SIRENAS AHOGADAS EN VODKA
EL BLOG DE NILDA

tomando café.

tomando café.

Marguerite Duras.

El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, siempre."

*Marguerite Duras, entrevista en Le Nouvel Observateur, 14 de noviembre de 1986.-

viernes, 30 de diciembre de 2011

Este será nuestro año.

Buscaba algo lindo para desearles feliz año nuevo, en realidad el poema que antecede a este post es mi deseo, que la luna nos de lo que nos merecemos, un poco de justicia con nuestras ganas.
La cancion de los Zombies es bellisima, inclusive le hice escuchar una version rara de Foo fighters que hay en el youtube a mi hijo que va a gastar una pequeña fortuna en ir a ver a los fufai a river.
Pero este video tiene algo hermoso que es lo que resiste al tiempo, lo que permanece. La belleza de la cancion por ej. Una cancion de cuando yo amasaba mocos, unas señoras como mis tias. TOdo permanece, todo se recicla.
Feliz vispera y queridos pescados que comparten la pecera conmigo 
ESTE SERA NUESTRO AÑO!!!


El calor de tu amor es
como el calor del sol
Y éste será nuestro ańo
Nos tomo un largo tiempo llegar
no me sueltes la mano
Ahora que la oscuridad se fue
Y éste será nuestro ańo
Tomó un largo tiempo
Y no voy a olvidar
la forma en que me levantaste cuando estaba caida
Y no voy a olvidar
la forma en que dijo:
'Darlin', Te amo "
Me hiciste tener fe y
todos ustedes saben que estamos allí
y estamos simplemente empezando
Este será nuestro ańo
Tomó un largo tiempo
El calor de tu sonrisa
sonreis para mi, pequeña
Y éste será nuestro ańo
Tomó un largo tiempo
No tenes que preocuparte
Los dias de preocuparse terminaron
Y éste será nuestro ańo
Tomó un largo tiempo
Y no voy a olvidar
la forma en que me levantaste cuando estaba abajo
Y no voy a olvidar
la forma en que dijiste
querida, te quiero

jueves, 29 de diciembre de 2011

mendigo en el borde del dia

No son las seis de la mañana
y en el anden hay un mendigo
acomodado sobre el colchon de  diarios,
tapado con fino polar.
A los vagabundos les gustan las estaciones de tren
El que yo veo esta loco
se paso la noche entera
tirandole piedras a la luna
gritando quedo
¡eh, luna puta, dame lo mio!
mientras chupaba vino del tetra.
Ahora duerme y sueña
una luna justiciera.

martes, 27 de diciembre de 2011

Lo que Persio sabe, mirando en perspectiva a los ganadores de la loteria turistica, o mutatis mutandis lo que nosotros podemos ver, mirandonos


Releyendo Los Premios, de Cortazar, me encuentro nuevamente con Persio, un corrector de pruebas, un tipo que vive en pensiones baratas del Oeste, y que tiene ciertas teorias ontologicas, metafisicas y en definitiva, que me quedan grandes.

El mira desde otro punto de vista, como si nosotros estuvieramos en el cuadro de Dali donde un jesus crucificado observa el mundo desde arriba.Un entomologo que mira a las hormigas, pero a su vez es hormiga
 Persio ve, y ve a la gente comun, en este caso a  las personas que se van a embarcar en el Malcom,  barco que esta dispuesto para llevar a los ganadores de la Loteria Turistica que fueron convocados al London, ese bar del microcentro, tan cerca de la Plaza de Mayo.
 Todo se ira al reverendo carajo, pero  eso 500 paginas mas adelante.

A poco de salir para el puerto en el London estan los habitues, los clientes de paso y tambien a los ganadores de los premios, es decir, de la Loteria Turistic
Persio es un invitado de favor llevado, por su amiga Claudia, que lo quiere con esa ternura blanda de las mujeres bellas por aquellos que nunca estaran en su cama,  por que piensa en que a ese pobre tipo bien se lo merece y que le vendria de perillas tres meses el mar, todo pago y con licencia en el laburo, y cheques de viajero, que ese es es el premio de Los Premios.

La cuestion es que eso que hace Persio me va de hacerlo yo, ahora, aca, con los del blog, con los del tuiter. 

... a Persio le va gustando aislar en la platina la breve constelacion de los que quedan, de los que han de viajar de veras. No sabe mas que ellos de las leyes del juego , pero siente que estan naciendo ahi mismo de cada uno de los jugadores, con en un tablero infinito entre adversarios mudos para alfiles y caballos como delfines y satiros juguetones. Cada jugada una naumaquia,(1) cada paso un rio de palabras o de lagrimas,cada casilla un grano de arena, un mar de sangre, una comedia de ardillas o un fracaso de juglares que ruedan por un prado de cascabeles y aplausos
Asi, un municipal concierto de buenas intenciones encaminadas a la beneficencia y quiza (sin saberlo con certeza) a una oscura ciencia en la que talla la suerte, el destino de los agraciados, ha hecho posible este congreso en el London, este pequeño ejercito del que Persio sospecha las cabeza de fila, los furrieles (2), los transfugas y quizas los heroes, atisba las distancias de acuario a mirador, los hielos del tiempo que separan una mirada de varon de una sonrisa vestida de rouge, la incalculable lejania de los destinos que de pronto se vuelven gavilla en una cita, la mezcla casi pudorosa de seres solos que se encuentran de pronto viniendo desde taxis y estaciones y amantes y bufetes, que son ya un solo cuerpo que aun no se reconoce, no sabe que es el extraño pretexto de una confusa saga que quiza en vano se cuente o no se cuente.



(1)Combate naval que como espectáculo se daba entre los antiguos romanos en un estanque o lago.
(2)Cabo que tiene a su cargo la distribución de suministros de determinadas unidades, así como el nombramiento del personal destinado al servicio de la tropa correspondiente.

Ademas, Persio esta mentado en el unico cuento mio que esta verdaderamente logrado, La joya del Atlantico.  Si insiste en mi cabeza es algo verdadero viene a contarme.

lunes, 26 de diciembre de 2011

retratos : Lo siniestro y lo familiar.

2012 Imagenen ese cuento (Tlon, uqbar ,Orbis Tertius) Borges dicen que los espejos y la copulacion - y en una segunda vuelta, la paternidad, son abominables porque duplican y divulgan  el universo que no es sino una ilusion.
La duplicacion es en si siniestra, eso familiar que se vuelve inquietante, monstruoso. Estas damas  de un cuadro del 1600, que esta en la Tate Gallerie de Londres son ominosas fundamentalmente porque te corre la gota fria de pensar de un par de mellizas que tengan al mismo tiempo sus crias, de tan armoniosos ritmos que dupliquen el artificio del vivir.
Las mellizas tiene algo de eso, Diane Arbus las retrata junto a freaks, debiles mentales, familias disfuncionales. Tambien retrata a Borges.
Este es el tal retrato
.

Las fotos te piden cuenta de lo que pensas ¿no es verdad? Inquietan, te tironean.  Es el ojo del que saca la foto o el ojo del que mira el que le da el sentido siniestro a la imagen?
A veces miro mis fotos, especialmente las muy viejas y encuentro un monton de sentidos nuevos a aquella que fui. Me busco como si la camara capturara algo que en el fragor del vivir se me hubiera escapado. No hay nada siniestro en esas fotos mias viejas, mas bien algo tranquilizador.Lo familiar que no se ha tornado siniestro.
menos mal.

ultimos dias del verano del dragon.

se acaba para todos y tambien para esta sirena que es Mono en el horoscopo chino el verano del año del Dragon. Tambien el año 2011, que sera recordado como el año que me dolieron los huesos. No hay que esperar ni el fin del verano del dragon ni el fin del 2011. La cosa es siempre ahora, la cosa es siempre ya. Solo tenemos  el presente.
(gracias pablo libre por recordarme al verano y al dragon)

sábado, 24 de diciembre de 2011

deseos de navidad

el primero y principal: que no esten solos. Digamoslo con todas las letras: que no se sientan solos independientemente si la pasan mirando la calle del balcon solos (pero pueden no estar solos porque sienten el aura de quienes los quieren bien) o pueden estar solos en una mesa larga como la de las propagandas de television.

Si no estan solos lo demas viene por decantacion.
Una vez, vaya a saber a titulo de que, escuche que los monos le lamian los genitales a los monitos recien nacidos y esto era como un impulso para vivir.O sea no bastaba con parirlos, habia que reconocerlos cria propia en este acto lamedor.
No se trata de lamer nada, pero todos necesitamos que nos consideren. Para vivir, eso.

feliz navidad.

jueves, 22 de diciembre de 2011

mañana este blog cumple dos años.

¿ Puede ser que haya parido un blog un dia antes de la nochebuena, atareada como habrè estado entre la fatiga del ama de casa que soy, el fin de año escolar, el frufru de armar las vacaciones, el trabajo de la unidad sanitaria, el otro blog  y  los calores del verano, treinta y tres grados a la sombra y la prisa del fin de año
¿ Que ansia, que esperanza habran generado ese fuego?

