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miércoles, 16 de enero de 2013

chicas de calendario (un cuento de la sirena)

Chicas de Calendario 


El señor Stonefire miraba sin lascivia, pero cuando la eligió entre las cinco aspirantes que mandó la agencia, se le cruzaron historias de mujeres que se echaron a perder. No retrocedería. Echarse a perder no era una amenaza cuando se estan por cumplir ventiocho años y se naciò en Corktown.
La paga era por adelantado y  la Exposicion de Autos de Detroit de 1963 duraba cinco dias. No lo iba a arruinar, contra viento y marea se calzaría ese traje de sirena y nadaría hacia la fama, la gloria, el futuro.
El dinero era tan poca cosa que no lo podìa usar como excusa, casi la misma paga  que  la jornada en el  bar donde  hacia reemplazos a las chicas fijas. Franquera de bar: no era un destino para una joven tan linda, dijo el Sr. Stonefire, y ella pensó en que eso podía ser un augurio. Siempre habìa querido ser una chica de calendario.
Por un lado no tendría que servir huevos fritos,limpiar los chorreados de las malteadas en las mesas, ni aguantar mocosos o mujeres altaneras. Por otro,tampoco tendría propinas.
Pero tal vez y solo tal vez. la podría ver un publicitario, un productor del televisión, alguien buscando una estrella para una pelicula, dice el Sr. Stonefire, tratando de convencerla de ese horario de mandadero chino.
Tenia la intuiciòn de que los autos convocan a los ricos, y a los ambiciosos. El Plymouth Barracuda era soberbio y solo tenia que estar allí sobre la base que daba vueltas (muy lentamente, no se va a marear, dijo el Sr. Stonefire)  y era una gran oportunidad de ser vista como una joya. de ser descubierta como estrella.
Una joya arriba de otra joya.
Sonriendo, firmò el contrato y no leyò la letra chica. Cinco dias, una nada.
El traje de sirena le encajaba. Le pagaban una estilista, Y tenìa que estar dos horas antes de la apertura al publico,pero eso le daba ilusiòn.
Alguien de Plymouth la acomodò arriba del auto, cuidando de no rayarlo.
La exposiciòn estaba por abrir. Los flashes de las cámaras  las miradas de los hombres, el brillo de los autos, la vuelta de la base donde estaba fijo el auto, la exposición que daba vueltas, las risas de los hombres,las ganas de rascarse, de ir a mear,  el ruido de la feria, el calambre de las pantorrillas, la sed, las ganas de vomitar.
las ganas de huir de alli, las ganas de estar sirviendo pastel de manzana en el bar.
Todo estaba en su lugar, pero la feria daba vueltas como si fuera una calesita.
Siempre sonriendo, tal como indicò el Sr. Stonefire, Carol,  calzada en su traje de sirena, vomitó arriba del Plymouth barracuda la penultima vuelta  de la exposicion de autos de Detroit de 1963, con el cielo raso abajo y el piso arriba, el mundo dado vuelta.

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