la tropa
y organizar el saqueo
La patria como un embuste altisonante
hecho de abstracciones y símbolos
unas lineas sobre un mapa mentiroso
con un arriba y un abajo
y sin embargo
aquí está latiendo chiquito
la Patria, en el bolsillo superior del chaleco
la aboné con sangre
trabajo, partos
sueños, esperanzas
y están ademas
los muertos que nos interpelan
desde la ausencia
desde la deuda
ay, la patria mia.

Patria que estas en la tierra como en el cielo
con nombre de metal precioso
adn mixturado como sopa de verdura
hay de todo aquí, y todo me habla
y bordeas con tu fantasma
la apelación al  Sur
las tres Marías en la noche oscura
mas oscura
donde pedimos que nos cobijes
a salvo del desaliento
de cada día
viendo como la canalla
vende por veinte denarios
el futuro de  los nuestros







viernes, 16 de septiembre de 2016

despues del bajon, para que ustedes sepan que en cuestiones de alegría, yo no me arreglo solita. Necesito a los demás.

No hay que cultivar el bajón. Es una mala hierba, y ya se sabe, si las dejas, se te llena el campito.
Tengo algunos problemas que me hunden. ¿quien no? Pero boqueo para arriba, tomo aire y salgo. Nunca sola.
Me doy alegrías a mi misma, y se las doy a otros, cuando puedo.Con eso tiene que ver que haga un curso de clown: no es que me encanten los payasos de circo, se trata de algo un poco mas retorcido. Tratar de ridiculizar el bajón, hacer algo con él, que termine dandome risas y tal vez haciendo pucheros.
Brindo con vos, semejante, próximo, por las alegrías que nos damos los que estamos vivos.

Mañana cumpliría años mi abuela, una virginiana, que como todos los de esa cría, tenía problemas con expresar el afecto con palabras. Lo hacía con acciones. Murió hace como 29 años y todavía recuerdo su forma particular de hacerme sentir querida (ese oxigeno para mi vida)  sin haberme dicho jamas te quiero ni que linda que estás.. Le he escrito un poema (que se llama minestrum o pulenta) y algunos post.
Hay gente que no te dice "te quiero" y sin embargo te ayuda a transitar la vida. Menos mal que estamos todos, para irnos ayudando entrenosotros.
Por ellos, por los benefactores que dan amor, sin proponerselo otro brindis.
Que payasos me gustan? Estos, por  ej. no se dice feliz cumpleaños a los muertos, pero feliz cumple abue.
(y como dice la canción "yo no quiero tener frio ni que tengan los demas)

Yo no tengo foto con nariz de clown, pero le saqué una a mi nieta, con mi propia nariz.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

aviso parroquial

a quienes le compete: me robaron el celular, para comunicarse conmigo ahora, no se, clave morse o algo asi. Golpeen la puerta de casa.Siempre nos quedará el blog.

martes, 13 de septiembre de 2016

alegrías clandestinas

Sacude el viento los afueras de la casa
nos sabemos afortunados teniendo paredes gruesas
Lo escuchamos como una banda de sonido
que remeda el oleaje del mar
mientras los vidrios tintinean un poco, sin peligro
Pensamos en los hombres y sus guaridas
en lo necesario de las alegrías clandestinas
entre la rutina y el temor por el futuro
en acopiar un poco de felicidad desmesurada
y violenta como este viento de primavera
que sacude  las ramas
y tira al piso
los frutitos y las flores de los arboles
que están del otro lado de la medianera
Un viento sacado que me ensucia el patio
Saldré a la calle
a que me envuelva este viento inútil
golpee y desempolve lo gris en mi.

Después... lo dejaré irse

yo barreré los restos.