Sirenas ahogadas en vodka se iba a llamar sirenas ahogadas en mijo, porque me venia a la cabeza la escena del silo en Testigo en Peligro, donde los malos quedan ahogados en toneladas de grano que le caen encima en una persecusion de pelicula.

Recupero esa idea inicial para explicarme el blog en cierta sensacion de ahogo que buscaba salida.Cambie el titulo por la inconsistencia de poner a una sirena en un silo,y me deje llevar por la idea que las sirenas nadaban, que el vodka es parecida al agua y ambas no dejan resaca y por la perplejidad que hay en que si una sirena esta ahogada en vodka no se sabe si esta borracha o muerta.

 La palabra bitacora que algunos usan para hablar de los blogs personales no es adecuada, aunque refiere a algo marino. La palabra que yo usaria para hablar del sirena seria balsa, para salir del agua, para no ser ahogada.En  mijo, en agua, en vodka, en vaya a saber que cosa nos ahoga a las mujeres. La vida, claro.


El titulo quedo mas bello que el propio blog. Promete algo que no cumple, pero acaso el lenguaje no da la sensacion de algo que no se termina de decir, aunque fuera hecho para comunicar?

Este blog no comunica otra cosa que alguien (que es una sirena) ahogado escribe,  y  nada (nada de nadar, o nada de nada). Y ya se sabe, las sirenas no existen. Y Ulises se ato al mastil para gozar escuchandolas pero sin arriesgar un carajo.

Algunos dicen que su canto es maravilloso, otros dicen que chillan como Gremlings ¿a quien creerle?. A nadie, pavote ¿no te dije que las sirenas no existen?

Este blog, lo mas intimo, lo mas penoso, tiene algunos cuentos, algunas buenas fotos que yo no saque y me obligò a escribir poemas. y esta ahi, nadando (en la nada) para ayudarme a no ahogarme. Por que lo que no se dice, se intuye, por que lo que no se dice queda en el plexo solar y te ahoga. En vodka, en mijo, en nada.

tiremos confeti: sirenas ahogadas en vodka cumple 2 años. Mañana.

martes, 20 de diciembre de 2011

hablemos de La Salada, el parque balneario

Si uds. son jóvenes y no curtieron el sur entre el 65 y el 75 tienen excusas para no saber de que hablo. La moda era ir a la pileta. La pileta podían ser muchos lugares distintos. Para esta escribidora las piletas eran las del camino de cintura, algunas de esas eran de sindicatos, por ej. la de la UOM ¿quien no tenia algún amigo que trabajara en una metalúrgica? . O Villa Albertina y la Salada. También las piletas populares de Ezeiza, que venían del tiempo de Peron, donde hubo alguna vez una larga marcha. y ¡ también donde esta parque norte, estaba el rio entrando, apiletado, con su fondo blandengue de barro, las piletas de nuñez. !!
De eso tengo foto en biquini, juas, fiera venganza la del tiempo que hace ver deshecho, ya se sabe.
Se las prometo para que vean a la sirena en sus catorce, povereta!
Puro campo tenias que cruzar para llegar allì. Despues fueron puras villas. Entonces no, el suburbio de casas sin terminar, el camino negro y era como irse al campo.
La Salada, que hoy es un dolor en los huevos para funcionarios municipales y judiciales porque alberga (?) la mayor tienda a cielo abierto, un micromundo ferial donde todo se consigue barato y trucho y mejor que no hable de lo que no se. Si se que viven miles y miles de familias entre tenderos y fabricantes .
Hubo un tiempo que ahi había piletas enormes piletas del agua salada surgente como maná liquido de la tierra. Y la clase media baja (pero no tan baja, porque tenias resto para irte a la pileta un día, y hacer asado y comprar palito helado laponia y alquilar la mesa y los bancos y ademas la parrilla) se asolaba con su aceite de coco y yodo para tomar ese color caribe a pocos metros del riachuelo.
Y había un lago de barro blando, algo como clara de huevo, pero curativo, dicen. Y algunas personas grandes con pañuelos en la cabeza se embadurnaban con ese barro como te deben hacer en los spa, pero autonomamente.
Yo no se si eso era grasa, ir a las piletas en verano en el conurbano. Creo que fui profundamente feliz, arrancando hojas de los eucaliptos que sombreaban inmensos predios donde no necesitabamos demasiado, un hielito para la bebida, un sanguche de milanga para la tarde, un turno en la ducha helada para adecentarte a la hora de volver a casa, cansada y feliz de haberse tragado el sol a cucharadas sin saber que algun dia iba a haber algo que se llamara bloqueador.
Siempre se escuchaba música, siempre el agua primero estaba fría y después estaba linda, era la tarde de ayer...
las fotos no son mías, las saque de internet, pero de alguna manera son mi memoria.

domingo, 18 de diciembre de 2011

la sirena coja de Nijar.


No sucedió como lo contara  la mariquita con la piel del color de la aceituna y unos huevos tan grandes que no hubo guardia civil que lo callara (el niño sigue cantando). Ese chaval volvía luna y plata todo lo que tocaba, todo lo que cantaba.
Fue un poco distinto, pero básicamente hubo pasión, amor y sangre. Y muerte, claro.
¿las cosas se cuentan solas, país?
No, las historias están diseminadas como ácaros y el relato de las historias las hace épicas, banales o tal vez inolvidables.
Si el gran Entomologo le haría la gracia a que cada uno de nosotros tuviera un escriba que contara los cuentos como se sienten en la entraña, todas las historias pueden ser lorquianas
.Quiero decir,es de humano vivir  grandes relatos.
quien no tuvo un amor? eh?

La cuestión es que la Paquita quedo coja de un crujido en el culo que le dio su padre en la cuna. (la crónica lo registra: ¿un crujido?¿una patada, un golpe?) y de ahí en mas fue Paquita la coja, con el hueso de la cadera desubicado. Y dicen que fea, pero eso se lo dejamos a las lenguas de doble filo. Un primo se quiso escapar con ella el día de la boda y quedo muerto por balazos. No fue con navajas , pero a la sangre no le importo cual era la compuerta y salio de venas y arterias negra y final.

 Y como balada que estaba desde la infancia, a la coja y fea la pusieron en labores de monja y no de la tierra, nada del trigo y del esparto marcandole las manos, nada del sol bronceando la cara. Casi como una señorita, en las tareas de las manos, y quien sabe, quiza hasta de los libros. Y ya sabemos que los libros le vuelan los pajaritos a las mujeres, que deberian estar atendiendo señores y amamantando que para eso estamos.

Y en el año del señor 1928 se iba a casar con  un primo, pero huyo con otro.
La sirena lee con sorpresa que no murio ella, no fue la sirena coja y fea de Nijar la que se lleno de sangre por los amores indebidos como el mariquita nos quiso hacer creer

A el le gusta creer que las mujeres deben pagar, identificado con ese dolor de las mujeres, que ora estan pariendo, ora estan muriendo, siempre agujereadas, mulheres de athenas que se mesen los cabellos, ah tu melena negra querido Lorca, que nos cantantes en nuestro mas extremo registro y tanto te lo agradezco que me mostraste esas lunas, esas sangres cuando yo era barro tal vez, barro que se moldeaba y entonces supe de fragores y fue de una vez y para siempre y vos dormías tu muerte de sangre y balas en una zanja, y yo te canto y seguís vivo, guapo, majo, bendito el vientre que te pario y benditos los amores perros que te hicieron asi.

En Nijar, y en huida murió el novio  (la crónica periodística abunda en detalles) y la Paca, la hija del Fresco,  nunca fue a vivir con su marido, viuda para siempre de su novio muerto.La injuria fue hecha por dinero, que es como pasan estas cosas, por una hermana y un cuñado a los que esta huida les cagaba la hacienda.

Ella, la sirena se encerró (dios esta en los detalles) en una casa con once habitaciones blancas, guardando luto y encierro por la fuga frustrada. Para siempre. Y siguió viva 60 años después.

Claro que el crimen se podría contar como esos que vemos en TN, pero Lorca no nos hizo eso, sino que nos estalla la belleza en la jeta.

Estamos en la época de la caída de los grandes relatos, no porque no haya relatos que contar, sino porque hemos perdido la grandeza al contarlos.

Por eso para erotismo, nada como Lorca y este blog colabora con  dos versiones, la del diario El paìs que se sumerge en los hechos, esos impostores y en Bodas de Sangre, exceso entre los excesos, amada por las sirenas.
Con uds. un fragmento.

Novia:
Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!
Leonardo:
¡Calla, digo!
Novia:
Con los dientes,
con las manos, como puedas.
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Leonardo:
Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
Novia:
¡Pero ha de ser a la fuerza!
Leonardo:
¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
Novia:
Yo las bajé.
Leonardo:
¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
Novia:
Yo misma. Verdad.
Leonardo:
¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
Novia:
Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
Leonardo:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
Novia:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
Leonardo:
Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.

sábado, 17 de diciembre de 2011

sonrisas

que lindos que son tus dientes, le dijo la luna al sol, y el sol contesto sonriente, ¡me los limpio con odol!
Este reclame, como dicen los uruguayos, lo escuchaba por la radio cuando no podia cruzar la zanja sola, un sol sonriente.
Los niños le hacen cara al sol, bah,si te descuidas cualquier cosa tiene cara,  alcanza con mirar los dibujos animados. Y el gesto define.
La sonrisa, como gesto, es bastante ambigua, si se la descontextua.
Los idiotas sonrien, los perfidos sonrien (fijese ud, el Sr. Burns), los genuflexos y laderos sonrien (recuerdo aca la sonrisa de Lopez Rega), los inocentes sonrien.
Tambien, claro, los felices.
Las chicas que se sacan fotos compulsivamente para colgar en el facebook y antes en el fotolog tienen una sonrisa de mueca que combinan con boca haciendo pucherito y una pose retorcida, que solo queda bien porque tienen menos de 18. Después esos gestos darán patente de gato.

Uds. no tienen por que saberlo pero la femineidad esta muy emparentada con la estructura histérica (no en el sentido banal de las revistas de la tarde o los comentarios de la peluquería, lo digo en el sentido psicoanalítico fuerte). Una de las preguntas de la histeria es la de esa canción de divididos ¿que ves cuando me ves?
Una mina ayer me dijo que soy una mujer que sonríe. Alguna vez me lo dijeron los pacientes, y en las fotos, tal como las tenaggers, también lo hago. Ni siquiera me doy cuenta, esta en mi naturaleza. Yo creo que forma parte de mi luz  pero vaya a saber uno. Tal vez soy una imbecil, no crean que no lo he tenido en cuenta como escenario probable.
No tengo abuela para que aclare los tantos, mi analista es neutral y es inútil que le pregunte a mi vieja, que me diría algo horrible, seguro, y que ademas no sabe nada de sonrisas por que su cara de orto es una marca en el orillo.
en todo caso, sigamos la conseja, al mal tiempo, una sonrisa. Y por que es sabado, esta nublado y se me canta, un reggae,

miércoles, 14 de diciembre de 2011

a veces hay que aclarar.




Cómo están los tiempos
Quien no corre, vuela,
Y esto pasa en Francia
En Japón o en Viena
Porque hoy son los “puntos”
Armas de dos filos,
Y encontrás los vivos
En cualquier esquina...
Y como es mejor
Prevenir que curar,
Uno debe buscar
Para sí, la aliviada.
Procurá y hacé
Como yo, que aprendí,
A mirar debajo ´el agua
Una vez que me perdí.

Hay que aclarar... hay que aclarar
Porque aclarando, la vas pasando.
Hay que aclarar... sin olvidar
Que habiendo bultos queda menos claridad.
Hay que aclarar... y procurar
Que a río revuelto, no vayas muerto,
Hay que aclarar... y confirmar
Que cuentas claras, bien conservan la amistad.

No te fiés de nadie
Hoy te dan el dulce,
Y mañana, en cambio
Un traguito amargo.
No prestés la firma
Que uno luce el traje,
Y el que dio la fianza
Pagará el embargo...
Y si hablás de amor
Es mejor que callés,
Una vez me clavó
Con su flecha, Cupido;
Y al salir después
Del Civil, comprendí,
Que el que aclara
Es más claro
Y por eso canto así:

lunes, 12 de diciembre de 2011

Los blog se mueren pero los escritos quedan.

reptando por los blogroll ajenos hace un par de años llegue a Monstruos y Berenjenas, de Jorge Mux.  El cuento que tomè de allì, cumple con todos los requisitos que requiere el concepto de lo siniestro.Es lo ultimo que publicò allì, luego abandonò ese blog
Soy una gran lectora, o al menos lo era. Ahora estoy capturada por lo inmediato del tw, y entonces escribo menos y leo menos.
Este cuento insiste en mi memoria, es gracioso, tierno, da lastima. Y es terriblemente bizarro, lo cual es hermoso.
Hace dos años Jorge Mux escribio este cuento de iniciacion, que permanece insistentemente en mi memoria. Lo efimero es efimero, pero no tanto.
Gracias, Monstruos y berenjenas, gracias Jorge Mux, bloguero.