Mañana escampará.

viernes, 9 de septiembre de 2016

un cuento apocaliptico. (completo)

Resultado de imagen para caballos del apocalipsisA la tarde  había menos niebla y también menos olor a chamusca. Pasaban las barredoras y si algún humano hubiera estado escarbando en los supermercados chinos  para llevarse algo (y cuando digo algo, digo comida) el silbido de las máquinas lo hubiera obligado a taparse los oidos. Pero salvo yo, encargada de conseguir esas cosas, no había otro ser deambulando en este, nuestro sector.Me había conseguido unos tapones en una casa de artículos de natación, antes de que las barredoras dejaran ese sector totalmente destruido. Ahora eso estaba plano, el caucho y la lycra quemados, el acrilico, el vidrio y las demas cosas hechas polvo o ceniza.

Los niños, todos los niños habían muerto: Todos la gente que vi en pié eran mayores de treinta ,como si alguna hormona de la que carecen los pibes, les hubiera permitido sobrevivir a la devastación
No puedo asegurarlo,  yo me invento cosas, necesito explicaciones. Si  alguna universidad hubiera quedado en pie, algún académico con posibilidad de hacer una investigación, se me podría refutar. Tal como están las cosas, mi explicación es tan buena como cualquiera

Ya ninguno de los sobrevivientes llorabamos por los muertos.Se nos habrá encallecido el alma, nadie se enamoraba, nadie extrañaba el pasado.
 Nos habíamos repartido las tareas, y como náufragos en mar abierto, solo esperábamos algo que cambiara  el horizonte, para ellos la tierra, para nosotros, lo humano en todo su esplendor
 Las maquinas manejando el mundo hacían que nosotros sobráramos. Para que ellas estuvieran a gusto, los robots habían arrasado el barrio, y tal vez el universo todo, Se empeñaban en que dejáramos de ocupar espacio, nosotros, nuestras edificaciones, nuestros fulgores, como si necesariamente hubiera que terminar con cada cosa que hicimos y con nuestros cuerpos.

Ignoro que sería de un mundo sin humanos, pero tengo la certeza de que vamos a dejar una estela, porque estas maquinas fueron creadas por nosotros, tienen la rémora de  nuestros sueños y que por lo tanto, portaran el pecado original de nuestra marca. Somos sus dioses, no me va a dar verguenza decirlo.

Yo y aquellos que no habíamos sido arreciados por lo que los sobrevivientes llamaron "la ola de nigres",estamos aun buscando salida y no sabemos donde ir. Por eso me llaman la deambuladora.  Me había hecho un mapita casero, como una especie de batalla naval del barrio, y cada vez que exploraba una casa, la tachaba.La mayoría murió escapando. Las balas venían de todos lados, pero no salían expertos francotiradores sino de maquinas que randomizaban el espacio.El azar no te permitía prever tiempos ni lugares de escape. No era posible estrategia.

Los humanos son de agruparse cuando la muerte arrecia. Al principio  en este barrio, el único del que puedo hablar, rotas las redes, los satélites, y las comunicaciones en general, tratábamos de de sepultar a todos,  -por las obligaciones de la  piedad, por miedo a la peste  y también por la incapacidad propia de nuestra especie, los que hablan,  de tolerar la visión de la carne humana pudriéndose. Pero después ni eso.

La ola de nigres terminó tan abruptamente como empezó. A mi me agarro escapando. Tres veces me cantaron en los oídos los silbidos de las balas que me hubiera llevado con los míos, a un lugar donde no tuviera este miedo atroz y permanente, a un lugar donde yo no huyera mientras por mis piernas me corrían orines. No había nada, salvo el aullido de las maquinas y después un silencio sin pájaros, sin ruido ambiental, sin nada, un silencio que yo podía olfatear como si con la ultima gran embestida hubiera desarrollados órganos sensoriales que antes no tenía.

Cuando no hubo mas balas matando todo lo que estaba alrededor (perros, personas, matando gritos que dejaban de ser gritados,) busque un rincón y me quedé dormida, Olí un lugar seguro: Antes allí había una tintorería, y abajo de un chapon, todavía envueltos en nylon, encontré unos cuantos cobertores con el olor típico de la limpieza a seco. Me parece que no me desperté en mucho tiempo. Y una vez que lo hice, y carroñé restos de comida en una heladera rota, me puse a buscar personas,
Mi barrio no parecía el de blade runner. Parecía mas bien esas zonas que demuelen porque va a pasar una autopista, o tal vez van a inundar para hacer una represa.