lunes 21 de diciembre de 2009


Divina sensualidad

A los nueve años mis compañeros de grado y mis amigos del barrio iban a catecismo y de vez en cuando uno de los curas les hacía levantar la remera para acariciarles el ombligo y pasar sus labios por las pancitas lampiñas. Por esa misma época, había un muchacho de mirada vidriosa, de unos once o doce años, que cada tanto pasaba por nuestra calle y nos tocaba el culo sin disimulo y con deleite evidente. También, un señor del barrio que era gasista o plomero a veces jugaba a la lucha con nosotros y nos mordía. Pero esas cosas no nos parecían aberrantes, porque no tenían nada que ver con el sexo. 
El sexo –según sabíamos a esa edad- era algo que se hacía entre un hombre y una mujer, e involucraba al pene y a la misteriosa y mítica vagina. Los besos en la boca tenían algo que ver. En cambio, besar un ombligo, tocar el culo o morderse entre hombres podían ser conductas raras, pero jamás las asociaríamos a algo sexual. No había penes, no había desnudez del torso para abajo, ni besos de lengua.
Cuando yo tenía nueve años no existía el acceso a la pornografía. No cabía la mínima posibilidad de representarme qué era exactamente el sexo. Las escuelas tenían prohibido hablar del aparato reproductivo –las palabras “gónada” y “vulva” no debían siquiera mencionarse- y lo más excitante que podía verse en televisión eran las piernas de Luisa Albinoni, si nuestros padres dejaban que nos quedáramos hasta después del horario de protección al menor. El sexo, para nosotros, era un misterio alrededor del cual tejíamos todo tipo de increíbles y complicadas fabulaciones. 
Teníamos un serio problema con el lenguaje en esa época. La palabra “coger” era accesible, breve y efectiva –particularmente, para insultar- pero no sabíamos bien qué era eso de “coger”. Mi amigo Martín resumía el proceso de coger en la siguiente explicación: “Encontrás una mina, te la chapás, se te para la pija, a ella se le abre la concha y te la cogés”. He ahí un método de cinco pasos en el cual el último decisivo eslabón permanece en el misterio más profundo: ¿qué demonios es “coger”? 
Martín, vecino y compañero de cuarto grado, presumía de su precocidad contando historias de sus encuentros sexuales con primas mayores o con compañeras de inglés. Siempre –según sus relatos- se seguía el método de cinco pasos, aunque de vez en cuando daba detalles del misterio. Hoy puedo recordar esos detalles con una tierna sonrisa. Martín se esforzaba por inventarnos una historia verosímil acerca de los procesos fisiológicos del hombre y de la mujer cuando están cogiendo. La cuestión era que él, como nosotros, no tenía la menor idea de lo que significaba coger. “Después de chapar, te le tirás encima. Están una o dos horas así sin moverse hasta que ella te toca la poronga y empieza a gritar” Para entender esta historia no hace falta suponer que los dos participantes tienen un contacto piel con piel: lo esencial es que el hombre se tire encima de la mujer y que alguno de ellos comience a gritar. A mí me parecía algo aburrido y sin sentido. Sin embargo, en esa historia se filtraba algo que al poco tiempo iba a ser el rumor más escandaloso. ¿Por qué en el sexo había gritos? La única respuesta posible era: porque el sexo duele. Todos sabíamos lo delicada que es la piel del pene y qué fácil resultaba pasparse o lastimarse con el mínimo roce. Si el pene cumplía alguna otra función además de orinar, esa función debía conllevar una experiencia dolorosa. 
Por esa época nos obsesionaba el dolor del sexo. Nosotros mismos jugábamos con nuestro pene (todavía sin saber bien qué hacer con él); nos tocábamos, entrábamos en erección y descubríamos que los sensibles pliegues internos del prepucio se irritaban y ardían al mínimo contacto con las manos. Existían, además, trabajosas fabulaciones acerca de lo que le ocurrió al primo de un amigo de un conocido: se tocó tanto el pene que comenzó a sangrar y hubo que llevarlo a una guardia médica, donde le amputaron el miembro. En otras versiones, la amputación venía como consecuencia de haber tenido sexo con una mujer. En todos los casos, las derivaciones y secuelas del sexo eran problemáticas y poco atractivas. 
A esa edad nos quedaba claro que los hijos se gestaban a partir del sexo. Por lo tanto, éramos capaces de deducir cuántas veces una pareja había tenido sexo a partir de la cantidad de hijos: tres hijos, tres veces sexo. Era raro que alguien tuviera más de cinco o seis hijos (eso en casos límite); por lo general las familias que conocíamos tenían hasta tres hijos. Eso era un buen indicador de que el sexo era algo que se ejecutaba pocas veces en la vida, debido, quizás, al dolor que provocaba. Asumíamos que las personas de más de cincuenta años no tenían sexo (y no deseaban tenerlo, desde luego) porque nunca nos encontrábamos con cincuentonas embarazadas.
Cuando terminamos las clases de cuarto grado, Martín y yo nos seguimos viendo para jugar a la pelota o a la bolita. En ese verano él comenzó a tener una extraña fantasía platónica: se había enamorado de una monja muy joven que vivía en un convento a dos cuadras de mi casa, y me aseguraba que ella, a su vez, le mostraba cierto interés. Martín aparentaba tal vez uno o dos años más, pero parecía desquiciado pretender algo con una mujer adulta que usaba hábitos grises y que no mostraba un solo indicio de sensualidad con ese aparatoso y sofocante vestuario. La monjita pasaba todas las tardes por la esquina de mi casa, y yo la podía ver con detalle: tal vez no era tan joven, y su rostro poceado de viruela tenía una profunda amargura. No podía dejar de mirarla: quería entender qué había encontrado Martín en ella, y todo lo que conseguía era impresiones de tristeza y asco. “El otro día se levantó la sotana y me dejó verle el culo”, me contaba orgulloso Martín, fingiendo –o tal vez no- que había entrado al convento con la excusa de ayudar a la hermana a hacer unos mandados. “¡Me mostró el culo, Jorge!”, repetía triunfal. “Claro, casi me la cojo, pero justo venían las monjas viejas y tuve que salir cagando”. 
La tarde del veintiuno de diciembre hacía un calor espeso, casi viscoso. La monjita pasó por la esquina de mi casa. Martín estaba conmigo y allí ocurrió algo insólito: ella disminuía el paso y se levantaba el hábito con disimulo para dejar al descubierto la parte inferior de la rodilla. Se mordía levemente el labio y dirigía a Martín una mirada perversa o cómplice. Luego siguió su paso. Martín, muy excitado, decidió que la siguiéramos a unos veinte o treinta metros de distancia. Llegamos hasta la entrada del convento. Sin disimulo, la monjita se daba vuelta y hacía algún gesto. “Está conmigo. Hoy me la cojo”, repetía Martín casi a los gritos. 
La monja llegó al convento y entró. Martín decidió entrar después de unos instantes de impaciencia e indecisión. La puerta estaba abierta. Yo me quedé afuera y, durante los veinte minutos en que estuve solo, el cielo se nubló, se desató un chaparrón, se dejó ver un arco iris y volvió a salir el sol. Cuando un rayo tibio de sol iluminó la puerta del convento, Martín salió con paso lento y una expresión de horror. 
- Me la cogí nomás – dijo apurado y casi sin voz. 
Durante un buen rato no quiso hablar sobre el tema. Eran las cinco de la tarde; íbamos a tomar una leche chocolatada a mi casa; luego jugaríamos a la escondida con los otros chicos, y Martín se había cogido a una monja y no quería hablar. 
Al atardecer de ese larguísimo día por fin dijo las primeras palabras sobre el tema. 
- Coger es horrible. 
Le pregunté qué le había pasado. Después de todo, él ya sabía desde antes lo que era “coger”. 
- Jorge, lo que te decía era todo bolazo. Esta es la primera vez que cogí en mi vida. Y no tiene nada que ver con lo que creíamos. 
En ese momento me contó los detalles.
- La monja se bajó un poco el hábito y me hizo lamerle las tetas. Tenía las tetas llenas de venas azules. Una teta era muy larga, como llena de pocitos y cada tanto chorreaba un líquido rojo. Yo le decía que no, pero ella me agarró más fuerte y me apretó. Después se sacó toda la ropa. Abajo tenía todo peludo, como un oso, y de la panza hasta la rodilla había una especie de pelota verdosa que latía. Entonces me bajó los pantalones y el calzoncillo, me agarró el pito y se lo acercó como acariciándose la cosa verde. Cuando me pude zafar le di una patada y me gritó que quería más, que la siguiera pateando. Chillaba como una rata vieja y enorme. Entonces traté de salir corriendo. 
Hubo un silencio largo. Por primera vez tenía la sensación de que Martín hablaba en serio. El espanto que sentía nos daba la pauta precisa: coger era horrible. 
- Pero eso no fue todo, Jorge. Cuando salía de ahí, me agarraron dos monjas viejas y me dijeron algo espantoso. No sé cómo se lo voy a contar a mis viejos. 
“No sé cómo se lo voy a contar”, repetía. 
- Me dijeron que la dejé embarazada. Me dijeron que, por mi forma de coger, dentro de poco se me va a caer la poronga, me voy a convertir en mujer y cuando sea grande voy a querer ser monja como ellas. 
Mientras llegaba la noche nos quedamos en silencio, sentados en el borde de un cantero. Martín lloró un momento y siguió repitiendo detalles. Durante un rato nos pusimos a evaluar qué tan cierta podía ser la advertencia de las monjas viejas. Antes de irnos a cenar cada cual a su casa, y tal vez para darse un poco de valor, Martín se animó a ser tímidamente escéptico y me preguntó:
- ¿Cómo voy a querer ser monja si a mí no me gusta ni coger?

domingo, 11 de diciembre de 2011

La decencia. Comentarios sobre el saquito de banlon en un viejo post.

Dijo Grace
Las locardas se ponían la camperita del conjunto de banlon al revés, prendida atrás. Y nuestras madres decían que eso lo hacían las putarracas. Yo recibí algún sopapo por hacer eso, digo, prenderme al revés la camperita del conjunto Cualycron de Tycora (así se llamaba, creo) Dígame, cómo no crecer si enfrente teníamos esos engendros. Cómo no hacernos grandes si teníamos que pelear todos los días contra los lugares comunes impuestos. Que eso es lo que falta hoy, cuando madres, padres, hijos y hasta abuelos viven en una adolescencia eterna y etérea. Y nadie les dice: mirá la Carmencita qué juiciosa, qué limpita, esa sí que es una nena.-

nilda dijo...

yo creo que no llegue a tener saquito de banlon cuando fui adolescente. Ud. (perdoneme que lo señale) tiene la edad de mi prima, aunque sea melliza mia.
cualicron de tycora,jajajjajaj
ese banlon se agujereaba con la ceniza de los cigarrillos aaay!!!! se me quemo el banlon.
pero no joda, ud. era de la fede y maestra normal, lo que se dice un doble agente.

sirenaahogada dijo...

grace, la carmencita debe existir de verdad, lo leo y me rio.
Yo tenia algunos ejemplos, mariacristinabuscemi, por ej. o la chica esta que llevaba moño en la cabeza y nunca se le caian las medias.
Todas las que se casaron virgenes y usaban enagua...
no fui buena.No señor.

Laura dijo...

Mi vieja quería ser Doris Day. Tener una casita Doris day, una sonrisa, una alegría con flores rosa, todo rosita, empalagosamente Doris Day. En plena crisis adolescente, en medio de reproches para que fuera una chica buena y no saliera tanto, no contestara, y me portara "bien" me acuerdo haberle escupido: "Sabés qué? Me tenés podrida: Doris Day es una vieja borracha, drogona y reventada...." Creo que le produje una crisis de identidad...Mina perra, la verdá

grace dijo...

Yo seré una doble agente, pero usté y su amiga Laura son unas terribles malas hijas. Mire que decirle a su santa madre que la Doris era una borracha. Y eso que todavía no sabíamos que sólo filmaba películas con el Rojáson, que me resultó un maricón, tan bonito que parecía.

viruta dijo...

hay palabras mágicas, como banlon y simulcop. o como balero, mis ladrillos y mecano.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Robert Desnos (poeta surrealista, para Tuñon) No hay manera de equivocarse de camino

Mi querido González Tuñón
Cric et crac
Y el agua corre sin saber
adonde va
 
Pero no hay manera de equivocarse
de camino.
Nosotros vamos en la misma dirección
Pero yo te digo no es a la muerte
Es a la vida adonde vamos
No a la vida eterna bien seguro
Pero a la vida

Y yo no daría un solo minuto
De nuestras vidas
Por un siglo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

el mar

el dibujo es de Liniers y tranquilamente podria ser yo, claro, de niña. O tal vez ahora mismo.
hagamos el esfuerzo, la vieja suicida Alfonsina lo merece. Saquemosle la necesidad de rima de la autora, saquemos la enagua de armar el vestido del poema y metamos las patas en este mar, para encontrar su tuetano, chupemos el caracù de estos versos, hagamos el intento: Ella no hizo retòrica unicamente, ella era una vera sirena por eso se volvio al mar para dormir la muerte.

Oh mar, enorme mar, corazón fiero 
De ritmo desigual, corazón malo, 
Yo soy más blanda que ese pobre palo 
Que se pudre en tus ondas prisionero. 

Oh mar, dame tu cólera tremenda, 
Yo me pasé la vida perdonando, 
Porque entendía, mar, yo me fui dando: 
«Piedad, piedad para el que más ofenda». 

Vulgaridad, vulgaridad me acosa. 
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre. 
Hazme tener tu cólera sin nombre: 
Ya me fatiga esta misión de rosa. 

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena, 
Me falta el aire y donde falta quedo, 
Quisiera no entender, pero no puedo: 
Es la vulgaridad que me envenena. 

Me empobrecí porque entender abruma, 
Me empobrecí porque entender sofoca, 
¡Bendecida la fuerza de la roca! 
Yo tengo el corazón como la espuma. 

Mar, yo soñaba ser como tú eres, 
Allá en las tardes que la vida mía 
Bajo las horas cálidas se abría... 
Ah, yo soñaba ser como tú eres. 

Mírame aquí, pequeña, miserable, 
Todo dolor me vence, todo sueño; 
Mar, dame, dame el inefable empeño 
De tornarme soberbia, inalcanzable. 

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza. 
¡Aire de mar!... ¡Oh, tempestad! ¡Oh enojo! 
Desdichada de mí, soy un abrojo, 
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza. 

Y el alma mía es como el mar, es eso, 
Ah, la ciudad la pudre y la equivoca; 
Pequeña vida que dolor provoca, 
¡Que pueda libertarme de su peso! 

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele... 
La vida mía debió ser horrible, 
Debió ser una arteria incontenible 
Y apenas es cicatriz que siempre duele.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Llamen a Moe, que Larry esta en cualquiera.... TE VAN A TITILAR los pelos del pubis.



Hoy regresé, temprano a mi saca
y a Larry encontré en plena resaca
todo esto pasó
ya no tiene excusas
Larry es vicioso
vive de partusas

Coro:

Llamen a Moe, que Larry está en cualquiera
anda con flacos y le da a la ginebra

GRACIAS, CAPUSO, GRACIAS CERATTI. TODO PASA, MENOS LA ALEGRIA.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

post baboso solo para mujeres que se tapan las canas con tintura.

Cuando una se viene grande y ve hermosos hombres por la via publica y se da cuenta que tienen la edad de los hijos, cierto pudonor y apelacion a la honra maternal arruina la cosa.
Entonces queda el yeite de mirar a los tipos de tu generacion, que tal como vos misma, estan hechos percha. O tal vez apelar a la memoria emotiva y recordar como eran los que estaban buenos, entonces.
Sostengo que el tw es un vicio infame, que no sirve para na. Pero hoy @lameibel aportó este sensible video, para bien de todas las que vamos mas seguido al medico que a bailar, belleza de los setenta, al palo.

Los hombres de mi generacion lucian así. Este es david gilmour, de pink floyd. Saquen el audio, se trata solo de mirar babosamente.

martes, 6 de diciembre de 2011

Los pibes vandalos: arruinar cosas hermosas,

La crueldad hace su tarea, y como zombies infectados de falta de amor, los pibes se convierten en violentos. Por que si, parecen decir, pero no es porque si.
En la literatura hay montones de relatos. Me acuerdo uno del buen Ray Bradbury que trataba de realidades virtuales (no habia entonces) donde los hijos interactuaban con imagenes proyectadas en las paredes y que para no hacerla larga, logran que sus padres queden atrapados entre leones y cierran la puerta.
Tambien La Naranja mecanica, o la premiada El señor de las Moscas.
Hoy pongo un gran relato de Graham Greene. Me costo mucho encontrarlo. Se llama Los destructores y me parece que lo he leido en una antologia de Borges y Bioy de los mejores cuentos policiales, hace años.

Es largo, pero es bueno.La traduccion es una mierda, lo intevendria desde todos lados, pero no es licito hacer una adaptacion desde ese castellano del orto a mi argentino sonoro. No lo hago, pero tengo ganas¿ eh?