Vi pasar un robot, pero no sabía muy bien si era un robot o una máquina que manejaba otra persona, pero decidí que era un robot aunque no tenía cabeza ni brazos ni piernas,. Yo los llamo robots porque en mi grupo de resistencia los llaman asi, pero mas que robot era una cosa, una maquina desprovista de sentido.  No eran humanos, no eran inanimados, no tenían cabeza, no tenían Tiempo, el de las mayúsculas, Se portaban, nuestros verdugos, nuestros asesinos, como si ellas fueran los dioses, en una película berreta de ciencia ficción. Pero nada de lo que yo veía encajaba en algo que hubiera podido verse en el cine. Era mi barrio, aquel que estaba tirado ahi, era el árbol que tenía una copa grande, bajo el cual estacionaba el auto el tipo de la fabrica de enfrente. Nadie habla en castellano neutro, todos los de la resistencia pronunciamos como se pronuncia acá "yuvia"decimos.

La niebla dejaba una capa de ceniza en todos lados. Lo bueno es que sobre los cadáveres esparcidos en este sector se había formado una cubierta que los hacía menos siniestros, menos olorosos y mas soportables, incluso a los cadáveres de niños.Yo igual los buscaba con la vista, trataba de no pisarlos cuando corría por la calle vacía, cada vez que salía a hacer mi trabajo de buscar comida.

Claro que tengo un grupo de resistencia.Sabía que todavía no nos habían matado a todos, incluso había evitado encontrarme con  humanos que vi a dos o tres cuadras de distancia, cuando todavía estaba sola, Me pareció incluso ver a una mujer.Cuando me di cuenta que sola no iba a poder resistir me acerque a estos.  No se porque en mi grupo eramos seis hombres y solo yo. Es una teoría, las madres se quedaban al lado de sus hijos muertos, dejándose morir de hambre, de sed, pero sobre todo de tristeza.
Los míos vivían en España, y no sabía nada de ellos, pero me los imaginaba a salvo, por que ademas eran grandes. Eramos ocho, pero Felicetti salio con el objetivo de encontrar otros grupos de resistencia y tal vez lo mataron o no pudo volver o encontró algo que hizo innecesario su vuelta. Yo no creo que lo mataran, Felicetti era joven, se llevo comida para 10 dias y a mi no me digas que acá a dos horas de camino no se iba a encontrar con otros como nosotros: pero ¿para que volver? Nadie se conocía de antes, y estas fidelidades son muy frágiles.


Con el grupo, armamos una rutina. De los seis, cuatro eramos universitarios y sabíamos como las rutinas facilitan la vida. Ya no era posible bañarse, ni nada de eso, no era posible desayunar en una mesa, pero seguíamos diciendo buenos días, e incluso -a falta de los celulares a los que todos estábamos acostumbrados- jugábamos al ajedrez (las piezas que faltaban las reemplazamos con cosas) y a una hora del día cantábamos canciones. Yo había pelado un repertorio de tangos y milongas y canciones de los setenta, Silvio Rodriguez, esa onda.

Los robots no tenían orejas, así que no escuchaban, creo que no les importabamos como enemigo, como cuando uno va a sacar piedras de un terreno: No les importa que piensan las piedras, su naturaleza, simplemente las hace de lado
Hacen un ruido imposible de soportar para el oido humano, y monitorean el barrio. Si bien son todos iguales los empezamos a distinguir. El de la mancha de brea, el que tiene una luz que titila y el siniestro.

Esta mañana Solano encontró uno roto. Lo arrastramos a la gruta y los varones decian de hacerle una autopsia, como si fuera un animal o una persona.Yo me desentendí. ni sabía ni manejar un auto, para mi eran todas placas como las que hay adentro de una computadora,
Pero me asomé cuando estuvo destripado, cuando lo abrieron,y  le vomite la carcaza. Fue la única vez que vomite en todo el tiempo posapocaliptico (y creo que van como dos meses) y lo que me salió de adentro no era naranja ni amarronado. Era violeta como si hubiera comido solo remolachas viejas. No era lo que comí, sin embargo.