Los destructores

Fue en la víspera del feriado bancario de agosto que el último recluta se convirtió en líder de la Pandilla de Wormsley Common. Nadie se sorprendió excepto Mike, pero a los nueve años de edad Mike se sorprendía por todo. "Si no cierras la boca" le dijo alguien una vez, "un sapo te entrará por ella". Después de eso Mike mantenía los dientes apretados con fuerza salvo cuando la sorpresa era demasiado grande.
El nuevo recluta había estado en la pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y había en su silencio meditativo posibilidades que todos reconocían. Jamás desperdiciaba una palabra ni siquiera para decir su nombre hasta que las reglas se lo exigían. Cuando dijo "Trevor", fue la declaración de un hecho, no, como hubiera sido con los otros, una declaración de vergüenza o desafío. Ni tampoco rió nadie, excepto Mike, quien, cuando se dio cuenta de que se encontraba sin apoyo y cuando vio la mirada oscura del recién llegado, abrió la boca y volvió a callarse. Había todas las razones por las que T., como se lo nombró a partir de ese momento, debía haber sido objeto de burla; estaba su nombre (y lo reemplazaron por la inicial porque de otra manera no habrían tenido excusa para no reírse de él), el hecho de que su padre, ex arquitecto y actual empleado administrativo, había "descendido en su posición social" y que su madre se consideraba mejor que los vecinos. ¿Qué sino una extraña cualidad de peligro, de lo impredecible, lo estableció en la pandilla sin tener que pasar por ninguna innoble ceremonia de iniciación?
La pandilla se reunía todas las mañanas en una improvisada playa de estacionamiento, el sitio donde había caído la última bomba del primer bombardeo. El líder, a quien conocían como Blackie, sostenía haber oído cuando cayó, y nadie tenía las fechas lo suficientemente precisas como para señalar que en ese momento él debía haber tenido un año de edad y debía haber estado profundamente dormido en el andén de la Estación de Subterráneos de Wormsley Common. A un lado de la playa de estacionamiento se inclinaba la primera casa ocupada, la número 3, de la destrozada Northwood Terrace; se inclinaba literalmente, puesto que había sido afectada por el estallido de la bomba y las paredes laterales estaban sostenidas por puntales de madera. Más allá había caído una bomba más pequeña y bombas incendiarias, de manera que la casa se mantenía en pie como un diente mellado y se continuaba en las ruinas linderas de su vecina, un friso, los restos de una chimenea. T., cuyas palabras estaban casi restringidas a votar "sí" o "no" para el plan de operaciones que cada día proponía Blackie, una vez sobresaltó a toda la banda cuando dijo, cavilante:
-Esa casa la construyó Wren, dice mi padre.
-¿Quién es Wren?
-El hombre que construyó la catedral de St. Paul.
-¿A quién le importa? -dijo Blackie-. Es del Viejo Miseria.
El Viejo Miseria -cuyo verdadero nombre era Thomas-había sido una vez un constructor y decorador. Vivía solo en la casa lisiada, ocupándose de sus cosas: una vez por semana se lo podía ver regresando por el terreno público con pan y verduras, y en una ocasión, cuando los chicos jugaban en la playa de estacionamiento, asomó la cabeza por encima de la quebrada pared de su jardín y los miró. -Estaba en el lavatorio -dijo uno de los chicos, porque era de público conocimiento que desde que cayeron las bombas algo andaba mal con las cañerías de la casa y el Viejo Miseria era demasiado avaro como para invertir dinero en la propiedad. Podía ocuparse de redecorar él mismo a precio de costo, pero jamás había aprendido plomería. El lavatorio era un cobertizo de madera en el fondo del angosto jardín con un agujero en forma de estrella en la puerta: había esquivado el estallido que aplastó la casa de al lado y que hizo volar los marcos de las ventanas de la número 3.
La siguiente ocasión en que la pandilla notó al Sr. Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike y un chico delgado y amarillo, a quien por alguna razón se lo llamaba por el apellido, Summers, se encontraron con él en el terreno común, cuando volvía del mercado. El Sr. Thomas los detuvo. Dijo de manera hosca:
-¿Ustedes son de ese grupo que juega en la playa de estacionamiento?
Mike estaba a punto de contestar cuando Blackie se lo impidió. Como líder, tenía responsabilidades. -¿Y si lo fuéramos? -dijo con ambigüedad. -Tengo algunos chocolates -dijo el Sr. Thomas-. A mí no me gustan. Aquí tienen. No alcanzan para repartir a todos, supongo. Nunca alcanza -agregó con sombría convicción. Les dio tres paquetes de Smarties.
La pandilla quedó desconcertada y perturbada por ese acto y trató de encontrar alguna explicación que disminuyera su importancia.
-Seguro que se le cayeron a alguien y él los recogió -sugirió uno.
-Los robó y después le agarró un miedo terrible -pensó otro en voz alta.
-Es un soborno -dijo Summers-. Quiere que dejemos de lanzar la pelota contra la pared de su casa.
-Le mostraremos que no aceptamos sobornos -dijo Blackie, y sacrificaron toda la mañana al juego de lanzar la pelota, que sólo Mike tenía la edad lo suficientemente corta como para disfrutar. No hubo señales del Sr. Thomas.
Al día siguiente T. los asombró a todos. Había llegado tarde a la reunión, y la votación para las actividades de ese día tuvo lugar sin él. De acuerdo con la sugerencia de Blackie la pandilla se dispersaría en pares, se subiría a los ómnibus al azar para ver cuántos viajes gratis podrían obtener de guardias descuidados (la operación se llevaría a cabo de a pares para evitar que alguien hiciera trampa). Estaban sorteando los compañeros cuando llegó T.
-¿Dónde estabas, T.? -preguntó Blackie-. Ahora no puedes votar. Ya conoces las reglas.
-Estaba allí -dijo T. Miró el suelo, como si tuviera ideas que ocultar.
-¿Dónde?
-En lo del Viejo Miseria.
La boca de Mike se abrió y después se cerró apresuradamente con un chasquido. Se había acordado del sapo.
-¿En lo del Viejo Miseria? -dijo Blackie. No había nada en las reglas que lo impidiera, pero tenía la sensación de que T. estaba pisando terreno peligroso. Preguntó, con esperanza:
-¿Entraste?
-No. Toqué el timbre.
-¿Y qué dijiste?
-Dije que quería ver la casa.
-¿Él qué hizo?
-Me la mostró.
-¿Robaste algo?
-No.
-¿Para qué lo hiciste entonces?
La pandilla se había reunido alrededor: era como si estuviera a punto de formarse una corte improvisada para tratar un caso de desvío. T. dijo: "Es una casa hermosa", y sin dejar de vigilar el suelo, sin mirar a nadie a los ojos, se lamió los labios, primero para un lado, después para el otro.
-¿Qué quieres decir con que es una casa hermosa? -preguntó Blackie con sorna.
-Tiene una escalera de doscientos años de antigüedad, como un sacacorchos. No está sostenida por nada.
-¿Qué quieres decir con que no está sostenida por nada?
¿Flota?
-Tiene que ver con fuerzas opuestas, dijo el Viejo Miseria.
-¿Qué más?
-Hay paneles.
-¿Como en el Blue Boar?
-De doscientos años.
-¿El Viejo Miseria tiene doscientos años?
Mike se rió de pronto y luego se quedó callado otra vez. El ánimo de la reunión era serio. Por primera vez, desde que T. había entrado en la playa de estacionamiento el primer día de las vacaciones, su posición estaba en peligro. Sólo se necesitaba que se mencionara una única vez su nombre y la pandilla se le echaría encima.
-¿Para qué lo hiciste? -preguntó Blackie. Él era justo, no sentía celos, estaba ansioso por conservar a T. en la pandilla si podía. Era la palabra "hermosa" lo que le preocupaba; pertenecía al mundo de una clase que todavía podía verse parodiada en el Wormsley Common Empire por un hombre que llevaba un sombrero alto y un monóculo, y hablaba con un acento vacilante. Estuvo tentado de decir: "Mi querido Trevor, viejo amigo" y soltarles la rienda a sus sabuesos infernales.
-Si hubieras entrado por la fuerza -dijo con tristeza...-eso sí hubiera sido una actividad digna de la pandilla.
-Esto era mejor -dijo T.-. Averigüé cosas.
Continuó mirándose fijamente los pies, sin mirar a nadie a los ojos, como si estuviera absorto en un sueño que no estaba dispuesto a -o que le daba vergüenza- compartir.
-¿Qué cosas?
-El Viejo Miseria va a estar fuera todo el día de mañana y el feriado bancario. Blackie dijo con alivio:
-¿Quieres decir que podríamos entrar por la fuerza?
-¿Y robar cosas? -preguntó alguien.
Blackie dijo:
-Nadie va a robar cosas. Entrar por la fuerza... con eso alcanza, ¿verdad? No queremos ninguna cuestión legal.
-Yo no quiero robar nada -dijo T. -. Tengo una idea mejor.
-¿Cuál es?
T. levantó los ojos, tan grises y perturbados como ese descolorido día de agosto.
-La derribaremos -dijo-. La destruiremos.
Blackie lanzó un solitario grito de risa y entonces, como Mike, se quedó callado, intimidado por esa mirada seria e implacable.
-¿Y qué va a hacer la policía todo ese tiempo? -dijo.
-No se enterarían. Lo haríamos desde adentro. Encontré una forma de entrar.
Con una especie de intensidad, dijo:
-Seríamos como gusanos, ven, en una manzana. Cuando volvamos a salir no quedará nada, ni escaleras, ni paneles, nada excepto las paredes, y entonces haríamos que las paredes se derrumben, de alguna manera.
-Iríamos a la cárcel -dijo Blackie.
-¿Quién va a probarlo? Y de todas maneras no robaríamos nada.
Con un ligerísimo parpadeo de gozo, agregó:
-No habría nada para robar cuando hubiéramos terminado.
-Nunca oí que alguien fuera a prisión por romper cosas -dijo Summers.
-No habría tiempo -dijo Blackie-. Yo he visto trabajar a los que derriban casas.
-Nosotros somos doce -dijo T.-. Nos organizaríamos.
-Ninguno de nosotros sabe cómo...
-Yo sí sé -dijo T. y dirigió la mirada a Blackie-. ¿Tú tienes un plan mejor?
-Hoy -dijo Mike sin tacto-, vamos a colarnos en los ómnibus y viajar gratis...
-Viajar gratis -dijo T-. Cosas de niños. Puedes apartarte, Blackie, si es lo que prefieres...
-La pandilla tiene que votar. -Entonces somételo a votación. Blackie dijo, incómodo:
-Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del Viejo Miseria.
-Yo, yo -dijo un chico gordo llamado Joe.
-¿Quién está a favor? T dijo:
-Está aprobado.
-¿Cómo empezamos? -preguntó Summers.
-Él va a explicarlo -dijo Blackie. Era el fin de su liderazgo. Se alejó hacia la parte posterior de la playa de estacionamiento y comenzó a patear una piedra, haciéndola volverse hacia un lado y hacia otro. En la playa sólo había un viejo Morris, ya que quedaban pocos vehículos allí, salvo camiones: sin un guardia, no había seguridad. Lanzó una patada al auto e hizo saltar un poco de pintura del guardabarros trasero. Más allá, sin prestarle más atención que la que se daría a un desconocido, la pandilla había rodeado a T.; Blackie era oscuramente consciente del cambio de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores ambulantes de frutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo Miseria.
T. estaba dando órdenes con decisión: era como si ese plan hubiera estado en su cabeza durante toda su vida, analizado a través de las estaciones, ahora en su decimoquinto año cristalizado con los dolores de la pubertad.
-Tú -le dijo a Mike- trae algunos clavos grandes, los más grandes que puedas encontrar, y un martillo. Todos los que puedan mejor que traigan un martillo y un destornillador. Necesitaremos muchos. Formones también. Eso nunca está de más. ¿Alguien puede traer un serrucho?
-Yo puedo -dijo Mike.
-No un serrucho de juguete -dijo T- uno de verdad.
Blackie se dio cuenta de que había levantado la mano como cualquier miembro común de la pandilla.
-Correcto, tráelo tú, Blackie. Pero ahora tenemos una dificultad. Precisamos una sierra.
-¿Qué es una sierra? -preguntó alguien.
-Podemos comprar una en Woolworth's -dijo Summers.
El chico gordo llamado Joe dijo con melancolía:
-Yo sabía que esto terminaría con una colecta.
-Yo mismo conseguiré una -dijo T-. No quiero tu dinero. Pero no puedo comprar una maza.
Blackie dijo:
-Están trabajando en la número 15. Sé dónde van a dejar las herramientas durante el feriado bancario.
-Entonces eso es todo -dijo T-. Nos encontraremos aquí a las nueve en punto.
-Yo tengo que ir a la iglesia -dijo Mike.
-Asómate por encima de la pared y silba. Te dejaremos entrar.