Solano y Michetti dicen que encontraron la cabeza de la maquina adentro de ese cuerpo compacto: Me resistí. para mi eran los robots sin cabeza, los que nos habían mando los nigres, los que habían matado a nuestros niños.

Solano trabajaba en el Banco Patagonia, no era un experto en maquinas, pero descubrió algo raro, en la autopsia.No quise que me explicara, porque la niebla se me había metido en la naríz en mi incursión del dia. Ellos me dijeron que me quedara tranquila, que yo ya había hecho mi trabajo, ninguno me miraba como una mujer, era la que salía, era la deambuladora. Si hubiera muerto, hubieran agarrado mi mapa de casas saqueadas y alguno hubiera retomado la tarea.

Estábamos en el subsuelo (una gruta diría con mayor precisión) de la que había sido la iglesia de Santa Teresa, la mas vieja de Lanús. Se ve que en los tiempos de su construcción las iglesias tenían necesariamente subsuelos. El grupo de resistencia se había mudado -por mis indicaciones- como tres veces en el mes que estábamos juntos. Ese sótano era ideal. Para mi, este era el lugar definitivo: si demolían la superficie, a nosotros no nos hubiera llegado otra cosa que el ruido atronador y sibilante de las maquinas haciendo su trabajo:
 Dos tramos de escaleras nos separaban de la planta baja. Ademas había buena ventilación y corría un desagüe en el cuartito de deposito contiguo. Ahí hacíamos nuestras necesidades: La gruta tenia velas de iglesia, enormes, como de metro y medio, acopiadas y había una pequeña bodega de vino de misa.

 La comida que yo había guardado (cada dia traia latas y envasados, algunos vencidos, pero a quien le importaba) alcanzaría para dar de comer a veinte, por diez meses. Y yo seguía trayendo.

Sin embargo, esa noche, cuando me dormí, ellos, los varones, seguían hablando de la cabeza adentro de la maquina, a mi me pareció que estaban haciendo un plan, pero también que íbamos al zoológico de Palermo, que había muchos chicos en un mcdonald, que tenia cuatro años y estaba en San Clemente.Había también una escena donde yo bailaba vestida de blanco en una terraza, y un viento limpio me daba repelús.  Me di cuenta que estaba soñando.
Cuando me desperté ellos se habían ido, faltaban velas, comida (una estantería completa de lo mejor) y escrito en la ceniza, perdón, esperamos te arregles sola.

Mientras lloraba, dejando que ríos de mugre de ceniza se sacudieran con mis sacudidas de llanto y temor, sentí el terremoto que la otra vez había anunciado la ola de nigris.

Mal dia, pensé, para andar por la calle: Y me sentí peor con mi mala fe, por el destino incierto de mis compañeros ante la posibilidad de cruzarse con los robots sin cabeza.

Fui al reclinatorio de la gruta, Había una biblia. Busque, con dificultad, la parte de los Jinetes del Apocalipsis, para ver que me esperaba
A ver. caballos blanco, rojo, negro y uno bayi. La peste, la guerra , el hambre y la muerte ya habían acontecido.Solo quedaba delante de mi, la posibilidad de la redención, de que algún dios me viniera a buscar, para estar con los míos. Yo creo que siempre fui  una buena mujer.

Solo me resta confiar. Cuando la máquina entre a la gruta,me paro y pongo el pecho. Las formas en que aparece Dios, dicen que son infinitas, por ahi el robot sin cabeza es Dios, me pongo a repetir muchas veces "el señor es mi pastor", mientras me desnudo: he perdido el pudor, y las ropas que llevo estan rotas y sucias
Voy hacia algo que no entiendo.









algo viejo que merece volver a leerse.

Alejandro Crotto y un poema cuya erótica puede pasar desapercibida a un lector desatento.

COMO CRECIENDO EN EL CARBÓN LA BRASA Entonces, de repente, percibir, como creciendo en el carbón la brasa, en cada cosa, ahora, alrededor...