II



El domingo a la mañana todos llegaron puntualmente excepto Blackie, incluso Mike. Mike había tenido un golpe de suerte. Su madre había caído enferma, su padre estaba cansado después de la noche del sábado, y le habían dicho que fuera a la iglesia solo, con toda clase de advertencias sobre lo que le sucedería si se desviaba. Blackie había tenido dificultades para sacar el serrucho, y después para encontrar una maza en los fondos de la número 15. Se acercó a la casa desde una calleja que daba a la parte posterior del jardín, por miedo a la recorrida del policía en la calle principal. La cansada vegetación perenne mantenía a raya un sol de tormenta; en el Atlántico se estaba formando otro feriado mojado, que empezaba con remolinos de polvo debajo de los árboles. Blackie trepó por la pared hacia el jardín de Miseria.
No había señales de nadie por ningún lado. El lavatorio se destacaba como una tumba en un cementerio abandonado. Las cortinas estaban cerradas. La casa dormía. Blackie se acercó con el serrucho y la maza. Tal vez después de todo no se había presentado nadie: el plan había sido una invención descabellada: se habían despertado más sabios. Pero cuando se aproximó a la puerta cerrada pudo oír una confusión de sonidos apenas más fuertes que un enjambre en una colmena: un clíketi clack, un bangbang, una raspadura, un crujido, un repentino y doloroso estrépito de rotura. Pensó: es cierto, y silbó.
Le abrieron la puerta trasera y entró. De inmediato tuvo la impresión de organización, muy diferente de la atmósfera de libertad que existía bajo su liderazgo. Durante un rato vagabundeó subiendo y bajando las escaleras buscando a T. Nadie le dirigió la palabra: tuvo la sensación de una gran urgencia, y ya podía comenzar a entender el plan. Estaban demoliendo cuidadosamente el interior de la casa sin tocar las paredes. Summers, con un martillo y un formón, estaba arrancando los zócalos del piso del comedor: ya había destruido los paneles de la puerta. En el mismo cuarto Joe estaba levantando los bloques del parquet, dejando al descubierto las tablas de madera blanda del piso que estaban encima del sótano. De los zócalos dañados se desprendían rollos de cables y Mike estaba sentado alegremente en el suelo, cortando los cables.
En lo alto de la escalera curva había dos miembros de la pandilla dedicándose con esfuerzo al pasamanos con un inadecuado serrucho de juguete; cuando vieron el gran serrucho de Blackie se lo pidieron con una señal y sin decir palabra. Cuando los volvió a ver ya habían arrojado en el vestíbulo un cuarto del pasamanos. Finalmente encontró a T. en el cuarto de baño; estaba sentado con expresión de malhumor en el lugar de la casa al que menos importancia se le daba, escuchando los sonidos que venían de abajo.
-Lo hiciste de verdad -dijo Blackie con reverencia-. ¿Qué va a pasar?
-Recién empezamos -dijo T. Miró la maza y le dio instrucciones-. Tú quédate aquí y rompe la bañadera y la pileta. No te preocupes por las cañerías. Nos encargaremos de ellas más tarde.
Mike apareció por la puerta.
-Ya he terminado con los cables, T -dijo.
-Bien. Ahora sólo tienes que dar vueltas por ahí. La cocina está en el sótano. Destroza toda la porcelana y las copas y las botellas que puedas encontrar. No abras las canillas, no nos conviene que haya una inundación, aún no. Después entra en todas las habitaciones y da vuelta los cajones. Si están cerrados con llave haz que uno de los otros los abra a golpes. Rompe todos los papeles que encuentres y destroza todos los adornos. Mejor que tomes un cuchillo de cortar carne de la cocina. El dormitorio está ahí enfrente. Abre las almohadas y corta las sábanas. Eso es suficiente por el momento. Y tú, Blackie, cuando hayas terminado aquí quiebra el yeso del pasaje de arriba con la maza.
-¿Tú qué vas a hacer? -preguntó Blackie.
-Estoy buscando algo especial -dijo T
Se hizo casi la hora del almuerzo antes de que Blackie hubiera terminado y fuera a buscar a T El caos había avanzado. La cocina era un revoltijo de vidrios y porcelanas rotas. En el comedor habían quitado todo el parquet, los zócalos estaban levantados, habían quitado la puerta del marco, y los destructores habían subido un piso. Entraban franjas de luz a través de los postigos cerrados donde trabajaban con la seriedad de creadores; y la destrucción, después de todo, es un acto de creación. Cierto tipo de imaginación había visto esta casa de la forma en que se había convertido ahora. Mike dijo:
-Tengo que ir a casa a comer.
-¿Quién más? -preguntó T, pero todos los demás, con una u otra excusa, habían traído provisiones.
Se acomodaron de cuclillas en las ruinas de la habitación y se intercambiaron los sandwiches que no querían. Media hora para almorzar y luego se pusieron a trabajar otra vez. Cuando Mike regresó ya estaban en el último piso, y a las seis de la tarde el daño superficial estaba completo. Todas las puertas estaban arrancadas, todos los zócalos levantados, los muebles saqueados y arrancados y aplastados; nadie podría haber dormido en esa casa salvo en una cama de yeso roto. T. dio órdenes -a las ocho en punto a la mañana siguiente- y para no ser vistos salieron de a uno trepando por la pared del jardín, hacia la playa de estacionamiento. Sólo quedaron Blackie y T.: ya casi no había luz, y cuando tocaron un interruptor, no funcionó nada; Mike había hecho su trabajo a conciencia.
-¿Encontraste algo especial? -preguntó Blackie.
T. asintió.
-Ven aquí -dijo- y mira.
De ambos bolsillos sacó montones de billetes de una libra.
-Los ahorros del Viejo Miseria -dijo.
Mike cortó el colchón, pero no los vio.
-¿Qué vas a hacer con ellos? ¿Compartirlos?
-No somos ladrones -dijo T. -. Nadie va a robar nada de esta casa. Éstos los guardé para ti y para mí; una celebración.
Se puso de rodillas en el piso y los contó: en total había setenta.
-Vamos a quemarlos -dijo- uno por uno.
Y, turnándose, levantaban un billete hacia arriba y encendían la punta, de manera que la llamarada bajara lentamente hacia sus dedos. La ceniza gris flotaba por encima de ellos y caía sobre sus cabezas como los años.
-Me gustaría ver la cara del Viejo Miseria cuando terminemos -dijo T.
-¿Lo odias mucho? -preguntó Blackie.
-Por supuesto que no lo odio -dijo T-. No sería divertido si lo odiara.
El último billete en llamas iluminó su cara meditativa.
-Todo eso del odio y el amor -dijo- es blando, es una tontería. Lo único que existe son las cosas, Blackie -y miró a su alrededor la sala abarrotada con las sombras no familiares de cosas partidas por la mitad, cosas rotas, ex cosas.
-Te juego una carrera a casa, Blackie -dijo.

III



A la mañana siguiente comenzó la destrucción en serio. Faltaban dos: Mike y otro chico cuyos padres habían ido a Southend y Brighton a pesar de las gotas lentas y calientes que habían comenzado a caer y del rugido del trueno en el estuario como los primeros cañones del bombardeo.
-Tenemos que apurarnos -dijo T.
Summers estaba impaciente.
-¿No hicimos suficiente? -preguntó-. Me dieron dinero para las máquinas tragamonedas. Esto es como trabajar.
-Apenas empezamos -dijo T-. Vamos, todavía quedan los pisos, y las escaleras. No hemos quitado una sola de las ventanas. Tú votaste como los demás. Vamos a destruir esta casa. No va a quedar nada cuando terminemos.
Volvieron a empezar en la planta baja levantando las tablas superiores del piso que estaban junto a la pared exterior, dejando expuestas las vigas. Después serrucharon las vigas y retrocedieron hacia el vestíbulo, a medida que lo que quedaba del piso se inclinaba y se hundía. Habían aprendido con la práctica, y el otro piso se derrumbó más fácilmente. Cuando estaba anocheciendo los inundó una extraña euforia en el momento en que miraron hacia abajo y vieron el gran hueco de la casa. Corrieron riesgos y cometieron errores: cuando pensaron en las ventanas ya era demasiado tarde para alcanzarlas. Joe dejó caer un penique en el pozo seco y lleno de escombros. La moneda rebotó y giró entre los pedazos de vidrio roto.
-¿Por qué empezamos esto? -preguntó Summers con asombro; T. ya estaba en el suelo, cavando entre los escombros, abriendo un claro a lo largo de la pared exterior.
-Abran las canillas -dijo-. Está demasiado oscuro ahora como para que alguien lo vea, y por la mañana ya no tendrá importancia.
El agua los pasó de largo por la escalera y cayó en las habitaciones sin pisos. Fue en ese momento que oyeron que Mike silbaba en el fondo.
-Algo anda mal -dijo Blackie. Podían oír su respiración urgente cuando abrían el cerrojo de la puerta.
-¿La policía? -preguntó Summers.
-El Viejo Miseria -dijo Mike-. Viene para acá -dijo con orgullo.
-¿Pero cómo? -dijo T.-. Él me había dicho... -protestó con la furia del niño que jamás había sido-. No es justo.
-Había ido a Southend -dijo Mike- y estaba en el tren de regreso. Dijo que hacía demasiado frío y humedad.
Hizo una pausa y echó una mirada al agua.
-Caramba, ustedes tuvieron una tormenta aquí. ¿Gotea el techo?
-¿Cuánto va a tardar en llegar?
-Cinco minutos. Me escapé de mi mamá y vine corriendo.
-Mejor que nos vayamos -dijo Summers-. De todas formas, ya hemos hecho suficiente.
-Oh, no, no es así. Cualquiera podría hacer esto...
"Esto" era la casa destrozada y ahuecada en la que no quedaba nada excepto las paredes. Sin embargo las paredes podrían conservarse. Las fachadas eran valiosas. Podrían construir dentro de ellas otra vez, algo más hermoso que antes. Esto podría volver a ser un hogar. Dijo, enojado:
-Tenemos que terminar. No se muevan. Déjenme pensar.
-No hay tiempo -dijo uno de los chicos.
-Tiene que haber una forma -dijo T-. No podríamos haber llegado tan lejos...
-Hemos hecho mucho -dijo Blackie.
-No, no. No es así. Que alguien vigile la parte de adelante.
-No podemos hacer más.
-Puede entrar por el fondo.
-Vigilen el fondo también -T comenzó a rogar-: sólo denme un minuto y yo lo arreglo. Juro que lo arreglaré.
Pero su autoridad había desaparecido con su ambigüedad. No era más que uno de la pandilla.
-Por favor -dijo.
-Por favor -Summers lo imitó, y entonces de pronto lo golpeó de lleno con el nombre fatal-: Vete corriendo a tu casa, Trevor.
T se quedó con la espalda apoyada contra los escombros como un boxeador a quien habían noqueado y dejado semi desmayado contra las sogas. No le quedaban palabras y sus sueños se sacudían y se deslizaban. Entonces Blackie intervino antes de que la pandilla tuviera tiempo de echarse a reír, y empujó a Summers hacia atrás.
-Yo vigilaré el frente, T. -dijo, y con cautela abrió los postigos del vestíbulo. El terreno público, mojado y gris, se extendía hacia adelante, y las luces brillaban en los charcos.
-Alguien viene, T. No, no es él. ¿Cuál es tu plan, T.?
-Dile a Mike que vaya al lavatorio y se esconda pegado al costado. Cuando oiga que yo silbo tiene que contar hasta diez y empezar a gritar.
-¿Gritar qué?
-Oh, "Socorro", algo así.
-Ya oíste, Mike -dijo Blackie. Era el líder otra vez. Echó un rápido vistazo por entre los postigos-. Ya viene, T.
-Rápido, Mike. El lavatorio. Quédate aquí, Blackie, todos ustedes, hasta que yo grite.
-¿Qué vas a hacer, T.?
-No te preocupes. Yo me encargo de esto. Dije que lo haría, ¿no?
El Viejo Miseria venía cojeando por el terreno común. Tenía barro en los zapatos y se detuvo para quitárselo raspándolos contra el borde del pavimento. No quería ensuciar su casa, que se veía torcida y oscura entre los sitios en los que habían caído las bombas, salvada por tan poco, creía él, de la destrucción. El estallido de la bomba ni siquiera había roto las lámparas del ventilador. En algún lugar silbó alguien. El Viejo Miseria miró rápidamente a su alrededor. No confiaba en los silbidos. Un niño estaba gritando: el sonido parecía venir de su propio jardín. Entonces un chico apareció corriendo en la calle, desde la playa de estacionamiento.
-Señor Thomas -exclamó-. Señor Thomas.
-¿Qué pasa?
-Lo lamento profundamente, señor Thomas. Uno de nosotros tuvo un apuro, y pensamos que a usted no le molestaría, y ahora no puede salir.
-¿A qué te refieres, muchacho?
-Se quedó encerrado en su lavatorio.
-Él no tenía nada que hacer en... ¿A ti no te había visto antes?
-Usted me mostró su casa.
-Es cierto. Es cierto. Eso no te da derecho a...
-Apresúrese, señor Thomas. Va a asfixiarse.
-Tonterías. No puede asfixiarse. Espera a que deje mi bolso adentro.
-Yo le llevo el bolso.
-Oh no, de ninguna manera. Yo llevo mis propias cosas.
-Por aquí, señor Thomas.
-No puedo entrar en el jardín por acá. Tengo que entrar por la casa.
-Pero sí se puede entrar en el jardín por este camino, señor Thomas. Nosotros lo hacemos a menudo.
-¿Ustedes lo hacen a menudo?
Siguió al muchacho con una fascinación escandalizada.
-¿Cuándo? ¿Con qué derecho...?
-¿Ve...? La pared es baja.
-No voy a trepar una pared para entrar en mi propio jardín. Es absurdo.
-Así es como lo hacemos nosotros. Un pie aquí, un pie acá, y al otro lado.
La cara del muchacho se asomó, un brazo se disparó, y el señor Thomas se dio cuenta de que le habían quitado el bolso y lo habían depositado al otro lado de la pared.
-Devuélvanme mi bolso -dijo el Sr. Thomas. Desde el retrete un chico no dejaba de gritar-. Voy a llamar a la policía.
-Su bolso está bien, señor Thomas. Mire. Un pie allí. A la derecha. Ahora apenas más arriba. A la izquierda.
El Sr. Thomas trepó por la pared de su propio jardín.
-Aquí tiene el bolso, señor Thomas.

IV



Mike se había ido a dormir, pero el resto se quedó. La cuestión del liderazgo ya no preocupaba a la pandilla. Con clavos, formones, destornilladores, cualquier cosa que fuera filosa y penetrante, recorrían las paredes interiores, preocupándose por el cemento que unía los ladrillos. Comenzaron en un punto demasiado elevado, y fue Blackie quien dio con el recorrido de la cañería y se dio cuenta de que podrían reducir el trabajo a la mitad si debilitaban las uniones que estaban inmediatamente arriba. Era una tarea larga, cansadora y aburrida, pero finalmente la terminaron. La casa destripada se mantenía en equilibrio sobre unos pocos centímetros de cemento entre el paso de los caños y los ladrillos.
Quedaba por hacer la tarea más peligrosa de todas, afuera, a la vista, en el límite del sitio de la bomba. Mandaron a Summers a que vigilara la calle, por si pasaba alguien, y el señor Thomas, sentado en el retrete, ahora oía con claridad el sonido de un serrucho. Ya no venía de la casa, y eso lo tranquilizó un poco. Se sintió menos preocupado. Tal vez tampoco los otros ruidos tuvieran importancia.
Una voz le habló a través del orificio.
-Señor Thomas.
-Déjame salir -dijo Thomas con firmeza.
-Aquí tiene una manta -dijo la voz, y una salchicha larga y gris pasó por el agujero y cayó como pañales sobre la cabeza de Thomas.
-No es nada personal -dijo la voz-. Queremos que esté cómodo esta noche.
-Esta noche -repitió Thomas con incredulidad.
-Agarre esto -dijo la voz-. Panecillos; les pusimos manteca, y salchichas. No queremos que pase hambre, señor Thomas.
Thomas rogó desesperadamente.
-Una broma es una broma, muchacho. Déjame salir y no diré nada. Sufro de reuma. Tengo que dormir cómodo.
-No estaría cómodo, en su casa no, no lo estaría. Ahora no.
-¿A qué te refieres, muchacho? -pero las pisadas retrocedieron. Sólo quedaba el silencio de la noche: ningún sonido de serrucho. Thomas intentó volver a gritar, pero estaba intimidado y reprendido por el silencio: a lo lejos un buho graznó y volvió a alejarse en un vuelo asordinado a través del mundo sin sonidos.
A las siete de la mañana siguiente el chofer vino a buscar su camión. Se subió al asiento y trató de encender el motor. Le pareció oír vagamente una voz que gritaba, pero no era asunto de él. Por fin el motor respondió y él hizo retroceder el camión hasta que tocó el gran puntal de madera que sostenía la casa del Sr. Thomas. De esa manera podía salir hacia la calle directamente sin poner marcha atrás. El camión se movió hacia adelante, se detuvo un momento como si lo estuvieran tironeando desde atrás, y después siguió avanzando con el sonido de un largo y estrepitoso derrumbe. El chofer quedó asombrado cuando vio que unos ladrillos salían volando delante de él, mientras que unas piedras golpeaban el techo de la cabina del camión. Apretó los frenos. Cuando salió del vehículo todo el paisaje se había alterado de pronto. Ya no había ninguna casa al lado de la playa de estacionamiento, sólo una montaña de escombros. Dio una vuelta y examinó la parte posterior del camión para ver si se había dañado, y encontró una soga atada allí que en el otro extremo todavía estaba retorcida alrededor de un soporte de madera.
Otra vez le pareció al chofer que alguien estaba gritando. El sonido venía de la edificación de madera que era lo más parecido a una casa en esa desolación de ladrillos rotos. El chofer trepó por la pared destrozada y abrió la puerta. El señor Thomas salió del retrete. Llevaba encima una manta gris con pedacitos de yeso adheridos. Lanzó un grito sollozante.
-Mi casa -dijo-. ¿Dónde está mi casa?
-A mí que me revisen -dijo el chofer. Sus ojos iluminaron los restos de una bañadera y lo que alguna vez había sido una cómoda y comenzó a reírse. Ya no quedaba nada en ningún lado.
-Cómo se atreve a reír -dijo el señor Thomas-. Era mi casa. Mi casa.
-Lo siento -dijo el chofer, haciendo esfuerzos heroicos, pero cuando recordó el repentino tirón de su camión, el ruido de los ladrillos que caían, volvió a sufrir convulsiones. En un momento la casa estaba allí, con tanta dignidad entre los sitios de las bombas, como un hombre de sombrero alto, y entonces, bang, crash, ya no quedaba nada; nada de nada.
-Lo siento -dijo-, no puedo evitarlo, señor Thomas. No es nada personal, pero tiene que admitir que es gracioso.